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El Ejército, de nuevo, se erige árbitro en Egipto

Víctor Morales Lezcano
viernes 05 de julio de 2013, 20:29h
Hace no muchas semanas, me he referido al peso del aparato militar de Egipto, sostenido con largueza por la administración estadounidense desde 1967. Su ejército ha terminado por aceptar, incluso, el hecho consumado del éxito del Islam político en las citas electorales que se han celebrado en el transcurso de los dos últimos años. Al tiempo que las fuerzas armadas de Egipto se garantizaban así un modus vivendi muy holgado, desarrollaban, además, la conciencia institucional consistente en que, en caso de conflicto o caos social internos, ese mismo ejército sería el llamado a restablecer el “equilibrio” en el seno de la nación.

En el atardecer del día 3 de julio, el general Abdel Fattah al-Sisi hizo saber al pueblo egipcio que el presidente Morsi acababa de ser destituido y retenido en las dependencias del ministerio de Defensa. Según el portavoz castrense, las fuerzas armadas tomaron tan severa medida debido al divorcio irreconciliable entre el gobierno de la república (ostentado por los Hermanos Musulmanes) y la inmensa muchedumbre opuesta a la trayectoria gubernamental, desde que Morsi fuese elegido presidente hace aproximadamente un año. En el campo de lo civil, Adli Mansur (un alto magistrado que acababa de ser investido presidente del Tribunal Supremo de la república) ha pasado a ocupar, provisionalmente, la jefatura del Estado. Si, de una parte, se procedió a detener de inmediato al líder y primus inter pares de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Badia, de otra, por el contrario, no dejó de aparecer en primera línea de visibilidad mediática Mohamed el-Baradei, candidato frustrado varias veces en las comicios celebrados en Egipto desde el final de la era Mubarak.

Puede sonar ocioso subrayar aquí el júbilo -y estruendo- que vienen manifestando los ciudadanos egipcios adversos al gobierno de los Hermanos Musulmanes y millones de ellos signatarios de un cuaderno de agravios y petición de dimisiones en cadena dentro del gobierno de la nación. Subrayan, por su parte, algunos medios y redes que los incondicionales del Islam político en Egipto han expresado su voluntad de caer “mártires” ante el comportamiento ilegal del ejército y de los sectores sociales liberales del país en el golpe de marras.

En una colaboración próxima para El Imparcial procuraré desarrollar un argumentarlo a favor y en contra del golpe de estado que se ha llevado a cabo en Egipto durante el transcurso de las últimas cuarenta y ocho horas. Valgan ahora un par de matizaciones.

Más allá del fervor, a veces beocio, de muchos ciudadanos de Occidente, al acusar recepción de la mal llamada primavera árabe, y trascendiendo también el posicionamiento negativo sobre el maridaje de democracia e Islam, en que se instalan no pocos islamófobos, me parece honesto apuntar a dos aspectos cruciales en este breve período de despertar político y social de Egipto, que se inauguró el 25 de febrero de 2011. El primero de esos aspectos guarda relación con los dos depredadores sistemáticos que vienen viciando la implantación de la democracia representativa en el país del Nilo. Esos depredadores tienen nombre propio; se llaman pobreza y analfabetismo. Más allá, por ende, del triunfo de los Hermanos Musulmanes, del ejército, o de los sectores liberales de la sociedad egipcia, la pervivencia de unas estructuras socio-económicas acorazadas es la causa primera y principal del fracaso de Montesquieu en el país del Nilo. El segundo aspecto subrayable, se dirige a los más de cincuenta billones de dólares que Estados Unidos de América viene inyectando en el cuerpo militar de esta nación norteafricana. Desde mi punto de vista es una operación artificiosa, llamada a durar tanto tiempo como puedan mantenerla el tesoro y las finanzas americanos.

Se sobreentiende que la largueza de esa inyección financiera se debe al pandemónium fronterizo, religioso y geoestratégico que interpenetra a todos y cada uno de los países del Oriente Próximo. Apostar por el ejército de Egipto en su calidad de ¿ariete modernizador?, o barrera de contención del antisionismo regional, es una apuesta bicéfala que está condenada a fracasar en cualquier coyuntura imprevisible.

La cuestión palpitante, en este momento, reside en lograr que una guerra social y sectaria infecte el país del Nilo de norte a sur, desde el Sinaí y el canal de Suez hasta las fronteras del desierto libio-egipcio. De todo lo demás, quizá, podré opinar con más reposo así que pasen unos cuantos días.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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