De nuevo la Educación
martes 18 de junio de 2013, 20:04h
Aunque sea difícil de asimilar, son ya siete las leyes a través de las cuales el régimen político democrático ha abordado el tema de la educación en nuestro país. Resulta imposible el simple análisis de sus variados contenidos. Lo cierto es que cada ministro ha caído en el error de hacer “su ley”. Y el empeño ha durado, claro está, lo que ha durado dicho ministro en el poder con el apoyo parlamentario. Cuando este desaparece, surge nuestra tendencia a empezar de nuevo en la costumbre de vaivenes que padecemos.
Sin ahondar en lo que todavía no ha entrado en la discusión parlamentaria, sí me parece conveniente una reflexión que puede ser útil para este menester.
En primer lugar, hay que desterrar la creencia de que una ordenada y, sobre todo, durable educación depende exclusivamente de esta u otra ley: las leyes, fundamentalmente, están llamadas a regular, pero no a crear. Esto último es fruto de muchas instancias, con la familia por delante. Y siguen las instancias en la formación: el grupo de juego, lo que se aprende en la escuela, los programas de televisión. Todo esto y mucho más constituye un fondo de aprendizaje que, incluso, se va interiorizando de forma no muy consciente. Pero que ahí queda, diga lo que diga la ley de turno.
En segundo lugar (y este es un viejo problema), toda política educativa, de la forma que fuere, tiene que conjugar los dos polos esenciales: informar y formar. Suministrar conocimientos, sí. Pero, de igual forma, modelar una forma de ser y de creer. Sin esto segundo, los datos que se reciben desaparecerán más tarde o temprano. Con lo segundo, los futuros ciudadanos vivirán agobiados por la incertidumbre que el mero vivir conlleva, pero tendrán en sus manos las mejores formas de caminar. Si carecen de ello, serán mejores seguidores de Vicente, con lo que esto puede suponer, incluyendo la apatía en la que descansan los regímenes autoritarios.
Dos supuestos básicos que conducen, necesariamente, al consenso general, a la codecisión, que se debe alejar siempre del capricho personal de quien ocupe en cada momento el edificio de Alcalá como ministro. Por contra, si estos supuestos están ausentes, vale más la espera, la reflexión y, sobre todo, no poner sobre la mesa otro plan de estudios. Y en la meditación siempre deben primar los contenidos de lo que se enseña antes que la mera reforma. De aquí el valor de los programas, que también hay que controlar por parte del Estado.
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Catedrático de Derecho Político
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