www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Una roca dura de roer (II)

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 19 de agosto de 2013, 20:05h
La I Guerra Mundial, en suma, fortaleció el valor de Gibraltar como puerto de máxima importancia, militar y civil, y aguzó la conciencia británica de que había que mantener el Peñón a cualquier precio, es decir, saltando por encima de las normas del Derecho internacional y usando todas las trapacerías necesarias contra la ingenuidad española. Escribe Holland que “los trabajadores españoles seguían siendo de vital importancia para el trabajo en los muelles y la mayor parte de los nacimientos de ese periodo eran de madres españolas que residían en Gibraltar. En otras palabras –continúa- los rasgos y contradicciones distintivos de la situación y de la sociedad gibraltareña, en vez de debilitarse, se remarcaron por la guerra”. Estaba claro que el Peñón -vivía –y vive- gracias y a costa de los españoles y que, aislado, carecía –y carece- de cualquier futuro. Y es que Gibraltar es como un parásito que le ha salido en el vientre a España y que se alimenta de su sangre. Desde los años veinte del pasado siglo era evidente que el imperio británico había entrado en un proceso de liquidación, pero Gibraltar no era un problema, costaba poco y podía hacer el papel de símbolo y recuerdo de pasadas glorias, cuando Gran Bretaña era la dueña y señora de los mares. A muchos ingleses, the Rock, como ellos la llaman, les producía la ilusión de que el periclitado imperio seguía existiendo.

Además, los británicos sabían que no había nada que temer por parte de los expoliados españoles. En aquellos mismos años del primer cuarto del siglo XX, España, sumida en la absurda y sangrienta guerra de África, no suponía para los británicos, ni para sus súbditos de la Roca ninguna amenaza. Por cierto, que el atento gobernador inglés, enviaba telegramas de felicitación a su colega español en Algeciras cada vez que los españoles tenían un éxito militar en el Rif. Y no solo eso. Cuando se conmemoró el cumpleaños del rey Jorge V, un destacamento militar español acudió a Gibraltar para participar en las celebraciones. Y eso que eran los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera que, al menos inicialmente, había aumentado los controles aduaneros y las patrullas marítimas, en lucha contra el contrabando de siempre.

Cuando se inició la II Guerra Mundial, con España sometida a la dictadura franquista, Churchill se planteó la posibilidad de que España entrase en guerra y se apoderase de Gibraltar, lo que era militarmente factible, sobre todo si Franco, como era previsible, contaba con la ayuda de Hitler, lo que era seguro. Y no solo eso, sino que el Führer acariciaba con entusiasmo la idea y empujaba insistentemente al colega español para que se decidiera. Fue uno de los temas de la famosa entrevista de Hendaya y en aquel año de 1941 hubo un momento en que se daba casi por seguro que era inminente la caída del Peñón. Como relata Stanley G. Payne (Franco y Hitler. 2008), “el cierre del Estrecho condenaría a la base británica de Malta, sería una bendición para el transporte de mercancías del Eje en el Mediterráneo y supondría otro golpe político y psicológico para el Gobierno de Churchill… [Pero] las tropas españolas no podían compararse ventajosamente con las alemanas en cuanto a su espíritu de combate [por lo que] la conquista del Peñón tendrían que llevarla a cabo fuerzas alemanas”. Payne se equivoca en lo del “espíritu de combate” de los españoles, pero lo cierto era que, recién terminada la guerra civil, España no estaba en condiciones de afrontar aventuras militares.

Ante esa hipótesis, Churchill pidió al Almirantazgo que preparase planes de contingencia para ocupar las Canarias, como respuesta si se producía la probable toma de Gibraltar. Pero Franco no tenía ningún interés en que Hitler se quedase con el Peñón, que es lo que habría pasado. Cambiar un ocupante por otro no era un buen negocio. Además, si perdían la guerra los Aliados, Franco pensaba que Gibraltar caería “como fruta madura”, según la terminología oficial del Régimen. Su ministro de Exteriores y “cuñadísimo”, Serrano Suñer, ferozmente pro-alemán, armaba mucho ruido con la cuestión gibraltareña y organizaba manifestaciones frente a la embajada británica. Es conocida la anécdota: Cuando, en plena manifestación, le preguntó por teléfono al embajador británico, Sir Samuel Hoare, si le enviaba más policías, el flemático diplomático inglés le contestó: “Me conformo con que me mande menos manifestantes”.

