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Catalunya, Tesela (refulgente) de un mosaico

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 16 de agosto de 2013, 19:53h
Hasta el inicio de nuestro siglo era todavía frecuente escuchar a los moradores entrados en años de muchos lugares de la Alta Andalucía la expresión “allá por la parte de Valencia, de la parte de Navarra y, sobre todo, de la parte de Cataluña”… Igual acontecía, por descontado, respecto a las otras regiones de la ancha España, incluidos, desde luego, sus archipiélagos. La mayor cantidad de las referencias a las mencionadas comunidades guardaba, claro, estrecha relación con los territorios en que, en los tiempos de la diáspora del siglo pasado, se asentaba más gran número de la población andaluza emigrada. En vísperas de la decisiva “Diada” del desastrado 2013, el cronista ha vuelto a oírla, con irreprimible melancolía, de labios de un humilde panadero cordobés que marchaba, durante sus muy cortas vacaciones estivales, “a la parte de Tarragona” a visitar unos familiares avecindados en un solar tan romanizado o más que del que salieran hace cuatro generaciones.

A vueltas de la acezante búsqueda de nuevos caminos metodológicos, los cultivadores de las disciplinas sociales, entre las que se incluye la roturada con más ahínco que provecho por el articulista, conceden hoy, como es bien sabido, una enorme importancia al signo lingüístico como desvelador de los más arcanos secretos del inconsciente colectivo e individual. En la vertebración de las naciones y en la cohesión de las sociedades su trascendencia es, por supuesto, difícil de enfatizar. Sin ahondar en reconditeces de especialistas, resulta patente que expresiones como las indicadas descubren un fuerte concepto de pertenencia a una realidad histórica común del lado justamente de los estratos que atesoran un más virginal y genuino sentimiento de identidad patria, producto natural de una convivencia cuando menos varias veces centenaria. De ahí que pocas cosas haya más respetables e incluso limítrofes con la sacralidad que la idea de nación albergada en la entraña de su espíritu por las gentes que afirman diariamente su vínculo íntimo con las partes que componen el conjunto nacional. El plebiscito permanente que, en el sentir de E. Renan, constituye un país, lo realizan ellas cotidianamente por la vía de los hechos y la confianza en una obra acendrada, con los lógicos altibajos en todas las empresas humanas, por el tiempo.

No obstante boutades circunstanciales y exabruptos muy ocasionales, nunca nadie al sur del Ebro cuestionó la españolidad de Catalunya en todo el proceso de construcción nacional; y de sólito se manifestaron hacia su descollante aporte –en particular, en la edad contemporánea- una admiración y gratitud sin reservas. D. Marcelino Menéndez Pelayo no anduvo muy distante de la opinión de sus idolatrados montañeses al proclamar a tambor batiente su amor por todo lo que venía y se hacía en el Principado en su época y en las precedentes. En el corazón de Castilla, Delibes tampoco se marginaba de sus coterráneos al declarar su rendida estima por la contribución catalana a la sociedad y cultura de la España de comedios del siglo XX, situada sin duda a la cabeza de las restantes porciones del país. Y en una Granada novecentista, cuyo hijo más afamado, García Lorca, tejió piezas esenciales de su biografía con urdimbre catalana, Antonio Gallego Morell mantuvo, en las décadas finales de la centuria, muy alta y viva la llama de la catalanofilia más irrestricta. Y aquí, afortunadamente, muchos caetera et sic de caetera.

En el mosaico hispano, la tesela estuvo vinculada a las restantes con su misma argamasa, con refulgencia singular en no pocos estadios de su dilatada existencia.
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