www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La consagración de la primavera

José María Herrera
sábado 15 de junio de 2013, 19:03h
Hace un siglo que se estrenó con gran escándalo La Consagración de la Primavera de Igor Stravinski. Jean Cocteau, presente en el Teatro de los Campos Elíseos aquel 29 de mayo de 1913, dice que los rumores acerca de la naturaleza escabrosa de la obra circulaban desde hacía días y que el público parisino esperaba por parte de Nijinsky, el coreógrafo, algo tan atrevido como lo que había hecho el año anterior en La siesta de un fauno de Debussy. La pieza de Stravinski era la segunda del programa. Tan pronto empezaron a sonar los primeros compases un murmullo de desaprobación fue llenando la sala. No eran sólo las disonancias y estridencias de la partitura, sino el movimiento anárquico de los bailarines lo que alborotó al público. Por si fuera poco, acentuando la impresión de salvajismo, se abría tras ellos un paisaje de colores chillones pintado por Nicolás Roerich, un especialista en la evocación del paganismo al que el compositor se dirigió en cuanto concibió el proyecto de representar un gran rito sacro pagano, con los sabios sentados en círculo observando la danza de la muerte de una doncella a la que sacrifican para hacer propicia a la divinidad de la primavera.

Hay que imaginar los palcos llenos de un público atónito con unos sonidos jamás oídos y unos bailes completamente ajenos a la tradición. Hoy estamos habituados a la provocación y apenas queda algo que nos desconcierte, pero aquellas señoras escotadas y aquellos señores embutidos en fracs, tuvieron que agitarse nerviosos en sus butacas. Detractores y partidarios se enzarzaron en una batalla de gritos que impidió el desarrollo normal de la representación. En actuaciones posteriores, sin embargo, el público aplaudió y los admiradores de Stravinski no dejaron de aumentar.

La consagración de la primavera pasa por ser la primera obra de la llamada “segunda vanguardia” musical. Debussy y compañía habían roto con la composición tradicional dando a la música una espiritualidad desconocida. Stravinski halló con su ballet el modo de trasladar esa nueva música al ámbito de las emociones elementales. Nunca se había oído nada parecido. La fuerza de la partitura, su sonoridad extraordinaria, el ritmo trepidante, revelaban aspectos de la existencia muy alejados de los refinamientos de la belle époque. Bartok expresó con estas palabras de su Cantata Profana el espíritu del momento:“Tenemos que beber hasta saciarnos de los frescos manantiales de las montañas y no de vuestras copas de plata”.

Hoy parece que Stravinski irrumpió en París como un bárbaro de la estepa. Su música violenta chocó con las maneras blandas de la capital francesa. Pese a ello, la obra rebosaba de matices sonoros y soluciones técnicas geniales. Estaba tan bien elaborada que, como escribió Lang, fue un principio y un final. ¿Cómo avanzar después de esa “vehemencia orgiástica”?, se pregunta el crítico americano. El propio Stravinski, consciente de la imposibilidad de proseguir por ese camino, optó pronto por dar un giro radical y romper con lo que podríamos denominar su “herencia rusa”. Convencido de que el artista debe escapar de la representación naturalista de la realidad, se volcó en la creación de una música pura, algo equivalente a lo que propuso Mallarmé en poesía y estaban buscando pintores, escultores y arquitectos en sus respectivas artes. Hay que alejarse, decía Stravinsky, de aquellos para los que la música “sólo es algo que recuerda otra cosa”.

Ortega y Gasset, a quien Stravinski admiraba por encima del resto de los filósofos de la época, explicó poco después en La deshumanización del arte las razones por las que el arte nuevo evolucionaba en esa dirección. Cien años después esa evolución plantea más problemas que otra cosa y dista de ser satisfactoria. Desde luego, cuesta encontrar obras tan redondas como La consagración de la primavera. Ni antes ni después nadie ha logrado dar consistencia y unidad a una partitura con tan pocos elementos temáticos. Una continua renovación (reflejo simbólico de la primavera) llevó a Stravinski a producir una de las cimas musicales de todos los tiempos. Yo les recomiendo que celebren su centenario escuchándola y hasta les sugeriría una interpretación, la de Simon Rattle, si no fuera por la incomprensible chapuza que hicieron con ella los ingenieros de EMI.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(1)

+
0 comentarios