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El regreso del nazismo

Alejandro San Francisco
lunes 17 de junio de 2013, 20:37h
Una de las noticias históricas más interesantes y valiosas del 2013 se refiere a la aparición de los llamados “diarios de Rosenberg”. Se trata de unas 400 páginas escritas por Alfred Rosenberg (1893-1946), una figura relevante del nacionalsocialismo alemán, cerebro del antisemitismo y uno de los confidentes de Hitler.

La información señala que Rosenberg escribió a mano estos documentos en un periodo crucial, entre 1933, el año en que Hitler llegó al gobierno, y 1944, cuando comenzaba el ocaso del régimen nacionalsocialista. Los papeles de esta figura no son, en modo alguno, algo inédito entre los jerarcas del régimen nazi.

Es sabido que Goebbels –el jefe de propaganda del Führer– llevaba un exhaustivo diario de vida en el que registraba sus conversaciones con Hitler, sus impresiones sobre numerosos sucesos durante casi veinte años. Desgraciadamente es un trabajo dantesco que ha sido poco traducido al español. Después de la guerra y de sobrevivir al juicio de Nürenberg, Albert Speer, el arquitecto que había pensado las construcciones del régimen, escribió sus recuerdos en la cárcel, que posteriormente fueron publicadas en unas interesantes aunque auto justificadoras Memorias (Acantilado, 2002). Un tercer ejemplo es el de Rudolf Höss, figura clave cuyo libro se titula de manera elocuente Yo, comandante de Auschwitz (Ediciones B, 2009), donde expresa de manera tan diáfana como macabra su actuación en la solución final y el genocidio antisemita.

Los papeles de Rosenberg nos plantean varias cuestiones de interés.
La primera es la renovada necesidad de conocer y comprender el régimen nacionalsocialista. Probablemente estos diarios no alterarán en lo esencial la visión que tengamos de los años de Hitler y sus consecuencias en la historia de la humanidad, pero pueden clarificar algún momento, una idea, conversación o aspecto oscuro de aquellos terribles años. En los estudios históricos siempre se puede avanzar cuando tenemos nuevos documentos o cuando miramos un proceso con ojos distintos: los papeles de Rosenberg nos ayudan en lo primero y esto es muy valioso. Como han sido imprescindibles para conocer el holocausto las numerosas autobiografías y novelas escritas por las víctimas sobrevivientes del nazismo, cuyo coraje y recuerdo han hecho tanto para que nos podamos aproximar a esos años, esos campos, esos recuerdos.

Lo segundo es que Hitler personalizó el régimen de una forma sin precedentes: jefe de gobierno en 1933 y luego jefe de Estado; el Ejército no solo juraba fidelidad a Alemania, sino también al propio Hitler, al Führer; finalmente existió una inmensa máquina de propaganda para consolidar al líder nacionalsocialista dentro de la sociedad alemana. Pero Hitler no estaba solo, tenía numerosos e importantes colaboradores: Himmler en las SS; Goebbels en la propaganda; Göring en la Luftwaffe; el leal Rudolf Hess en muchas tareas; Ernst Röhm en las SA en una primera etapa; Streicher en el procaz y violento periódico Der Stürmer; así como estuvieron los jefes de los campos de concentración, unos tantos médicos corrompidos por las teorías raciales, y así cientos, miles y millones de personas que se vieron fascinadas para la figura e ideas de Hitler.

Finalmente, es siempre conveniente y útil regresar al tema crucial del nazismo, que muchas veces se olvida o minusvalora, especialmente en el plano de las ideas. Si bien en el caso de la ideología nacional socialista se trata de un conjunto precario de afirmaciones, negaciones y consignas, es preciso ver los antecedentes para comprender mejor los resultados. Como afirma Mario Vargas Llosa en un artículo reciente sobre Eichmann, “el siglo XX no fue sólo el de las grandes carnicerías humanas sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron” (El País, 16 de junio de 2013). Razón suficiente para acercarnos a algunas de esas manifestaciones ideológicas. En esa línea de producción se inscriben tanto Adolf Hitler con Mi Lucha (1924) como Alfred Rosenberg con El mito del siglo XX (1930), los dos libros más leídos en los años del poder nazi, ambos febriles exaltadores de la supremacía racial de los alemanes.

Ya en 1922 Hitler había afirmado en una entrevista: “si llego a estar en el poder, la destrucción de los judíos será mi primer y más importante trabajo”. Cuestiones por el estilo repitió en Mi Lucha, obra tan poco leída y comprendida en una primera etapa, pero que explicitaba de manera muy clara el programa hitleriano. Cuando llegó al gobierno en 1933, comenzó un proceso creciente de discriminación y persecución contra los judíos, marcado por las leyes de Nuremberg en 1935, la obscena “noche de los cristales rotos” tres años después, el comienzo de la guerra en 1939 y luego el proceso dramático de creación de campos de concentración y de exterminio. Todo esto está explicado –entre otras obras– en el bien documentado estudio de Saul Friedländer, El Tercer Reich y los judíos, con dos volúmenes sobre Los años de la persecución (1933-1939), que después culminaría con 1939-1945. Los años del exterminio (ambos publicados por Galaxia Gutenberg), que ilustra la escalada de odio antisemita que, mirado a posteriori, muestra todo como un proceso tan inexplicable como lógico, paradójicamente. Es decir, el camino del odio a la discriminación, de la persecución legal a los ataques personales, de la violencia verbal a la física, de los campos de concentración al exterminio. En definitiva, de Mi Lucha a Auschwitz.

El regreso del nazismo tiene al menos dos caras. Una inaceptable y dolorosa, cuando regresa el racismo, los grupos neonazis y otros rasgos de descomposición moral justificatorios de los años de Hitler e incluso del holocausto. Pero también hay una posibilidad valiosa, para los historiadores y los interesados en el conocimiento del siglo XX, como es la recuperación de documentos e información relevante sobre el nazismo: en esta línea se inscriben los papeles de Alfred Rosenberg, pues lo que diga o calle puede ser de utilidad para seguir aproximándonos con interés, aunque también con confusión y dificultades, al siglo que vio nacer y crecer al nacional socialismo, a Hitler, a los campos de concentración y de exterminio y a la Segunda Guerra Mundial.
Regresar a ello siempre constituye un dolor, pero también una necesidad.
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