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Tiempo de deporte, en Donosti

martes 18 de junio de 2013, 19:58h
Paso unos días en San Sebastián y leo en El Diario una nota biográfica sobre el recientemente desaparecido cineasta Elías Querejeta, que menciona el tanto que marcó al Real Madrid en Atocha con el reconocimiento del mismo Di Stefano, “Vaya gol, pibe”. Como le dijo alguien a Querejeta, aconsejándole que dejara el futbol, después de ese gol de la gloria, la vida sólo podía rodar hacia abajo.

Yo creo que estuve en ese partido, que quizás fue el primero al que asistí, antes de hacerme socio de la Real y acudir muchos domingos al campo, instalados como pelados en el fondo de Múgica, enfrente de la tribuna cubierta. A presenciar ese memorable Real Sociedad-Real Madrid, en tal ocasión excepcionalmente desde el palco presidencial, había sido invitado como acompañante por un compañero de clase, nieto del político republicano Royo Villanova, cuyo padre era catedrático del Instituto de San Sebastián. No hacía falta mucha imaginación, incluso para un muchacho que todavía no se había hecho donostiarra, recién llegado de Ollauri, para comprender que la irritación de los espectadores cuando marcaba el Real Madrid iba más allá de lo deportivo y se hacía ostensible incluso en las personas que ocupaban el palco, notoriamente del Régimen. El alejamiento del deporte no se produjo para mucha gente de mi generación hasta la Universidad, donde asumimos a pies juntillas la tesis de la alienación deportiva como designio estupefaciente del sistema franquista, y que nos llevó a prescindir de las virtudes de la solidaridad y la alegría que cautivaron, en el caso del fútbol, como es sabido, a Albert Camus. Entonces, pero no en el tiempo de colegio, empezamos a vivir, como diría Stefan Zweig, reconstruyendo las condiciones de su formación intelectual en su Mundo de ayer , sólo a través de los ojos, y, presos de la infección intelectual y política, “a considerar cualquier actividad física como una absoluta pérdida de tiempo”.

Para mí lo mejor de los partidos eran las crónicas que se publicaban al día siguiente en La Voz y que solía firmar Porriño, un periodista gallego, cuya escopeta retórica se cargaba de modo especial narrando las hazañas de los ciclistas españoles en el Tour o el Giro. Erostarbe era un periodista más observador y técnico, menos imaginativo. Pero los dos, al lado de los héroes futbolistas, integraban el universo mítico de la mocedad. Curioso aquel mundo periodista de San Sebastián: en el periódico de la tarde, Unidad, un hermano del gran filósofo Xavier Zubiri se desempeñaba como reconocido crítico taurino. En La Voz aparecían los recuadros, verdaderamente extraordinarios, de José de Arteche, retratando imperecederamente la Guipúzcoa de su tiempo.

De todos modos, si pasamos por alto la exquisitez del hockey sobre patines, el deporte que se favorecía en el colegio de los jesuitas era el balonmano, cuyo equipo preparaba un entrenador externo metódico y exclusivista, Paco Muguerza, dedicado obsesivamente a su menester. No podíamos faltar a la cancha los domingos por la mañana. Txiki Benegas era un portero seguro, y el futuro restaurador Arzak, al que recuerdo siempre con su codillera en los brazos, disparaba infalible desde la punta izquierda.

Quedábamos para el fútbol, sobre todo en la playa, los muchachos que no pertenecíamos a la élite deportiva. Me contemplo ahora, aterido, bajo los palos de la portería en la Concha en alguna mañana de Enero, en el campo impracticable de la bajamar, y con mis compañeros de equipo castigado a sacar de la arena, arrastrándolos, los útiles de la contienda, mayormente tras la derrota.

Llegué a jugar, antes de dejar San Sebastián para ir a estudiar a Valladolid, en algún campeonato regional, creo que alienado en el equipo de Trincherpe, el barrio casi gallego de Pasajes. Uno de aquellos partidos lo arbitraba Guruceta, que llegó a ser un juez deportivo muy famoso, y que murió en accidente de tráfico en Alicante. A veces coincidía con Guruceta en el frontón de Anoeta. Le recuerdo fumando buenos puros y denunciando los alardes, que según él no tenían otra pretensión que llamar la atención de las chicas, de los jugadores del remonte, cuando fallaban el tanto.

Esa denuncia de lo innecesario, del “coloreo”, de lo “peinado”, le parecía a Juan Ramón, por cierto, propia del análisis vasco de las cosas que veía en Baroja, practicante en sus novelas, decía, “de la observación aguda y el sentimiento justo”.
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