CRÍTICA
Orlando Figes: Crimea. La primera gran guerra
domingo 14 de julio de 2013, 14:12h
Orlando Figes: Crimea. La primera gran guerra. Traducción de Mirta Rosenberg. Edhasa. Barcelona, 2012, 767 páginas. 35 €
El puente del Alma, en París, es hoy mundialmente conocido como el lugar en donde Lady Di perdió de manera trágica la vida en un accidente de tráfico. Este hecho, acaecido a fines del siglo XX, ha contribuido a hacer un poquito más invisibles los orígenes alegóricos de esta construcción sobre el río Sena. Con el nombre de Alma se hacía referencia, a mediados del siglo XIX, a un río de la península de Crimea y a la batalla homónima, de 1854. En la misma capital de Francia, el bulevar de Sebastopol recuerda el largo sitio de aquella ciudad portuaria del mar Negro, entre 1854 y 1855. Y al sur de París, asimismo, una población, convertida en la actualidad en preciado sitio residencial para los “bobós” (los “bourgeois bohèmes”), recibió en el siglo XIX la denominación de Malakoff, que correspondía a una torre de defensa de Sebastopol -el Malajov o Malakoff- tomada por las tropas francesas en septiembre de 1855. Muchas calles de otras ciudades galas fueron bautizadas con estos nombres. Si las alusiones a lugares y acontecimientos de la guerra de Crimea resultan significativas en la geografía urbana de Francia, más lo son todavía en Gran Bretaña o en Rusia. En estos países tuvo, además, una gran trascendencia en la construcción de la conciencia e identidad nacional; en Turquía, en cambio, esta guerra ha sido en buena medida borrada de la memoria de la nación.
En la guerra de Crimea (1853-1856) se enfrentaron Rusia y una coalición integrada por el Imperio otomano, Gran Bretaña y Francia, con la colaboración de Cerdeña-Piamonte y la mirada atenta y no siempre desinteresada de Austria y Prusia. Supuso, sin lugar a dudas, la gran guerra del periodo que se abre tras las campañas napoleónicas, en 1815, y tiene su fin en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Murieron en ella, en batalla o por enfermedades y pésimas condiciones de vida, casi medio millón de soldados rusos, unos cien mil franceses -una tercera parte de los participantes- y unos veinte mil británicos. Entre sus consecuencias más o menos directas sobresalen la ruptura parcial del viejo orden europeo, con el surgimiento de nuevos Estados-nación como Italia, Alemania o Rumanía; el desplazamiento por parte de Rusia, en lo que podríamos designar como “limpieza étnica”, de más de un millón de musulmanes del Cáucaso con la intención de cristianizar este territorio, y las tentativas de occidentalización de la sociedad turca. Aunque pueda parecernos un conflicto no significativo en relación con los que se vivieron en la primera mitad del siglo XX, para los contemporáneos -y eso, en realidad, debe ser siempre lo primordial para el historiador- constituyó el enfrentamiento mayor de su época.
Orlando Figes, conocido en especial por sus libros sobre la historia rusa contemporánea, muchos de los cuales traducidos al castellano -La Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, El baile de Natacha. Una historia cultural rusa o bien Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin-, ha dedicado recientemente un voluminoso estudio a esta importante guerra, también llamada en Turquía Guerra ruso-turca o, en ruso, Guerra Oriental. Antes de centrarse, a partir de 1854, en la península de Crimea, la guerra tuvo como escenario los principados de Moldavia y Valaquia, en la actual Rumanía, en donde se enfrentaron las fuerzas rusas y turcas, y el Cáucaso; y, más adelante, con el apoyo británico y francés al ejército otomano, también el Báltico. Constituyó un conflicto global, decisivo en la historia europea, rusa y de Oriente Próximo. Cada una de las potencias participantes contaba con motivos propios para el combate, entre los que destacaban la religión, el nacionalismo y las rivalidades imperiales. En el caso británico debe tenerse en cuenta, asimismo, el peso de una rusofobia muy extendida entre la población.
Crimea fue, sostiene el autor, la primera guerra total, precursora de las del siglo XX, que implicó a civiles y provocó numerosas crisis humanitarias. Y puede considerarse, asimismo, como el primer caso de una guerra verdaderamente moderna, en el sentido de industrial, lo que en buena medida explica la derrota de una Rusia no preparada para ello. Empezó con los viejos códigos de caballerosidad en batalla, como en la de Alma, y terminó con una impresionante guerra de trincheras -los franceses y británicos excavaron un total de ciento veinte kilómetros- en el sitio de Sebastopol. Esta ciudad “es un lugar tan alegre como una morgue”, afirma uno de los personajes del relato Sebastopol en agosto, de Tolstoi, que participó en aquella guerra. Otras dos novedades merecen ser destacadas: la extraordinaria presión de la prensa y la opinión pública, muy especialmente en Gran Bretaña, pero también en Rusia y Francia -como aseguraba, en 1855, el emperador Luis Napoleón: “En la etapa de civilización en la que nos encontramos, el éxito de los ejércitos, por brillante que sea, es solo transitorio. En realidad, es la opinión pública la que conquista la última victoria.”-; y la importancia de los corresponsales y fotógrafos de guerra (amén, no puede olvidarse, de los turistas).
El barco a vapor y el telégrafo facilitaron la publicación de crónicas al cabo de pocas jornadas. Aunque existan algunas imágenes, de ínfima calidad, del enfrentamiento entre México y Estados Unidos de fines de la década de 1840 y de la guerra de Birmania de principios de la siguiente, la guerra de Crimea fue la primera en ser ampliamente fotografiada. Algo que hoy resulta normal, esto es, observar la guerra casi al mismo tiempo que se está produciendo, empezó en aquel entonces a hacerse realidad. La técnica no permitía aún captar la acción y la muerte solamente era evocable de forma simbólica.
En la versión española, la obra ha sido titulada Crimea. La primera gran guerra. Existen elementos numerosos, como hemos visto, que permiten justificar la opción por este subtítulo. No obstante, en el original inglés figura otro distinto: Crimea. La última cruzada. Responde a una de las ideas centrales y más originales del libro, esto es, la importancia de los motivos religiosos en la guerra de Crimea. De hecho, aunque con el paso de los meses tendiera a olvidarse, el conflicto empezó con la disputa en Tierra Santa entre católicos y ortodoxos por el control de las iglesias del Santo Sepulcro de Jerusalén y de la Natividad de Belén. Muchas pasiones religiosas acumuladas se encontraban en la base de los problemas. Todos los países participantes llevaron en un momento u otro, en opinión del autor, la religión a los campos de batalla. Para el zar Nicolás I se trataba, en concreto, de una guerra religiosa, de una guerra santa para liberar a los ortodoxos del dominio musulmán. Dostoievski calificó la guerra de 1853-1856, en este sentido, como “la crucifixión del Cristo ruso”.
En Crimea. La primera gran guerra, Orlando Figes nos ofrece un extraordinario relato de la guerra de Crimea, en el que se combinan hábilmente las fuentes rusas y turcas y las francesas y británicas, las estrategias militares y los testimonios de los combatientes -los párrafos dedicados a la pésima planificación de la guerra y a la precaria situación de los soldados de los distintos ejércitos, como consecuencia del maltrato, las enfermedades o el hambre, resultan de notable interés-, las descripciones minuciosas de las batallas y el análisis de los grandes intereses geoestratégicos, la narración cuidada y la explicación precisa y compleja. Un libro, en definitiva, sugestivo y apasionante a partes iguales.
Por Jordi Canal