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La cuesta de agosto

jueves 22 de agosto de 2013, 20:20h
Ese joven con largo pelo castaño rojizo y el rostro atrevido no era realmente un poeta, pero, sin duda alguna, era un poema. G.K.Chesterton: El hombre que fue jueves

En agosto tiende a hacer calor, incluso muchísimo calor. Nos empleamos a fondo para reducir sus efectos. Sea en nuestro (dulce) hogar denominado residencia habitual (ya se sabe que, con dinero, Baden Baden), sea en playas o montañas lejanas en las que coincidimos con otros miles que han tenido la misma idea, a la misma hora, en los mismos días. A veces en piscinas o beachs (que es más chic), pero ocurre exactamente lo mismo.

Los pañueleros o limpiaparabrisas de los semáforos de nuestras ciudades también toman vacaciones o se hacen jornada reducida para descansar por la tarde. Ya se sabe que se reconocen los mismos derechos laborales para los del empleo sumergido de propina en negro.

Quienes no se toman respiro son los encargados de las multas. En las ciudades, a pesar de que sobran espacios de aparcamiento, sigue siendo obligado adquirir el papelito en esos expendedores tragaperras que florecen como mobiliario urbano. ¡Son auténticos depredadores los Ayuntamientos ,que ya podían suspender en agosto la recaudación!. ¡Ya podían dar descanso a los que el lenguaje popular ha bautizado como “gusanos”, por eso de que dan vueltas a la manzana, que siguen dándole a la maquinita sancionadora...!. Tampoco se relaja la dignísima Guardia Civil, que incluso refuerza los controles aleccionadores que hacen profundos agujeros en los bolsillos, ya de por sí horadados por la Agencia Tributaria.

Da gusto pasear por la ciudad en agosto y disfrutar del desfile de modelitos imposibles que combinan daltónicamente los colores del arcoiris. Acorazados bajo disfraces con los que ni siquiera se hubieran atrevido a cubrirse en privado, aireadas las carnes y descalzados con tiras minimalistas, parecen gritar ¡la calle es mía! Les da importa, como decía una alumna del plan Bolonia, hacer el ridículo escénico y hasta se ven conjuntados en su sueño ditirámbico. La calle, en efecto, es suya.

Pero nada mejor que el descanso auténtico, la vuelta al trabajo. Olvidar los chiringuitos con las espinas y las servilletas por el suelo, las playas atestadas de humanidad coloreada, los precios abultados, el asfalto expulsador de fuego, los apretones de puertos y aeropuertos, las colas y más colas para presuntamente divertirse, los malos modos de camareros sudorosos, las subidas a escondidas del precio de las gasolinas. Olvidar los ruidosos tableteos en el arrastre de las maletas rebosantes, la literatura de desecho de tienta, las espantosas chancletas diseñadas por expresionistas ucranianos, las zapatillas para lo que ahora llaman running, los periódicos adelgazados y los trajes de baño XXL que envuelven a damas apechugadas.

Eso sí, el Gobierno es mejor que se coja vacaciones... y que las amplíe.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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