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Confesiones de "un hijo del siglo"

viernes 14 de junio de 2013, 20:25h
Sólo aplauso –y, a menudo, muy encendido- merece la actual corriente memoriográfica nacida del ancho venero del excomunismo o, en términos, más académicos y, por ende, asépticos, del revisionismo marxista intra moenis; esto es, de la realizada por los hombres y mujeres en los que el abandono de la militancia partidista no implicó la condena frontal del credo lenilista y, en el fondo de su corazón, nunca se aventaron por entero nostalgias y ensueños enmarcados por la irradiación y el triunfo universales de la hoz y el martillo…

Conforme es harto sabido, el camino se abrió ha ya muchos años, antes incluso del derrumbamiento del “Muro de Berlín”. Para no remontarse a los tiempos iniciales de la postguerra, bastará la mención de una obra maestra del género “El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX”, del gran historiador galo de la Revolución francesa, François Furet, para ahorrarse una ya larga genealogía bibliográfica. En España, sin embargo, la larga marcha hacia la crítica desde dentro del pensamiento y la acción que configuraron con singular e incomparable fuerza la historia de nuestro planeta durante la centuria pasada, arrancó mucho más tarde y, en un principio, con menos vigor que, por ejemplo, en Gran Bretaña o Italia. Semanas atrás, los lectores de este periódico pudieron acercarse al peraltado elogio que el cronista expresaba acerca del libro de recuerdos políticos de Joaquín Leguina, socialista de primera hora del tardo franquismo y figura muy destacada, por méritos propios, en la andadura inaugural gobernante de su partido. Idéntica loanza dirige hoy a la obra semibiográfica de un descollante miembro de la intelectualidad y política comunista en el tránsito de la dictadura a la dictadura. Pues sin duda Ramón Cotarelo –solamente a efectos públicos ha suprimido el apellido de su idolatrado progenitor- ha sido y es un pensador acribioso sobre los fenómenos más grávidos de la actualidad nacidos o relacionados con el campo de las ideas. A mayor abundancia, su presencia ha sido y es continua en los medios y en las redes sociales.

“Rompiendo amarras. La izquierda entre dos siglos. Una visión personal (Madrid, 2013)”, es, por el momento, su último libro, que únicamente cabe leer con elevada pulsión anímica: tales son la sinceridad y (en muchas de sus páginas) el dramatismo del texto. Dividido en dos partes –en la obra formalmente en tres-, la reflexión teórica sobre el hecho quizá más importante del siglo XX –la caída del comunismo- se ve acompañada del relato personal de su vivencia por una pluma con los necesarios registros para imantar a los lectores con las peripecias y andanzas del autor. “Y un buen día, a la vuelta del verano de 1991, La Unión Soviética se vino abajo como un castillo de naipes. La segunda potencia mundial desaparecía de la faz de la tierra como si nunca hubiera existido dejando un vacío que otros se ocuparían de llenar y abandonando los teóricos marxistas a su suerte en la tarea de dar una explicación marxista del hundimiento de la Unión Soviético tarea que hasta la fecha han sido incapaces de resolver.” (p. 78). Mientras que los estudiosos –entre los que podrá o deberá contarse él mismo-se engolfan en tan ardua cuestión, el catedrático madrileño describirá una historia muy española. Su abuelo materno, secretario perpetuo de la Real Academia de la Lengua, D. Emilio Cotarelo, casado con una acaudalada coruñesa, sería decisivo en su biografía: “En una actividad de este departamento (Ministerio de Propaganda) conoció a mi padre, Paulino García, adscripto al Comisariado político del 5º regimiento y se fueron a vivir juntos, juntos hicieron la guerra, juntos la perdieron, juntos salieron al exilio en Francia y juntos regresaron el año 1943, en el que yo nací, gracias a los buenos oficios de mi abuelo, que posibilitó el retorno de los dos rojos, si bien puso como condición previa que se casaran, cuenta habida de que por entonces tenían una hija…” (p.255). Como en la crítica de las buenas novelas, el comentarista no ha de adelantar las mil aventuras –entreveradas, se repetirá, a las veces, de tragedia- de las páginas que siguen, en que se reconstruyen los principales jalones del itinerario que condujo al autor desde la militancia comunista más ardida –a imitación de su padre- a la autocrítica descarnada posterior. Dato de extremado valor en esta clase de literatura: la elegancia indeclinable de R. Cotarelo al aludir –siempre de soslayo y tangencialmente- a las prisiones y sinsabores que sufriese a manos, paradójica e hispanamente, tanto de verdugos exteriores como interiores… Fruitiva y provechosa lectura, pues, de una obra cuyo autor sólo conociera y tratará exclusivamente el articulista durante una tarde escurialense…
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