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¿Por qué Wert tiene razón?

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
jueves 27 de junio de 2013, 19:13h
La polvareda levantada en torno a las notas de acceso a las becas es una inmensa cortina de humo lanzada por el lobby izquierdista para ocultar que no puede enfrentarse a la evidencia: que la instrucción educativa pública en España es, salvo excepciones, de una mediocridad apabullante. Es lo mismo que hizo ese club progre con la asignatura de Religión. Cuestiones menores si se comparan con el gran proyecto de cambio de sistema que debería preocupar a España, en el presente y para el futuro.

El ministro José Ignacio Wert tiene toda la razón en sus argumentos sobre la necesidad de la reforma educativa. No tiene sentido que se mantenga como sagrado un sistema en el que un tercio de los españoles son víctimas del fracaso escolar, y los que lo superan son igualmente damnificados (más de la mitad) por la incapacidad en la inserción laboral que debería derivarse de los estudios.

Y tiene razón en que el sistema debe basarse en la idea del esfuerzo-recompensa, tanto como exigencia a los beneficiarios de devolver la aportación vía impuestos de la sociedad contribuyente, como por el puro valor social del crecimiento personal. Por eso, también la tiene el ministro en la necesidad de que ese esfuerzo del estudiante pueda ser evaluado. Y en que el ámbito nacional español requiere coherencia en las necesidades básicas de todos sus ciudadanos en cuanto a formación, para que unos españoles no queden discriminados frente a otros, en contra del criterio de la educación fragmentada por regiones.

En todo esto tiene razón Wert. Y no la tienen socialistas, comunistas, nacionalistas y algún otro francotirador de los que prefieren opinar sobre las anécdotas en lugar de detenerse en las categorías. Pero, como estos sectores que confunden derechos por privilegios, e igualdad con mediocridad, saben perfectamente, no pueden sostener un sólo argumento de debate en defensa de los resultados que ha procurado el actual sistema. Sólo pueden apelar al mantra de la equidad, olvidando el resultado real de la política educativa, que es que cada vez hay más iguales, pero cada vez peores.

Vayamos, en todo caso a hablar de igualdad, que parece que es lo que se aduce en la polémica del acceso a las becas. Suena reiterativo, pero hay que decirlo siempre: todos los españoles que quieran acceder a la educación pública están becados. Muy, muy becados. Tanto como en el 80 por ciento del coste de sus estudios universitarios, por ejemplo. La polémica de las becas debe reducirse, por tanto, al veinte por ciento, que es el que faltaría para la gratuidad definitiva.

¿Debe la sociedad aportar colectivamente dinero de impuestos para este veinte por ciento de los que carecen de recursos, que a su vez son un porcentaje también pequeño en el conjunto de estudiantes? Pongamos que sí, sin meternos en honduras liberales o socialistas, pero no como derecho inalienable de los individuos a la educación superior, porque esto no viene escrito en ninguna declaración universal de derechos humanos, sino simplemente como oportunidad de acceso para el objetivo de un bien social. Puesto que algunos de quienes queden beneficiados por las ayudas puede ser que después retornen con su excelencia la aportación que han recibido.

Aceptemos, por tanto, una cierta manga ancha para la incorporación en el sistema educativo superior (una nota de acceso asequible), pero toda la demás ayuda debe ir vinculada al esfuerzo. Y si se me dice que los ricos pueden estudiar lo que quieran, y los pobres no, habrá que decir que la lucha de clases es un concepto interesante en lo teórico y bastante endiablado en lo práctico. Y que los ricos (creo que en ellos se suele englobar por extensión la enorme clase media, la que paga impuestos y además la educación de sus hijos) tienen más oportunidades es de perogrullo. También pueden viajar más, tener más cultura de base, más influencia en el mercado laboral y, además, mayor acceso a bienes y rentas.

No hay un derecho a la riqueza, que se sepa. Lo que sí hay derecho es a la igualación de oportunidades en el acceso a ella. Pero no por donación de los ricos, sino por esfuerzo de quienes deseen serlo. Y, para llegar a ser rico, y aunque no sea imprescindible, a lo mejor es razonable tener una buena instrucción, la que cada uno tiene que trabajarse para lograrla. Bastante asistencial es ya un Estado del Bienestar que grava más de la mitad de las rentas de cada españolito que supere el umbral de subsistencia.

Esa es la cuestión clave: introducir en la sociedad que nadie tiene derecho a la subvención, sino a la recompensa por su empeño. Y se puede hacer de muchas formas, pero una no estúpida es evaluar los avances que cada uno logra, para explicarle cual es el camino de su éxito o de su fracaso. Y dar también a cada uno, sea de Huelva o de Badalona, los instrumentos, como el idioma español, para ser más competitivo en un mundo en el que nadie regala nada, y si lo hace la asistencia pública, no es más que en forma de migajas.

El ministro Wert se ha quemado a lo bonzo, y España se ha llenado de espectadores con latas de gasolina. Algunos, en el propio PP. Pero no creo que esté solo, en el fondo. Y que el ministro, que es tan listo como sedicente lenguaraz, ha preferido (o ha aprovechado) la estrategia del despiste al debatir lo periférico con tal de llevarse al huerto la parte mollar de la reforma.

Y es posible que eso lo consiga finalmente. Y es posible que, por primera vez, perdure, y no quede al pairo de los futuros cambios políticos. Y que si el PSOE vuelve a gobernar, al menos que se llene la boca con el hueso de la Religión, o la Ciudadanía o con el debate de las notas para mantener las becas (que son el chocolate del loro de la reforma), y mantenga la exigencia de la búsqueda de la excelencia individual y colectiva como Nación, que es la que nos puede sacar del pozo educativo.

Seguramente es mucho pedir, pero no hay nada imposible. Porque tal vez Wert consiga que haya una futura generación de progres bien formados, como los que salieron de las aulas de la Oprobiosa, los que lograron con su esfuerzo, y sus becas con un 7, llegar a ministros desde casas de albañiles.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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