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¿Debe dimitir Morsi?

sábado 29 de junio de 2013, 16:13h
Desde la caída de Ben Ali y Hosni Mubarak en 2011, las esperanzas que se pusieron en las llamadas Primaveras Árabes se van desvaneciendo. Los cambios en Túnez, Egipto y Libia no han traído la democracia que se esperaba sino unos gobiernos que los mismos que derrocaron a los dictadores rechazan ahora. Las dudas sobre estos procesos revolucionarios han restado fuerza a los que se iniciaron en Yemen y Bahrein, y han fortalecido al régimen de Al Asad en Siria cuando más acorralado parecía. Las revueltas y los disturbios no han mejorado la seguridad ni la estabilidad en la región. Más bien parece lo contrario.

El caso egipcio es un buen ejemplo. Las elecciones dieron la victoria a los Hermanos Musulmanes y, desde hace un año, el Presidente Morsi ha tratado de controlar progresivamente todos los resortes del Estado desde la cúpula militar a los Tribunales de Justicia. En realidad, el país está dividido entre los islamistas –muy fuertes en el interior- y la oposición que comprende desde los laicos de al Baradei hasta los cristianos coptos que, desde la caída de Mubarak, han ido de mal en peor con el gobierno islamista.

Morsi invoca la legitimidad democrática como argumento para reprimir las manifestaciones convocadas en el primer aniversario de su Gobierno pero la retórica de la plaza Tahrir y las revueltas contra Mubarak juega en su contra. Si fue lícito echarse a las calle para provocar la caída de Mubarak, ¿por qué no va a serlo enfrentarse en los mismos lugares a quien se ha deslegitimado con sus acciones de gobierno? Al pulso de los opositores han respondido los Hermanos Musulmanes con la agitación y la movilización desde las mezquitas. Los mismos que predicaban el apoyo a los manifestantes en 2011 llaman a las masas para defender al presidente islamista democráticamente elegido.

De alguna forma, la Historia del Islam es la del enfrentamiento contra los gobernantes injustos o impíos. Desde el combate del propio Profeta en pro de la justicia y la igualdad hasta la Revolución Islámica de Irán de 1979, hay toda una narrativa de la lucha contra la opresión que se está actualizando en el mundo islámico y que tiene uno de sus ejemplos en Egipto hoy. Los héroes de la tradición islámica –desde los Compañeros del Profeta en adelante- enarbolan la bandera de la liberación frente al tirano. Hoy ese papel se le atribuye a Morsi, que ha tratado de aferrar todo el poder del Estado.

Es verdad que los Hermanos Musulmanes se han visto abocados a entrar en el juego democrático –algo que no ha ocurrido en todos los países islámicos- y que están defendiendo al Presidente con el argumento de las urnas, pero la Hermandad nunca ha sido democrática en sus fundamentos ideológico-religiosos. Ni Hassan al Bana, ni Sayid Qutb ni ninguno de los ideólogos islamistas han defendido la democracia salvo como camino para implantar un gobierno islamista. Los islamistas ganaron en las urnas, pero ahí se agotó su sentido democrático.

Los mismos que se enfrentaron con Mubarak y acabaron sirviendo la victoria a los Hermanos Musulmanes, que utilizaron a los manifestantes de Tahrir como compañeros de viaje, han decidido protestar de nuevo. Frente a los votos de Morsi exhiben la memoria de las víctimas y las firmas –recogidas por todo el país- contra las medidas del Presidente islamista.

Ante la perspectiva de gobernar con los votos pero sin la calle, ¿debe dimitir Morsi? Es cierto que los Hermanos Musulmanes pueden movilizar más gente pero eso no significa que la calle se pacifique sino más bien que se radicaliza más hasta volverse violenta.
La pregunta sobre la dimisión sigue en pie.
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