España en la Bienal de Venecia
sábado 08 de junio de 2013, 19:24h
La Bienal de Venecia evoca este año a Marino Auriti, artista italo-americano que proyectó a mediados del siglo pasado el museo del saber y los hallazgos humanos. Aunque sería interesante ver si el contenido de ese museo imaginario, que él llamó “El palacio enciclopédico”, coincide con el de la amargura que concibió Kadaré, no lo podemos saber porque nunca se ha construido. ¿Acaso cabe reunir en un lugar todo el saber humano? Los organizadores de la Bienal, fascinados por el proyecto que les ha servido para titular su muestra, vinculan la imposibilidad de realizarlo con la de lograr una imagen única del mundo. Son dos ideas muy actuales que cuando se las junta hacen saltar una chispa vieja: la Torre de Babel.
Treinta y ocho países, ciento cincuenta artistas, seguramente muchas obras de interés. Claro que no puedo asegurarlo porque no las he visto. Pasó el tiempo en que se enviaban corresponsales a estos eventos. Los periódicos sólo cuentan lo que circula en la red, cosas chuscas, multitudinarias, poco profundas. Vivimos en la sociedad de la información, pero de la información pueril. De hacer caso a lo que se ve, la Bienal es una feria de ocurrencias banales. ¿Qué interés puede tener mirar a una bella actriz ucraniana dentro de una caja de plexiglás transparente escenificando la voracidad consumista o un estanque donde se hunde cada dos minutos una maqueta que representa la propia bienal?
Sin embargo, el propósito de este tipo de exposiciones es mostrar las pautas que determinan la actividad artística en un momento dado, indicar por dónde van los tiempos. Lo que nos llega, por desgracia, hace pensar que hoy reina un insulso academicismo. Nuestros artistas han sustituido los bodegones por ciertos estereotipos morales, pero el modo en que se dedican a ellos es exactamente igual de rutinario. No les interesa la belleza ni la perfección estilística, sino el bien y el mal, y por eso buscan con ansiedad el escándalo. Igual que Jehová envió a sus profetas a predicar contra la humanidad, los artistas deben remover la conciencia de los espectadores para que entiendan de una vez en qué mundo viven. Cualquier basura es alabada automáticamente con tal de que el mensaje sea correcto.
España está representada este año en la Bienal de arte por una serie de túmulos formados por diversos materiales de construcción dispuestos en torno a un eje principal hecho de escombros, tejas y ladrillos convertidos en grava. Aunque los blogueros se han apresurado a hablar de la burbuja y la crisis de España, Lara Almárcegui, su autora, ha rechazado estas interpretaciones. Su intervención, ha dicho, exige una meditación mucho más profunda; se trata de “una deconstrucción del pabellón dentro del mismo pabellón”.
Vivimos en la posmodernidad. Cualquier obra admite mil interpretaciones. El discurso único no existe. Imaginen que la concejalía de igualdad de su ayuntamiento envía una representación a ver el pabellón español en la Bienal de Venecia. Si nadie les informa previamente lo más seguro es que crean que la obra constituye una reflexión sobre la violencia de género. ¿No aluden los montones de escombros a las piedras con que se lapidaba a las adúlteras? Un veneciano, en cambio, seguramente evocará el campanile cuando se desplomó a principios del siglo pasado y un profesor de arte de una universidad extranjera pensará en Ruskin y Las piedras de Venecia. Rizando el rizo, o sea, apelando a la intertextualidad, la lectura anagógica y otras cursilerías escolásticas, los escombros podrían remitir a la libra de carne de Shylock, el mercader de Shakespeare, precursor de los especuladores actuales, y bla, bla, bla.
Yo tengo mi opinión particular. Creo que para acceder al doble fondo de la obra basta con mirarla dos veces. Sé que pocos espectadores se dirán: “voy a echarle otro vistazo no vaya a ser que me haya perdido algo”, pero si lo hacen descubrirán la clave: un odio profundo hacia el mundo. Ni en los siglos más oscuros ha sido este tan vilipendiado. Bajo el pellejo de Lara Almárcegui y de la mayoría de los artistas contemporáneos late el espíritu de Savoranola. ¿O es que piensan que es amor a las apariencias, al hombre y sus pasiones, lo que lleva a alguien a mostrar la Torre de Babel demolida por el tiempo? No se dejen engañar, nuestra compatriota parece muy moderna, muy actual, pero tiene una visión barroca del mundo: el mundo como fracaso y desierto, como vertedero y valle de lágrimas, como calavera y gusano. “Si tus ojos te escandalizan, arráncatelos”, ha debido oír antes de ponerse manos a la obra. En otro tiempo, se hubiera metido en un convento.