A propósito del 4 de julio y la Independencia
lunes 08 de julio de 2013, 18:12h
Hay fechas cruciales en la historia de la humanidad: una de las más importantes es el 4 de julio de 1776. Ese día, los representantes de los Estados Unidos de América se reunieron en un Congreso General y proclamaron su Independencia.
Años después Thomas Jefferson recordaba que la Declaración era “un documento en cuyas páginas residen nuestro destino y el del mundo”. Lo que podría parecer una exageración patriótica era, en realidad, la constatación de los progresos que experimentaba el pueblo norteamericano en unas pocas décadas, así como la confianza en su propio futuro y en el de la humanidad.
El texto de la Declaración de Independencia sostenía como verdades evidentes por sí mismas “que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador con ciertos Derechos inalienables, que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos, se constituyen gobiernos entre los hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”. Después de enumerar una lista de “agravios y usurpaciones” del rey de Gran Bretaña, la Declaración señalaba que los Estados Unidos eran “Estados libres e independientes”, con todas las consecuencias que ello implicaba.
El documento, que sería complementado en 1787 con la Constitución norteamericana, tiene un inmenso valor histórico. No solo por lo que hemos conocido en los últimos dos siglos, en que los Estados Unidos de Norteamérica se convirtieron en la principal potencia mundial, además de un actor relevante de la política internacional, en el desarrollo de la ciencia y el deporte, en las revoluciones tecnológicas y en tantos aspectos que han contribuido a “occidentalizar” (¿americanizar?) muchas costumbres en la sociedad contemporánea.
La Declaración de Independencia misma tiene un valor histórico decisivo, al menos en dos sentidos. El primero, y más obvio, es proclamar la autonomía, el autogobierno, la capacidad de los Estados Unidos para tomar decisiones por sí mismo, en la guerra y en la paz, en las alianzas políticas y en el comercio. Paralelamente, el texto se convirtió de inmediato en un género literario en sí mismo, de literatura política, inspirador de numerosos documentos análogos no sólo en las décadas siguientes, sino que en los siglos venideros.
Como ha expresado David Armitage en su excelente estudio Las declaraciones de independencia. Una historia global (Madrid, Marcial Pons, 2012), el documento que los norteamericanos reverenciaron como propio, “con el tiempo ha llegado a convertirse en patrimonio mundial”, considerando tanto su carácter fundacional como el efecto ejemplar que adquirió y que residía, principalmente, en una afirmación de soberanía. Más tarde cada continente tuvo sus propios procesos de independencia, en la América hispana o portuguesa, en Asia y en África, así como en las naciones que surgieron entre 1990 y 1993, cuando más de treinta estados llegaron a ser independientes o bien recuperaron esa condición, a propósito del colapso de la Unión Soviética. En todos estos casos siempre destacaba un elemento común: la promulgación de una Declaración de Independencia. Es decir, “la revolución americana fue un acontecimiento de relevancia realmente global”, con efectos que lograron contagiar a todo el sistema de Estados que rige hasta hoy.
En esta misma línea podemos destacar el interesante estudio coordinado por Alfredo Ávila, Jordana Dym y Erika Pani, Las declaraciones de Independencia. Los textos fundamentales de las independencias americanas (Ciudad de México, 2013), que replica el mismo análisis y reproduce los textos de diversos países hispanoamericanos, especialmente a comienzos del siglo XIX, cuando irrumpieron los procesos independentistas. Como explican los coordinadores en la introducción, “la era de las revoluciones atlánticas fue también la era de declaraciones, actas y manifiestos”.
En ese contexto, y aunque el texto presenta algunas visiones que relativizan la tesis de Armitage, se puede apreciar en varios casos una clara influencia norteamericana, no solo en el plano de las declaraciones sino en relación al desarrollo del constitucionalismo. En algunos países se llegó a hablar de los Estados Unidos como “el país clásico de la libertad”, del cual algunos quisieron tomar a comienzos del siglo XIX su federalismo, otros sus autoridades ejecutivas, todos alguna u otra expresión del desarrollo político.
La era de las independencias americanas, proceso que podríamos situar en las últimas décadas del siglo XVIII y en las primeras del siglo XIX, es un asunto que merece seguir siendo revisitado. Desde entonces la independencia se convierte en un valor político dominante, que pervive hasta hoy. Originalmente se la definía como la “aptitud de existir u obrar alguna cosa necesaria y libremente, sin dependencia de otra” (Diccionario de autoridades, 1734), o “falta de dependencia” (Diccionario de 1803). El concepto tenía una referencia más bien personal o social, cuestión que cambia radicalmente hacia una variante política, para el caso español de la guerra de independencia (1808-1814) y sus homólogas americanas. Eso es producto del gran “terremoto político-conceptual”, en palabras de Javier Fernández Sebastián, que azotó al mundo occidental producto de las revoluciones francesa y norteamericana, así como de las independencias que hemos mencionado en todo el continente. Desde entonces aparecen asociados los conceptos “libre, independiente y soberana”, así como se produce una resemantización de independencia, que pasa a destacar a una nación que no tiene sujeción a otra. Esto sería precisado por el sabio venezolano avecindado en Chile, Andrés Bello, cuando definió de la siguiente manera dos conceptos fundamentales: “La independencia de la nación consiste en no recibir leyes de otra, y su soberanía es la existencia de una autoridad que la dirige y representa” (en sus Principios de derecho de Gentes, 1832).
Proceso interesante en lo político y conceptual, rico en acontecimientos y en personajes históricos para ambas américas, que tuvo su nacimiento, al menos en parte, un 4 de julio de 1776, bajo la inspiración de los padres fundadores del sistema norteamericano.