La represión de Erdogan
jueves 13 de junio de 2013, 00:49h
Lejos de calmarse, los ánimos en Turquía parecen cada vez más exaltados. El último episodio lo han protagonizado las fuerzas de orden público que, tras atacar con dureza varios de los campamentos levantados por los “indignados” a lo largo de todo el país, este pasado martes desalojaban violentamente la plaza Taksim de Estambul, epicentro de las protestas. El uso indiscriminado de la fuerza contra manifestantes políticos por parte de la policía -cañones de agua, gases lacrimógenos y detenciones generalizadas- ha sido defendido por el propio Erdogan, quien ha dedicado a los manifestantes toda suerte de improperios, entre ellos el de “terroristas”. Sirva como ejemplo de brutalidad el dato ofrecido ayer por los hospitales de Estambul: desde que se iniciaron las protestas, han tenido que atender a más de 5.000 personas por heridas de diversa consideración.
Por si esto fuera poco, el pasado fin de semana el primer ministro animó “a los suyos” a que saliesen a la calle para hacer frente a quienes protestan, con el considerable riesgo de incidentes que eso conlleva. Es, en todo caso, una demostración palmaria de cómo no se tienen que hacer las cosas a la hora de solventar un conflicto social. Por un lado, gran parte de las reivindicaciones de los “indignados” turcos son dignos de tenerse en cuenta. Por otro, el nerviosismo y la torpeza de Erdogan a la hora de afrontar este problema pone de relieve su autoritarismo.
Además, está el hecho de por primera vez sus propios conciudadanos le han hecho ver que, con sus intentos de islamizar una sociedad laica está traicionando el espíritu de Atatürk, acusación ésta sumamente grave en un país como Turquía. Con hechos así, ni Estambul gana enteros para optar a acoger los Juegos Olímpicos ni Turquía para entrar en una Unión Europea donde sobran el autoritarismo y las confesionalidades a machamartillo.