Entre el deporte y la televisión
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
sábado 15 de junio de 2013, 19:08h
La distinción entre "interés público" (vivienda, sanidad, educación, alimentación, higiene, trabajo, etc.), es decir, aquello que el Gobierno tiene la obligación de procurar a los ciudadanos, y el "interés del público" (los reallity shows, el mal gusto y el fútbol televisados, los coches lujosos, la lotería, las hamburguesas, el dinero fácil, la mala música, etc.), es decir, aquello que los gobiernos fascistas dan al pueblo para narcotizarlo y que olvide exigir sus derechos; ha sido muy bien reflejada, con asiduidad, por magistrales escritores, a lo largo de sus dilatadas vidas. Seguramente si se recortase lo segundo (el circo) como se está recortando lo primero (la educación y la sanidad), se sublevaría el pueblo entero y habría una gran revolución.
Sin embargo, no hay que confundir la aborregada afición mediatico-virtual al deporte del balón pie, políticamente nefasta, hasta el punto de okupar el Parlamento, con la sana y equilibrada práctica del deporte. A menudo se confunde un poco ambos aspectos, porque aunque sea cierto que hay en los deportes componentes totalitarios y insana competitividad, tales cosas, son el patrimonio de los aficionados, que viven a través de otros lo que no son lo suficientemente hombres para vivir por ellos mismos, y en su caso, constituyen también un deporte degenerado, que surge cuando el fin de su práctica no es el crecimiento personal y la mejora como ser humano.
El gusto por el fútbol no puede desligarse del fenómeno de la teleadicción y de las satisfacciones vicarias, meramente emocionales, con las que el trabajador actual se aliena y se olvida del mundo y de sus semejantes, acordándose tan sólo de su dosis de narcótico y del obligado consumir. ¡Qué trabajo tan bueno han hecho con el pueblo los poderosos! ¡Dan asco, pero hay que reconocerles astucia en su maldad!
Algunos deportistas de élite también son arruinados como seres humanos y enriquecidos como huchas andantes, al superespecializarse y olvidar todas las otras facetas desarrollables por un hombre. Sin embargo, son los millones de deportistas anónimos, desconocidos, que cultivan el cuerpo en beneficio del espíritu, que son aficionados a realizar un deporte saludable como una más entre sus actividades formativas, como un aspecto dentro de un cultivo integral. Son esos millones, que no salen en la televisión, que no necesitan leyes del deporte televisado porque no lo ven, sino que lo hacen, los que todavía mantienen en sus manos el privilegio de la acción.
No es quizá un desdoro cuando se llega a determinada edad disfrutar viendo lo que antes se era capaz de hacer. Tan sólo de ese modo se tiene criterio para juzgar entre lo bueno y lo malo, entre lo bien jugado y lo mal jugado. Por ese motivo el mejor entrenador de un equipo es, sin duda, uno de los que han jugado de manera profesional al deporte en cuestión y son capaces de vislumbrar lo que necesita cada jugador y de ver lo que tiene que hacer cada uno para mejorar y ser efectivo. Pero nuestro país parece estar lleno de personas que por ciencia infusa saben de política y de fútbol más que nadie.
A los jóvenes sobre todo hay que decirles: ¡No veáis pasar la vida a través de un televisor, sino vividla! ¡No miréis el deporte, practicadlo! Y a los que no son jóvenes y ya no pueden seguir practicando un deporte habrá que decirles que no hagan de sus experiencias subjetivas un criterio de verdad y que se manifiesten con moderación y prudencia, como corresponde a su provecta edad. Esto antecedente vale para la música y para muchas actividades de los seres humanos. ¡Hagan la prueba!
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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