El telescopio Chandra de la NASA ha captado el final de la vida de la estrella NGC 2392, apodada "Nebulosa esquimal” y situada a 4.000 años luz de la Tierra. La investigación, liderada por la española Nieves Ruiz del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC), ha permitido conocer más sobre cómo desaparece una estrella planetaria como esta y predecir, si cabe, cómo concluirá su vida el Sol dentro de unos 5.000 millones de años.
La
NASA ha logrado a través de su telescopio Chandra captar el final de la vida de una estrella, en concreto la NGC 2393, conocida como
"Nebulosa esquimal". Esta investigación permite a los astrónomos predecir la
desaparición del Sol, prevista para dentro de unos 5.000 millones de años.
Las
nebulosas planetarias como esta se forman cuando una estrella consume todo el hidrógeno contenido en su núcleo, algo por lo que pasará nuestro Sol en unos 5.000 millones de años, informa la NASA. En el momento en que esto ocurra, la estrella pasa a enfriarse y, después, a expandirse, lo que conlleva que incremente su tamaño. Después, las capas más externas de la estrella son arrastradas por el viento a unos 50.000 kilómetros por hora, dejando detrás el núcleo caliente. La temperatura superficial de este núcleo es de unos 50.000º C y expulsa sus capas más exteriores con un viento superior a seis millones de kilómetros por hora. La radiación de la estrella y la interacción de su viento rápido con el viento lento crea la membrana filamentosa de una nebulosa planetaria. Al final la estrella remanente colapsará para formar una estrella enana blanca.
Las observaciones de la
NGC 2392 han formado parte de un estudio de tres nebulosas planetas con gas caliente en su núcleo y que, en las imágenes, es posible identificar con el color morado. El
telescopio Chandra ha permitido identificar elevados niveles de
rayos X en la estrella en cuestión comparada con las otras dos llevadas a estudio.
La principal investigadora ha sido
Nieves Ruiz del
Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) de Granada, quien ha contado con la ayuda de You-Hua Chu y Robert Gruendl de la Universidad de Illinois, así como de Martín Guerrero, también del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC), y de Ralf Jacob, Detlef Schönberner y Matthias Steffen del Leibniz-Institut Für Astrophysik de Potsdam (AIP).
Precisamente el
IAA-CSIC explica en una nota de prensa que estas nebulosas planetarias constituyen un “bellísimo ejemplo de
interacción de vientos estelares, donde flujos de gas a distintas temperaturas y velocidades producen una característica estructura: una cavidad central compuesta por un viento muy veloz y caliente, un cascarón brillante formado un viento más denso y frío y una envoltura externa”.
Las nebulosas planetarias, añade, “surgen de la
muerte de las estrellas de masa intermedia que, en las últimas etapas, liberan parte de su envoltura”. El núcleo estelar restante, muy caliente, “produce radiación ultravioleta que ioniza el material expulsado, lo que hace que emita luz”. También del núcleo escapa un viento estelar con una velocidad de miles de kilómetros por segundo. Lo explica Nieves Ruiz: "Este viento rápido impacta la envoltura externa, más fría y densa, propagándose en el viento un choque que calienta el gas en el interior de la nebulosa y produce la emisión de energía en rayos X en las nebulosas planetarias”.
Hasta ahora, la muestra de nebulosas planetarias que presentan emisión de rayos X suaves y una capa de conducción “estaba reducida a un objeto, la Nebulosa del Ojo del Gato, por lo que se ignoraba si esa capa de conducción era realmente un elemento común en las nebulosas
planetarias con emisión en
rayos X”, afirma el IAA.
Los datos concordaban en dos de las tres nebulosas, pero en NGC 2392 detectaron
“serias discrepancias”: la estrella central “no genera vientos suficientemente energéticos para que se produzcan rayos X (que, sin embargo, sí se detectan) y su burbuja se expande a noventa kilómetros por segundo, más del doble de la velocidad media en objetos similares”.