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RESEÑA

Yoko Ogawa: Amores al margen

domingo 11 de agosto de 2013, 14:18h
Yoko Ogawa: Amores al margen. Traducción de Yoshiko Sugiyama. Funambulista. Madrid, 2013. 224 páginas. 15,50 €
Una mujer es abandonada por su marido y sus oídos comienzan a hacer un ruido raro. En una mesa redonda titulada “Así me curé de mis inopinados problemas de audición”, conoce a un taquígrafo. A partir de ese momento, comienza un romance con sus dedos. El único espectador ocasional es un sobrino de trece años. Tres personajes y unos escenarios que se desvanecen. ¿Surrealismo? ¿Minimalismo? No, Yoko Ogawa.

Yoko Ogawa es una novelista japonesa nacida en 1962. Amores al margen, publicada por Funambulista, editorial comprometida con traducir la obra de esta autora al castellano, apareció en Japón en el año 1991. Es una de sus primeras novelas, y uno de sus primeros grandes éxitos. En todas las biografías de Ogawa se suele mencionar que es la coautora junto con Masahiko Fujiwara de Una introducción a las matemáticas más elegantes. Y no es un dato gratuito, ya que el método narrativo de Ogawa tiene mucho de matemático y combinatorio: siempre hay tres o cuatro personajes que, como tres o cuatro funciones se desarrollan, entrecruzan, desaparecen y vuelven a aparecer en el plano. Sus personajes son puntos o líneas que se mueven en un eje de abscisas y ordenadas, y la autora es un técnico, un matemático que manipula esas funciones para que el dibujo, la línea resultante sea de una forma u otra.

En esta novela hay trazos de Banana Yoshimoto –novelista de la misma generación que Yoko Ogawa-, ecos de algunas historias de Kitchen (1988), y un universo paradójicamente fantasmagórico y cotidiano, propio del minimalismo emocional japonés de los 90 y que se puede degustar también en cineastas como Kore Eda o Daigo Kobayashi. Sobre todo, encontramos en Amores al margen el tema central de una buena parte de la novela japonesa de esos años: una mujer joven sobrevive en un universo urbano poblado por pequeñas cosas y pequeños sentimientos: ideas, percepciones, angustias y alegrías que esconden, rozan y sugieren un vacío social, un vacío existencial y un vacío budista.

En Amores al margen, la protagonista no tiene nombre. El taquígrafo, su amante, se llama Y, y el sobrino es el único que tiene nombre, Hiro. La ciudad en la que transcurre carece de apelativo, así como sus calles o edificios. El escenario es un lugar genérico en el que los personajes se definen por lo que sienten o dicen (y dicen más bien poco). El método literario de Ogawa es matemático, combinatorio, ya lo hemos apuntado, pero también Zen. Los personajes se definen más por lo que callan que por lo que dicen, más por su ausencia de nombre que por el nombre, más por incertidumbres que por certezas, más por ausencias que por presencias. Son no-seres, o no-personajes. Sentimos que tras ellos hay algo importante, algo emocional y grande, pero no sabemos bien qué es. Si lo intentamos asir, se escapa; si lo intentamos definir, se esfuma. Igual que se esfuma algún personaje al final, en un giro unamuniano pero teñido de neblina -que no niebla- japonesa.

Leer Amores al margen es como intentar abrazar el vacío. La propia autora lo define cuando describe la reacción de la protagonista a una carta del estenógrafo: “He leído la carta tres veces con la mente nublada. Después he pestañeado lentamente y he imaginado que apretaba con mis brazos el hueco dejado por sus dedos”. El deseo de la protagonista expresado con mayor precisión y claridad es abrazar el vacío dejado por unos dedos cuya finalidad es escribir, y tomar precisa nota de nuestro ser. Este es el curioso enigma que nos plantea esta novela llena de pequeñas y misteriosas cosas.


Por José Pazó Espinosa
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