RESEÑA
Claudia Piñeiro: Un comunista en calzoncillos
domingo 14 de julio de 2013, 14:22h
Claudia Piñeiro: Un comunista en calzoncillos. Alfaguara. Madrid, 2013. 196 páginas. 18 €. Libro electrónico: 9,99 €
Los libros o novelas autobiográficas son siempre interesantes y permiten acercarse a los escritores desde una perspectiva distinta. Nos referimos al género memorístico propiamente tal, no a ese recurso habitual de los novelistas de aprovechar experiencias personales para nutrir sus creaciones literarias.
El libro de Claudia Piñeiro es una obra que se mueve en la frontera de ambos géneros, una novela curiosa, que mezcla deliberadamente recuerdos personales y ficción, siguiendo la fórmula de Natalia Ginzburg en Léxico familiar: “Solo he escrito lo que recordaba. Por eso, quien intente leerlo como si fuera una crónica encontrará grandes lagunas. Y es que este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como una novela”.
En el caso de Un comunista en calzoncillos, más que unas memorias, aunque tienen mucho de eso, se trata de recuerdos episódicos o conceptuales, familiares sobre todo, que provienen de una niña de unos trece años, la propia Claudia Piñeiro. Como telón de fondo aparece el contexto histórico y político de la tortuosa década de 1970 en Argentina.
Es la historia de una familia sencilla, muy común, con un padre, una madre, un hermano y una hermana, y unos abuelos que viven cerca de ellos. Familia “que se aferraba con uñas y dientes a la clase media”, producto de que el papá había venido a menos en lo profesional, desde la venta de pollos a ser un vendedor esporádico de productos para el hogar; hombre de carácter complejo, poco alegre, egoísta. Pero un padre que tenía -o creía tener- ideas claras sobre el país y la política. De hecho, se autodefinía como comunista, y declaraba convencido que “el capitalismo se fue al carajo”.
La niña sentía una especial devoción hacia su padre, lo refiere en todos sus recuerdos, lo quiere, admira, incluso lo protege (al no revelar sus ideas políticas cuando surge el tema en el colegio y ser comunista se vuelve peligroso, aunque tampoco contaba que vendía pollos, quizá por vergüenza).
En el colegio de monjas al que asistía la narradora se vivía un ambiente tradicional de provincias, con gente conocida por todos lados, asuntos locales cuyas dimensiones crecen, los habituales comentarios, en ocasiones malintencionados, sobre cada cosa o relación personal. En ese ambiente se suceden los personajes que se van haciendo familiares con el correr de las páginas: las amigas y sus mamás, los dirigentes locales, las profesoras (una en especial, la señorita Julia), el club, la piscina y, desde lejos, Estela Martínez de Perón y el general Jorge Rafael Videla.
Para la pequeña, el tiempo transcurre con el paso de la infancia a la adolescencia, de la inocencia a la comprensión de la vida real, en su casa y en el país. Es una niña observadora y despierta, normal aunque destacada, querible. Con sencillez y claridad van emergiendo recuerdos, poniendo imágenes físicas y morales, entendiendo una época de transformaciones personales y políticas. Las descripciones permiten también entender los cambios en la vida cotidiana, por ejemplo de las mujeres, ejemplificado en la existencia de la madre y la abuela dedicadas a tiempo completo a la casa, mientras la pequeña sería una futura escritora.
La autora reconoce la invención literaria detrás de su escrito: “Porque los recuerdos son nuestros, entonces en ello no hay verdad ni mentira… Los novelistas mentimos, pero la novela es lo más real que tenemos”. Como la Comisión para la Reivindicación del Monumento a la Bandera de Burzaco (institución que no existió en realidad y que juega un papel importante en la obra), o la adaptación de un desfile en el histórico 1976 argentino.
Si la política no es lo más importante del libro, es legítimo preguntarse por qué se llama Un comunista en calzoncillos. En una parte, así describe a su padre: “Un comunista declarado, enfático, pero no practicante, la opción más absurda: correr los riesgos de decirlo sin haber hecho ningún acto heroico que justificara estar en peligro. Ni siquiera pegar un póster en la pared. Un comunista en calzoncillos”, que predica sus ideas desde la casa y con un auditorio reducido y acrítico, muchas veces paseándose, precisamente, en calzoncillos. ¿Era comunista realmente? “Déjalo que se lo crea”, respondía la mamá a esta pregunta, con un tono entre irónico e indiferente.
Comunista en parte por el hambre que ha pasado su familia de origen, por sus escasas y casi emocionales convicciones sociales y políticas, un cierto odio a los ricos, una estafa sufrida en un negocio y la resistencia al estado de cosas en que se encuentra Argentina en esos años. Podríamos decir una rebelión ante la indolencia y las prioridades de los lugareños, que “se preocupan por un monumento de mierda mientras se les viene el país abajo”. Un hombre común, que ahora emerge recordado en un hermoso libro.
Por Alejandro San Francisco