El futuro de la democracia
lunes 10 de junio de 2013, 20:30h
Abraham Lincoln, en su famoso discurso de Gettysburg (1863), fijó una de las definiciones más aceptadas sobre lo que es la democracia, cuando habló del “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La frase, sin embargo, no termina ahí, sino que agrega que dicho gobierno “no desaparecerá de la faz de la tierra”.
El ejemplo moral de Lincoln en la guerra civil norteamericana y en la lucha por la libertad de los esclavos, sumado a su trágica muerte, no solo volvieron aceptables sus palabras, sino que permitió que muchos las hicieran propias porque su profundidad excedía la importancia de un simple régimen político, para avanzar hacia los derechos de las personas, el sentido de la comunidad política y la importancia de la libertad.
Como suele ocurrir en estos temas, el sistema democrático tuvo y tiene poderosos detractores. Primero fueron los nostálgicos de las monarquías, que apreciaron en la transformación política europea los signos propios de la decadencia, así como la pérdida de los privilegios que habían gozado por largo tiempo. Desde el marxismo se la calificó como “democracia burguesa”, en la lógica de los estados al servicio de intereses de clase, en este caso de los opresores sobre los oprimidos, el proletariado, como expresaron Marx y Engels en su famoso e influyente Manifiesto Comunista de 1848. Los fascismos del siglo XX estimaban que la democracia era un régimen débil e incapaz de enfrentar la amenaza creciente del comunismo, fórmula que tuvo efectos en medio de la crisis del liberalismo de entreguerras. Diversos tipos de dictaduras o regímenes populistas se han sumado en las últimas décadas a la construcción de alternativas en todo el mundo, con resultados disímiles.
A pesar de todo ello, la democracia logró sobreponerse a las adversidades, quizá porque siendo un sistema con muchos defectos, era menos malo que todas las demás formas de gobierno, como clarificó Churchill con cierta ironía, y como supo defender con convicciones para derrotar primero al nazismo de Hitler, que representaba una amenaza contra la civilización misma, incluida su organización política, y luego para iniciar la victoria sobre el comunismo a comienzos de la Guerra Fría.
Hoy la democracia tiene problemas, en algunos lugares languidece, los fracasos de los gobiernos de turno afectan al régimen político, el sistema representativo recibe críticas de los que reclaman participación directa o la necesidad de escuchar a la calle, las crisis económicas en diversos lugares del mundo arrastran y deterioran a las propias instituciones democráticas. Al respecto, se plantea una interesante paradoja histórica: la democracia parece tener un difícil futuro por delante, pero todo indica que no hay futuro posible al margen de la democracia.
En una interesante reflexión en su libro Los enemigos íntimos de la democracia (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), Tzvetan Todorov señala que “Hoy en día ningún modelo de sociedad no democrática se presenta como rival de la democracia… En contrapartida, la democracia genera por sí misma fuerzas que la amenazan, y la novedad de nuestro tiempo es que esas fuerzas son superiores a las que la atacan desde fuera”, destacando las amenazas del populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo.
En realidad, todo influye en el régimen político, en sus éxitos y en sus fracasos, también en sus vicios: la corrupción y la transparencia, la calidad de la política y los políticos, los desafíos de participación ciudadana, los partidos y el régimen electoral, la falta de alternancia en el gobierno, el uso y abuso de las encuestas, la influencia desmedida de las oligarquías partidistas, la incapacidad de cambiar los errores visibles de la propia democracia. A ello se debe sumar el éxito o fracaso económico de los gobiernos y sus consecuencias políticas, como se expresaron dramáticamente en la década de 1920 y 1930 en Europa, precipitando una desafección democrática de consecuencias lamentables. Finalmente, no podemos dejar de mencionar el hecho de que la propia normalidad democrática hace menos épica a la propia democracia, a diferencia de los impulsos que guían la lógica revolucionaria, los carismas del populismo o el compromiso en tiempos de polarización política. Dicho en otras palabras, con excepción de los procesos de recuperación democrática, lucha contra dictaduras, con su correspondiente épica de promesas y esperanzas, la vida en democracia es más plana, la solución a los problemas más compleja y la misma deliberación política hace más lenta la toma de decisiones (tema muy evidente si se compara con la “rapidez” y “eficiencia” de las dictaduras).
Todos estos problemas se vuelven terreno fértil para el populismo y las vías alternativas, como ocurrió en el pasado. También para la crítica despiadada contra las autoridades a través de las redes sociales, muchas veces utilizadas de manera irresponsable y cobarde. Con ello se abre el camino a la depresión y desesperación de los demócratas, y los ataques audaces de los que siempre han esperado el momento para destruir las instituciones. La democracia ha experimentado enormes dificultades para establecerse como el sistema más aceptado dentro de los regímenes políticos. Tuvo que soportar la agresión violenta y fanática del comunismo y el fascismo. En los últimos años ha pasado por momentos que muestran signos de decrepitud e incapacidad de renovación. Sus instituciones fundamentales –los parlamentos, los partidos políticos, e incluso las propias elecciones periódicas– enfrentan cuestionamientos, tienen rechazo en las encuestas y parecen alejados de los intereses ciudadanos. Debemos tener claro que no es la primera ni será la última de las pruebas que enfrente la democracia en su historia.
En su estudio sobre El futuro de la democracia (México, Fondo de Cultura Económica), Norberto Bobbio señala –siguiendo a Hegel y a Weber– que “el oficio de profeta es peligroso” y que es difícil conocer el mañana. Lo mismo ocurre en este tema: depende de cómo la democracia sea capaz de responder a los nuevos desafíos así será el resultado, en términos de reinvención del sistema, de los liderazgos políticos, de la eficiencia en los logros, incluso en la capacidad para expresar esa superioridad moral de la cual goza desde hace tiempo en relación a otros regímenes políticos. El imperativo de mejorar no se da porque la democracia tenga alternativas visibles en el camino, sino por su propio perfeccionamiento, permanente renovación y sentido de supervivencia. Por ello, si bien no podemos predecir el futuro de la democracia, es muy probable que “el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo” prevalezca sobre la faz de la tierra, como anunció Lincoln en los difíciles días que le correspondió vivir.