Las causas morales de la prosperidad
lunes 15 de julio de 2013, 20:49h
Hace algunos días en Casa de América (Madrid), en un interesante seminario organizado por la Fundación Internacional para la Libertad, el periodista y escritor Álvaro Vargas Llosa hizo una interesante reflexión. Decía el intelectual peruano que en algunos países europeos se había interrumpido la transmisión de las claves de la prosperidad, y como resultado había llegado la decadencia. Como la reunión era sobre América Latina, enfatizó que ojalá no pasara esto en las sociedades nuevas y sin memoria, que podían exigir a sus modelos de desarrollo cosas que no se podían cumplir, lo que se agrava cuando los partidos se hacen eco de esas protestas y actúan de modo irresponsable.
Como en todos estos temas, las posturas son variables e incluso contradictorias. Hay aportes recientes de gran valor, como consigna el libro de Daron Acemoglu y James A. Robinson, Por qué fracasan los países (Barcelona, Deusto, 2012), quienes enfatizan que la prosperidad o la pobreza dependen de las instituciones y de cómo la política determina las instituciones de un país. En una línea similar, Niall Ferguson, Civilización (Barcelona, Debate, 2012), expresa que la superioridad alcanzada por Occidente en los últimos 500 años reside en aspectos tales como la competencia, la ciencia, la propiedad, la medicina, el consumo y el trabajo. En la parte final, advirtiendo una cierta decadencia occidental, afirma que la mayor amenaza para esta civilización no viene de afuera, sino “de nuestra propia pusilanimidad y de la ignorancia histórica que la alimenta”.
El tema es históricamente muy importante y se torna crucial en el presente. La vieja república romana se transformó en un imperio grande y poderoso en el mundo clásico, producto de su ejército, su constitución y, como afirmaban los contemporáneos, por las virtudes de los gobernantes y gobernados. Como resumía el poeta Ennio, “la república se funda en la moralidad tradicional de sus hombres”, en un principio recordado por Cicerón en su obra Sobre la República (Madrid, Gredos). Así procuraban vivir la frugalidad, el patriotismo, el espíritu de sacrificio, el respeto a las instituciones, el sentido de comunidad, entre otros.
A fines del siglo II AC y durante casi todo el siglo I AC se precipitó una decadencia en las costumbres públicas y el espíritu institucional. Apareció el personalismo en política, las divisiones sociales y las guerras civiles, la dilapidación de recursos. Esto llevó a Salustio a expresar en sus Historias que “la discordia, el afán de dinero y de poder y demás plagas que suelen brotar en los períodos de prosperidad, se acentuaron de una manera exagerada después de la destrucción de Cartago”, acaecida el 146 a. C. a manos de Escipión. La pérdida de las mores maiorum, las costumbres de los antepasados, habían llevado a la decadencia a la propia república.
La situación se ha repetido en la historia y, sin miramos con atención, podremos ver algunas semejanzas y enseñanzas para el mundo de hoy. Por eso cada generación debe permanecer atenta a su situación presente, evaluar de manera adecuada su pasado y proyectar con prudencia e inteligencia el desarrollo futuro, con la conciencia que la prosperidad no está asegurada para siempre y la certeza de que solo el trabajo sostenido permite el verdadero progreso de las personas y los pueblos.
Quien resumió el concepto de manera sintética y clara fue Juan Pablo II, en su visita a Chile en 1987, cuando afirmó ante la CEPAL: “Las causas morales de la prosperidad son bien conocidas a lo largo de la historia. Ellas residen en una constelación de virtudes: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio, cumplimiento de la palabra empeñada, audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho. Ningún sistema o estructura social puede resolver, como por arte de magia, el problema de la pobreza al margen de estas virtudes”. El Papa concluía señalando que “tanto el diseño como el funcionamiento de las instituciones reflejan estos hábitos de los sujetos humanos, que se adquieren esencialmente en el proceso educativo y conforman una auténtica cultura laboral”.
La referencia es larga, pero sintetiza muy bien el asunto y nos permite abordar lo que podríamos llamar el orden causal de la prosperidad. La pobreza o la riqueza son el resultado de ciertas cuestiones precedentes, entre las que destacan, por cierto, la organización institucional de las sociedades. Sin embargo, el telón de fondo, o el fundamento, lo entendieron muy bien los clásicos griegos, romanos y cristianos, así como algunas grandes figuras del siglo XX: son las personas, en último término, las que promueven la prosperidad o la dificultan, las que generan riqueza o mantienen la pobreza, con sus decisiones libres, con sus ideas, con el sistema económico y político por el cual están dispuestos a luchar y a vivir. Son las personas las que viven las virtudes –las causas morales de la prosperidad– que acompañan el desarrollo y o bien los vicios que ilustran los primeros síntomas de la decadencia.
Una de esas virtudes cruciales es el patriotismo, que también se podría entender hoy como compromiso cívico o social. Es la capacidad de las personas de mirar más allá de sus intereses privados, la mayoría de las veces legítimos, para dedicar su vida también a servir a los demás. Es huir del egoísmo y participar de la sociedad civil que da vida al orden social; es pagar los impuestos de manera justa y oportuna; es formarse e informarse al más alto nivel posible; gobernar de manera responsable, cuidar los recursos públicos, tomar decisiones con prudencia. Es saber que las leyes e instituciones son insuficientes si no hay un sustrato cultural que las fundamente.
Después de todo, cada una de las actividades que realizamos podemos entenderla en su dimensión más individualista o bien teniendo clara su dimensión social. El trabajo humano, de esta manera, no sólo es un medio de ganarse la vida, sino también una manera de servir a los demás con nuestros talentos y formación profesional, con libertad y responsabilidad personal.
Todo esto no requiere un Estado controlador y omnipresente, sino uno que facilite la libre acción de las personas y grupos de la sociedad civil. Y de parte de las personas exige volver a pensar como lo hicieron hace ya muchos siglos los que entendieron que nacimos para vivir en comunidad y que es ahí donde debemos alcanzar nuestro mayor desarrollo personal posible, en lo material y espiritual.