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Hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad

miércoles 14 de agosto de 2013, 19:55h
Hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad, según cantaba Don Hilarión, y perdóneme, estimados lectores, que por segunda semana consecutiva me brote la vena castiza. Es lo que tiene refrescarse en agosto a base de limoná: al final, los entresijos acaban por subírsete al cerebelo. En todo caso, la obviedad, que no lo era tanto en los tiempos del famoso boticario de La Verbena de la Paloma y que es de aplicación no sólo a la ciencia, sino a la vida en general, viene a cuento de la curiosa historia de Ho Van Thanh y su hijo Lang, los dos vietnamitas que han pasado cuarenta años refugiados en la espesa jungla del sur de su país. Ya habrán leído ustedes sobre estos dos robinsones de tierra a quienes las autoridades de la zona “han rescatado” de su frágil vivienda de ramas y barro, construida en lo alto de un árbol a cinco metros del suelo. Y lo del rescate va entre comillas porque, según ha confesado el presidente del distrito donde se halla enclavada la aldea más cercana a la casa tipo Tarzán, ambos hombres están siendo vigilados, desde el primer momento de su regreso a la civilización, para que no echen a correr de vuelta a la selva. Está claro que ellos, en vez de rescatados, se consideran secuestrados.

Lo cierto es que, a pesar de los muchos titulares que afirman que Thanh y Lang han aparecido después de 40 años sin que se supiera de ellos, Tri, el hijo y hermano pequeño, les había encontrado hacía ya varias décadas. En concreto, dio con ellos en 1983, es decir, diez años después de que el ex combatiente en la guerra de Vietnam del Norte con Estados Unidos huyese de su casa destrozada por la mina que acabó, asimismo, con la vida de su esposa. Atrás quedó el pequeño Tri de sólo seis meses de vida, al cuidado de una familia, y que creció sin renunciar a buscarles, aunque, después, tuviera que renunciar a que volvieran a estar todos juntos en la aldea. Porque, como decía, les encontró y fue a visitarles con cierta frecuencia, a veces acompañado de otros amigos o familiares, y siempre con especias, alimentos o utensilios imposibles de hallar en la selva. Luego, Tri siempre regresaba a casa de vacío, solo, sin su padre y sin su hermano, quienes se negaban a dejar la selva. Se quedaban contemplando su pequeño mundo desde lo alto del árbol, ataviados con taparrabos confeccionados con cortezas y hojas, enjoyados con cadenas de aluminio y bien peinados, gracias a maxilares de animales con dientes de peluquería. ¿Para qué demonios iban a volver? En ocasiones, incluso, se escondían de Tri, quizás, para no tener que despacharle nuevamente con negativas.

De modo que quien, al final, acababa por volver era Tri, que se encontraba con las mercancías que les había dejado la última vez bien guardadas en la misma bolsa en la que llegaron. Intactas, incomprendidas. Thanh y Lang llevan ya una semana viviendo en la aldea junto a familiares y vecinos. Ahora son ellos los incomprendidos o, al menos, así deben de sentirse. Siguen bajo estricta vigilancia y ya han tenido que abortarse varios intentos de fuga. Lang ni siquiera entiende el idioma. Se niega a comer. Su padre dice, con las pocas palabras que aún recuerda, que echan de menos su huerto. Las autoridades responden tranquilizadoras que van a trasladarles a una casa con huerto y que Thanh percibirá una pensión, en su calidad de veterano de guerra. Aseguran que es cuestión de esperar hasta que se prepare todo lo necesario para que estos dos hombres vuelvan a integrarse en una sociedad en la que ya nada es como un día lo conoció Thanh. Pero Thanh y Lang no están acostumbrados a esperar, no entienden de burocracias o de subsidios, ni lo que supone depender de las decisiones o las acciones de otros a quienes ni siquiera conocen. Han vivido dependiendo de ellos mismos y con lo que les proporcionaba su entorno. Entretanto, Tri sigue en su lucha para que se integren convenciéndolos de que la jungla no es lugar para vivir, que allí se encuentran malnutridos, incomunicados y pueden necesitar de ciertos cuidados médicos. Sin embargo, Thanh y Lang continúan abatidos. Sólo quieren que les permitan regresar a su hogar selvático, en el que nada es superfluo y donde parece importar muy poco que hoy las ciencias avancen que es una barbaridad.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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