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El ministerio de la igualdad

José María Herrera
sábado 03 de mayo de 2008, 22:02h
Temo al Estado más que al individuo, así que cuando nace una nueva institución pública, desconfío. Si la institución carece de cometido claro, o sea, si tengo dificultades para imaginar cuál podría ser su primera medida, la desconfianza se torna inquietud.

Juzgo más improbable el orden que el caos y, por eso, creo que debemos confiar en la ley. Hacerlo, sin embargo, impide comprender la necesidad de un ministerio cuyo fin es la igualdad de las mujeres. ¿No está ésta garantizada precisamente por la ley? Al parecer, no. Después de treinta años, nuestra democracia falla en lo elemental.

¿Son entonces las mujeres españolas ciudadanos de segunda categoría?, ¿hace falta velar por ellas, tutelarlas?

Entro en terreno peligroso, minado de profetas. Pero hay que rechazar la mayor, negar la desigualdad. Por fuerza, si vivimos en un estado de derecho. En democracia, la igualdad no es como la vivienda o el trabajo, que son derechos por los que se lucha, sino un presupuesto fundamental del que no cabe dudar so pena de reducir todo el sistema al absurdo.

La transición fue un principio también para las mujeres. El hecho de que hayan sufrido infames atropellos en el pasado o de que en ciertos lugares del mundo perduren aberraciones ignominiosas no basta para crear un ministerio de igualdad en España. Si esto se hace, si se niega que las mujeres están sometidas aquí a las mismas e imperfectas condiciones del resto, lo que se está poniendo en tela de juicio es la esencia de nuestra estructura política.

Claro que la desigualdad que pretende atajar el nuevo ministerio quizá no sea esa a la que acabamos de referirnos, sino otro tipo de desigualdad, una desigualdad fáctica, por ejemplo, laboral. De acuerdo. Pero: ¿cuál es entonces la función del Ministerio de Trabajo?, ¿y la de los sindicatos? La ocurrencia de dar al mundo un ministerio para que supervise lo que los otros hacen con relación a las mujeres o responde a un paternalismo despreciable o bien constituye una especie de censura a la antigua. En ambos casos, hay para preocuparse.

¿Y la violencia? Tenemos ciertamente un grave problema con este asunto. Los crímenes pasionales se han multiplicado de forma alarmante. La tesis feminista atribuye a la desigualdad este incremento. Su planteamiento ha convencido hasta el punto de que ya nadie habla de crímenes pasionales (error grave, porque uno de los fenómenos de la época es que las pasiones se han apoderado del campo dominado antes por la razón), sino de violencia de género. El tópico es que siempre fue así. El varón siempre maltrató a la mujer, sólo que ese maltrato, incluido el asesinato, no salía a la luz. Al margen de las dificultades que encierra hablar sobre hechos ocultos, asombra que se pueda suponer que esto fue posible en ninguna época. Verdad que durante siglos la ley fue indiferente a la cuestión femenina, pero habría que recordar que acudir a ella para reparar la injusticia es una práctica relativamente reciente, que los asuntos privados no se han comenzado a considerar de dominio público hasta hace poco y que la venganza tenía antaño el brazo más largo que los tribunales. Por mucho que el ofendido punto de partida del feminismo esté históricamente justificado, la indignación, o lo que es lo mismo, la pasión, no puede suplir al análisis. De ahí que cuando se mezclan los execrables crímenes de hoy con los atropellos del pretérito para convertir en objetivo político lo que, pese a todo, constituye la sustancia misma de la democracia, surja el recelo. ¿No será todo esto producto de esa suspicacia paranoica de la que siempre se alimentaron los inquisidores?

El feminismo tiene toda la razón al preocuparse de que la equiparación de los sexos y la multiplicación de instancias gubernamentales dedicadas a la protección de las mujeres hayan producido consecuencias tan contradictorias. Algo, en efecto, no va bien. No obstante, confunde las cosas al creer que la causa del problema es la desigualdad. El inicuo trato que soportan muchas mujeres no depende de la situación política, sino de la situación moral de nuestra sociedad. No se trata de género masculino o femenino, sino de género humano. ¿Por qué el discurso feminista no acepta este diagnóstico?, ¿por qué prefiere monopolizar la respuesta y seguir creyendo que la democracia esconde bajo la supuesta neutralidad de la ley un espíritu falocrático?

Una posible respuesta es que, si lo hiciera, se vería obligado a salir del círculo de lo masculino y lo femenino y, con ello, perdería sus bazas en la liza por el poder. Dado que una de las ideas nucleares del feminismo es que las mujeres, en cuanto víctimas del poder masculino, no tienen responsabilidad en las calamidades del mundo -virginidad histórica llamo yo a esto-, va de suyo que cualquier consideración genérica sea juzgada ofensiva. Sin embargo, a estas alturas de los tiempos, o nos deconstruimos todos o no lo hacemos ninguno. También el feminismo tiene que pasar por el molino de la sospecha. Lo reclama tanto su forma de convertir cualquier pretexto en motivo de reivindicación como su empeño en que la igualdad sea, sobre todo, un proyecto incumplido. Aquí hay más que impotencia. El feminismo se ha convertido en una fuerza lo bastante poderosa como para inmiscuirse en los hábitos de pensamiento de la gente, algo que no consigue, por ejemplo, la Iglesia. La imposición de códigos de corrección -que nadie emplea en privado- y de una interpretación de la Historia (en la que el sexo es más relevante que la sangre o el oro), así lo demuestran.

Claro que el feminismo, como fuerza política, lo tiene muy difícil. Desde que la izquierda dejó la antítesis por la síntesis, o para que los jóvenes me entiendan, desde que sustituyó su apolillado fondo de armario ideológico por el prêt-à-porter de las minorías ofendidas, no hay discriminación que no fagocite. El enemigo no es ya el poder, que a menudo usufructúa, ni la ley, de la cual es responsable, sino los ciudadanos, anclados en prejuicios atávicos que hay que erradicar. A las minorías oprimidas las oprime... ¡el pueblo! Se comprende entonces la importancia de la educación para la ciudadanía y el incremento de las intromisiones pedagógico-morales de los gobiernos, en particular del nuestro, avanzadilla de la vanguardia mundial. La metamorfosis del Estado paternal en Estado maternal -cambio de sexo que en la travestida España llevamos muy adelantado- exige que sus estructuras se vuelvan más amorosas y vigilantes. No corras, no fumes, no discrimines, no pienses. Es el estilo nutricio que tarde o temprano dejará sin alternativas al feminismo.

¿Mejorará el nuevo ministerio la situación de las españolas? Lo dudo. Lo único seguro es que mejorará la situación de quienes medran con ello. Legiones de luminarias consagradas desde hace años a colonizar el superego colectivo van a tener por fin lo que ansiaban: poder y autoridad. Y no es que les faltara, pues el discurso de la confrontación sexual ha servido ya a mucho mediocre para hacer carrera política, estética o académica, pero con este nuevo paso el horizonte se amplía. El pato lo pagaremos, claro, los demás. Y es que, una vez que se dote a un grupo de burócratas de funciones inspectoras -no otra cosa estará en su mano- y de presupuesto, el único modo que tendrán de justificarlo será generar a su alrededor un clima de mala conciencia que los vuelva indispensables. La parte de razón que les asiste querrá convertirse en toda la razón y volverá a ocurrir lo que ya descubrió Nietzsche: que los predicadores anteceden a los pecados.
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