RESEÑA
Erri de Luca: El crimen del soldado
domingo 30 de junio de 2013, 13:40h
Erri de Luca: El crimen del soldado. Traducción de Carlos Gumpert Melgosa. Seix Barral. Barcelona, 2013. 110 páginas. 14,50 €. Libro electrónico: 9,99 €
La historia del nazismo y el Holocausto tiene larga vida en las investigaciones propiamente históricas, pero también en la literatura, la filosofía, las memorias e incluso la sicología. Erri de Luca –italiano, escritor tardío y de oficios múltiples–, se aproxima al asunto de una manera original y bien presentada.
No es la historia de una familia cualquiera, aunque hay un padre, una madre y una hija. Pero se trata de un exsoldado alemán de la Segunda Guerra Mundial, que se casa con una mujer que conoció en Viena. El matrimonio tuvo una hija única nacida en 1967. A la niña la engañaron siempre haciéndole creer que su padre era su abuelo; en esta trama, la madre no solo era la esposa, sino también la cómplice del soldado. La pequeña recibió una educación católica, tenían vacaciones, su padre-abuelo repartía cartas, vivían en un barrio popular. Ese es el escenario de una historia de recuerdos, dolor y muerte.
Un tema central de la novela es el problema de la culpa tras la guerra y el genocidio contra los judíos. Por los crímenes, por el silencio, por haber servido fiel o temerosamente el proceso de exterminio. Pero quizá más que de la culpa, trata también del miedo: el temor a ser encontrado, sobre todo a ser juzgado por los grupos judíos cazadores de nazis.
¿Cuál es la culpa que se debate? El exservidor del Reich tenía muy definida su posición en el tema, y así se lo explicaba a su hija con resignación: “Soy un soldado vencido. El crimen del soldado es la derrota”. Ni siquiera se disculpaba por haber obedecido órdenes, pues reconocía que “las ejecutábamos con la eficiencia del entusiasmo. Nuestra culpa es más imperdonable: es la derrota”.
Pero no se trataba de realizar una reflexión filosófica sobre el tema, sino de pensar en las consecuencias vitales que tenía esa situación para el exsoldado, de ahí su sensación permanente de miedo. Como se expresa claramente, “incluso cuando dejó de haber juicios por crímenes de guerra siguió moviéndose como un prófugo”. En diversas ocasiones repetía “no me cogerán vivo”, porque estaba dispuesto a cualquier cosa -así se demostraría- pero no a ser juzgado y condenado por tribunales civiles. También temía que su familia cometiera el error de Eichmann, hombre que fue “delatado” involuntariamente por su propio hijo cuando le contó a una enamorada su verdadero apellido en Argentina, luego fue detenido y finalmente fue parte de un famoso proceso en Israel, sobre el que reflexiona la incansable Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén.
El asunto se relaciona porque quien narra la historia del soldado es su propia hija, que se enteró muy tarde de la historia de sus progenitores, cuando su madre decidió abandonarlos. Antes, decidió contarle la verdad en media hora, lo que fue reconocido de inmediato por el soldado. La joven tomó la decisión de acompañar a su padre -“aceptaba ser su hija”, decía ella- hasta el final, casi mecánicamente, sin apoyarlo, sin juzgarlo, aunque cree que hay crímenes injustificables, como los perpetrados por los nazis. Quizá por ello hizo que la esterilizaran, “para no arriesgarme a tener un hijo con los genes de mi padre”.
El soldado había devenido en cartero, y en esa condición estuvo en el Centro Wiesenthal, el perseguidor de los nazis de la posguerra, donde estaba su propio apellido. Un anciano le mostró un libro de la cábala judía y desde entonces el soldado se obsesionó con el tema, durante diez años lo estudió, aprendió hebreo, convencido de que la cábala había sido “el núcleo ignorado por el nazismo”.
Una noche de verano cualquiera, en una posada, fueron a tomarse una cerveza. A ella le vinieron recuerdos de la infancia, mientras él pronunció las palabras por tanto tiempo esperadas: “Me han encontrado. Han llegado hasta aquí”. Su obsesión, sumada a un hombre peligroso a su lado, con “hojas en yidish”, le anunció el final. El soldado creyó que era un hombre enviado para que él supiera que lo habían encontrado. El momento de la captura había llegado y sin vacilaciones decidió huir.
Notablemente, se trata de una historia a dos voces, de la cual hemos destacado la segunda. En la primera parte quien habla es un traductor, que había aprendido yidish de manera autodidacta -como el propio De Luca- y recuerda su vida, historias, visitas al gueto de Varsovia y otras cosas. Más importante que todo, era el hombre de la mesa de al lado en la posada. Sorpresivo y sorprendente.
Por Alejandro San Francisco