Cuando Franco empezó a dudar del triunfo del Eje nazi-fascista pasó de la no-beligerancia a la neutralidad, en un esfuerzo por lavarse las manos, y se deshizo de Serrano Suñer. Por medio de un acuerdo secreto obtuvo de los Aliados suministros de petróleo y otras mercancías y Churchill, convencido de que los españoles “no querían verse obligados a entrar en guerra”, justificó los envíos de petróleo con esta frase, típicamente suya: “Deberíamos considerar esos envíos como parte del alquiler de la bahía de Gibraltar, y nos sale barato”. (Richard Wigg; Churchill y Franco. 2005). Nada en su prolongada historia les ha salido a los ingleses más barato, efectivamente, que la permanente afrenta de Gibraltar. Churchill nunca quiso aceptar ningún compromiso de futuro. “Preferiría con mucho –dijo literalmente- que pagáramos nuestra relación con España con favores económicos y de otro tipo antes que con promesas de ceder Gibraltar después de ganar la guerra”. Ante un imperio que se caía a trozos había que mantener la inútil Roca a toda costa. Para él, la ocupación de Gibraltar era “un alquiler”, del que nadie todavía le iba a desahuciar.

Durante la guerra, el gobernador Sir Edmund Ironside, que había comentado al llegar que Gibraltar le parecía “un garaje”, organizó la evacuación de la población civil, que los militares británicos siempre habían considerado como una incomodidad y que fue etiquetada como “bocas sin utilidad”. Salieron varios miles para el Marruecos francés, algunos para Jamaica o Madeira. Solo al final el gobierno británico aceptó que algunos gibraltareños se trasladaran al Reino Unido porque lo cierto es que no querían ni ver a los “llanitos” que, ridículamente –en opinión de muchos ingleses- se consideraban nada menos que “británicos”. Ironsonside aspiraba, además, a que no volvieran porque, en su idea, Gibraltar debía ser una fortaleza y nada más. En total fueron evacuados 16.500 civiles La necesidad de mano de obra fue cubierta de nuevo por los españoles que entraban y salían cada día. La economía española estaba arruinada…y por Gibraltar entraban también, legalmente o de contrabando, alimentos que aliviaban el hambre de muchos. Era la época del “estraperlo”, como se llamaba entonces al contrabando y, como ha dicho alguien, toda España era “un mercado negro”.

A Churchill le preocupó durante la guerra la estabilidad de España y pensó que era mejor mantener a Franco -sobre todo cuando se convenció de que no iba a entrar en la guerra al lado de Hitler- que apostar por unos monárquicos en los que no confiaba o por unos republicanos en los que creía todavía menos. Así se explica otra frase que pronunció en plena contienda: “España tiene mucho que dar en esta guerra y también mucho que llevarse (take away)”. ¿Qué quería decir con la última parte de esa frase? Algunos historiadores han especulado con que si en España, terminada la II Guerra Mundial, se hubiera establecido una democracia, la Inglaterra de Churchill podría haber considerado, de alguna manera, la cesión de la Roca. Pero a Churchill le echaron los ingleses apenas terminado el conflicto y los laboristas que le sucedieron estaban dispuestos a negarle al dictador el pan y la sal.

Terminada la guerra, no todos los evacuados volvieron a Gibraltar, pero sí lo hicieron 9.300 que, especialmente los que habían estado en tierras sometidas al dominio inglés, contribuyeron a la “britanización” de la población del Peñón. También en 1945, el gobierno de Londres envió a Gibraltar al economista liberal Friedich von Hayek –admitido en el Reino Unido después de una odisea, tras huir del nazismo- para que hiciera un informe. Una de las frases del mismo en bien significativa: “La ciudad de Gibraltar es poco más que el centro comercial de una aglomeración de cerca de 100.000 habitantes cuyos suburbios de la clase trabajadora están aún (still) en España”. Era una manera de subrayar la simbiosis entre Gibraltar y su “campo”. Quedaba muy lejos el artículo 10 del Tratado de Utrecht que establecía que “se cede dicha propiedad a la Gran Bretaña para siempre sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra”.

Franco, consciente de su debilidad internacional, fruto de su estrecha vinculación con los perdedores en la contienda, actúa con calculada prudencia. Su “pecado original” era que Hitler y Mussolini habían sido los parteros de su régimen –algo que no le sucedía a su colega Oliveira Salazar- y ese baldón era imperdonable para los Aliados. Los ingleses siguieron construyendo edificios en el istmo, jamás cedido oficialmente, y, en plenas buenas relaciones con los británicos, el Real Madrid, en octubre de 1949, jugó en Gibraltar con un equipo local; empataron a 2. Pero eran tiempos en que los ingleses vuelven a dudar de la utilidad de Gibraltar y un experto de la Colonial Office escribe por aquellos días: “Gibraltar es una pieza de un museo victoriano y ya es hora de que un fresco viento lo remueva todo entero” (Joseph Garcia: Gibraltar: The Making of a People. 2002).

