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¿Estado de Corrupción o Estado con corrupción?

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 03 de julio de 2013, 20:30h
Llevamos tanto tiempo viendo a Bárcenas en las portadas que ya no sabemos si tiene clones idénticos repartidos por el mundo. Tanta iniquidad no puede ser obra de un solo hombre. Como el diablo, debe ser Legión. Meses de informaciones sensacionales y años que nos esperan. Seguramente llegaremos a multiplicar por mil los impactos periodísticos del asesinato de Kennedy, por diez mil la llegada del hombre a la luna y por diez millones el descubrimiento de la penicilina.

Cada euro que Bárcenas ha podido llevarse (que tiene toda la pinta de que bastante malamente) va a ser un titular. Quizá cuarenta millones de titulares. Algunos etarras han tenido más suerte mediática y con veinte muertos no han sacado veinte portadas.

Claro que antes de Bárcenas, otros cinco años que se multiplicarán por dos llevarán al mismo lugar de privilegio informativo a Francisco Correa, responsable de lo que la Policía ha calificado como la “red Gürtel”, que queda suficientemente delincuencial como para describir los delitos económicos de un grupo de empresas al estilo de Corleone, centro cinematográfico de la Mafia mundial.

Y, para aderezar el asunto, la “trama de los eres”, que también queda interesante cuando se usa esa palabra que evoca oscuridad y enrevesamiento, cuando el caso es bastante clarito y nada lejano a los clásicos chanchullos de dádivas de dinero público y comisiones. Aunque veo menos recorrido en Magdalena Álvarez, incluso en Griñán, porque esa historia de pasta por parados es cutre y no tan chic como la corrupción de la derecha.

Claro que hay mucho más. Cada acusación, imputación, sumario, juicio o fallo a cualquier personaje público (decenas de miles) por los infinitos delitos que se pueden englobar bajo el término corrupción puede tener su hueco informativo. Y hay que recordar que ese tipo de delitos es bien amplio: desde malversación de fondos hasta falsedad documental, desde tráfico de influencias a cohecho. Es decir, desde el robo manifiesto a la mala administración, desde el enriquecimiento fastuoso al enchufe de un cuñado, desde la extorsión a la recomendación, desde el sobresueldo a la evasión de capitales.

Y, además, quedan las instituciones. Los partidos y sindicatos, con su financiación. Las asociaciones empresariales, los clubes deportivos, las oenegés, los bancos y cajas y tutti quanti.

Pero aún más. Cada acusado de corrupción tiene familiares, amigos, correligionarios y socios. Cómo no extender la sospecha a los entornos, cómo no sabían nada, cómo no cumplieron con el deber de auxiliar a la Justicia con la correspondiente denuncia…

Así estamos, y así estaremos por décadas. Chapoteando en la corrupción como quien se mete en la sala de depresivos de un frenopático.

Y hay que preguntarse si estamos realizando como sociedad una valoración justa de las cosas. Si estamos siendo capaces de distinguir un Estado con corrupción de un Estado de Corrupción. Porque, precisamente de no distinguirlo se deriva que los verdaderos corruptos puedan salir indemnes, camuflados en la cortina de humo de la idea generalizada de corrupción.

Claro que pedir serenidad en medio de una crisis es como permanecer impertérrito ante un penalti de Ramos. Pero algo tenemos que pensar, porque no se puede orientar toda la vida nacional en el desciframiento de los autos judiciales, que cuando uno los lee es como si estudiara un diagnóstico médico, que incluso cuando es favorable asusta una barbaridad.

El descrédito general sobre la política tiene mala salida democrática. Vamos, tan mala que no se conoce. Y, por el camino que vamos, y de acuerdo con la teoría de las responsabilidades encadenadas, aquí no va a quedar títere con cabeza, ni en el PP, ni en el PSOE ni en cuantas instituciones se han comentado arriba.

Quizá sea el momento de centrarse en lo sustancial, la gran corrupción, y dejar a disparar a bulto sobre todo y sobre todos los que pasaban por allí, quizá no inocentes pero sí irrelevantes.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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