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El gran reto transatlántico

domingo 14 de julio de 2013, 08:33h
Acaba de concluir en Washington la primera ronda de negociaciones entre los Estados Unidos y la Unión Europea para la creación del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y las Inversiones. Fue Barack Obama, en su primer discurso de la segunda legislatura pronunciado en febrero de este año, quien dio carta de naturaleza a este proyecto, que ya venía gestándose oficiosamente desde noviembre de 2011, con la creación de un Alto Comisionado entre las dos partes sobre empleo y crecimiento. En mayo de 2012 la principal organización empresarial estadounidense le pidió a Barack Obama que impulsase este acuerdo, y, tras su reelección, fue la nota de felicitación de la Unión Europea la que animaba al Presidente a lanzar lo que, ya se puede decir, es una realidad en este momento.

El comercio y la acumulación de capital son las dos fuerzas que están detrás del crecimiento económico, y han sido descritas desde la obra clásica de Adam Smith. Dos fuerzas, además, que se realimentan. El comercio colma de bendiciones a los países que lo abrazan, no ya porque el intercambio genere valor –que también- sino porque obliga a estas economías a organizarse de un modo cada vez más eficaz, productivo y competitivo. Además, los lazos del comercio, fuertes pero voluntarios, llevan al entendimiento entre los pueblos y alejan la amenaza de la guerra: Kant dixit.

La discusión clásica del libre comercio describía la conveniencia de limitar o erradicar los aranceles. Hoy esos aranceles no son ya el mayor obstáculo al acuerdo económico entre dos países, pero hay otras barreras más complejas que vienen de la mano de la regulación, las subvenciones, las licencias y demás subterfugios. Estas barreras no arancelarias son las que tiene que derrumbar el diálogo iniciado entre las dos partes.

Los beneficios potenciales están ahí, a nuestro alcance. En el caso de la Unión Europea, se traducen en una renta extra de 545 euros al año para una familia de cuatro miembros, según el CEPR de Londres. De acuerdo con la Fundación Bertelsmann, España será uno de los países más beneficiados de esa integración, por lo que nos jugamos mucho. La renta per cápita podría incrementarse a largo plazo en un 6,6 por ciento. Pero esta gran oportunidad entraña también un gran riesgo: el riesgo de no aprovecharla a fondo por el inocuo poder que tienen los intereses creados, protegidos por las rentas de poder de los profesionales de la política, a través de esas regulaciones que atentan contra los consumidores.

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