El aislamiento internacional de España después de la II Guerra Mundial (condena de la ONU, retirada de embajadores…) les sirvió a los ingleses, como decimos, para reforzar su presencia en el istmo –en el que se había construido, además, un aeródromo militar- y el asunto de Gibraltar se silenció durante años. Franco solo pensaba en la supervivencia de su régimen y eso le obligaba a mantenerse quieto y callado. La bandera del “Gibraltar español” no se arrió oficialmente nunca, pero todos sabían que todo era pura retórica y que en Londres ni se había planteado, ni de lejos, la retrocesión. Era un sobreentendido: Tú reclamas, yo no te hago ni caso. El pretexto era que en España había una dictadura, pero la voluntad der quedarse nada tenía que ver con sistema político español. Hubo sí, como pedía el experto, “un fresco viento renovador” pero, como veremos, para poner las cosas todavía más difíciles.

Efectivamente, los ingleses acariciaron la idea de hacer de Gibraltar un mini-estado independiente, evidentemente bajo su dominio, y empezaron por declararlo ante Naciones Unidas “territorio no autónomo”. Pero la jugada les salió mal pues tal cosa suponía que se trataba de un territorio que debía ser descolonizado. Y, a partir de ahí, hay una serie de resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas y del llamado “Comité de los Veinticuatro”, que se ocupa de la descolonización, que piden al Reino Unido y a España que inicien “sin demora” conversaciones para solucionar el problema, siempre sobre la base de la integridad territorial de España. En ningún caso se reconocía a los habitantes de la colonia- guarnición-base militar un supuesto derecho de autodeterminación. Lo primero era la cuestión de la soberanía que, con Utrecht, no admitía duda: Sólo España tenía derecho a retomar lo que era naturalmente suyo. Eran los años sesenta… Indispensable consultar los Estudios sobre Gibraltar (Incipe.1996), entre ellos los excelentes trabajos que allí figuran del diplomático Fernando Olivié, que muestran incontables ejemplos de la duplicidad británica y cómo nuestro relativo éxito en la ONU no sirvió para nada.

Castiella, ministro de Asuntos Exteriores por aquella época, tras diversas restricciones para intentar atajar el contrabando, base de la economía gibraltareña, y para responder a las maniobras diplomáticas inglesas, tomó la decisión en 1969 de cerrar la famosa verja. A fin y al cabo la incomunicación con “el país circunvecino” era lo que se establecía en el tratado de Utrecht. Era, en suma la legalidad internacional, por muchos gritos que dieran los ingleses. Que los dieron. La verja no se abrió durante los trece años siguientes. Llegó la democracia y los gobiernos de UCD mantuvieron el cierre. Pero a los pocos días de llegar al poder el Gobierno del PSOE, en 1982, la verja se volvió a abrir ¡sin contrapartida alguna! Empezaba la diplomacia del apaciguamiento y de la “rendición preventiva” que se ha prolongado durante los gobiernos socialistas. La doctrina socialista es que, ante cualquier problema internacional lo mejor es, siempre, ceder.

Se temía el eventual veto del Reino Unido a nuestra entrada en las Comunidades Europeas, que ya estaba planteada. Pero era un análisis poco agudo. También había habido amenaza de veto inglés para la entrada de España en la OTAN y Londres se lo tuvo que envainar porque los Estados Unidos querían a nuestro país en la Alianza Atlántica. Y, además, Gibraltar dejó de ser base de la OTAN. Por cierto -y como muestra de lo que valen ciertos vetos- de Gaulle vetó por dos veces la entrada del Reino Unido en las Comunidades Europeas, pero su sucesor, Pompidou, tuvo que rendirse a la conveniencia de que los británicos estuviesen en Europa. Aunque ya se sabe que su europeísmo es más que dudoso y, sobre todo desde Margaret Thatcher, solo se han dedicado a incordiar. Pero por raritos que sean los “british”, nadie puede dudar que son un gran país europeo. Ni más ni menos que otro país situado más al sur que se llama España.

Con veto o sin veto, España habría entrado en las Comunidades Europeas –eso hoy no lo duda nadie- porque había más países interesados en que estuviera dentro (Alemania, fundamentalmente) que fuera. Con un veto británico, ¿habríamos sufrido más largas de las que nos dieron, teóricamente sin veto, Giscard y Chirac, temerosos de nuestra agricultura? Es dudoso y, a lo mejor, España habría podido exigir entonces con más fuerza y más éxito la devolución de Gibraltar. Un poco de victimismo a veces funciona, como bien sabemos por aquí. Además, España tenía la razón de su parte y no ha pedido nunca en este asunto que le hicieran un favor, sino que le reconocieran un derecho. En cualquier caso, habría sido toda una broma que el país menos europeísta de lo que habría de llamarse la Unión Europea, el Reino Unido, vetase a la España democrática que siempre ha sido uno de los países más fervorosamente europeístas.

En cualquier caso, el Reino Unido se salió con la suya y aprendió a manejar con habilidad los hilos para mover a su gobierno-marioneta de Gibraltar. Londres juega a que Picardo actúa por su cuenta, pero nadie duda que todo lo que hace tiene el visto bueno de Whitehall. El “llanito” no es nadie, por sí solo.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios