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Verano guerracivilista

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 23 de agosto de 2013, 20:21h
Ahora que el pago de pequeños arreglos en la Basílica de la Cruz de los Caídos ha suscitado una dura ofensiva ideológico-histórica de la izquierda en sus múltiples medios de comunicación aliados, contra esta partida de gastos para atender unas chapuzas casi domésticas, y como, por otro lado, el saludo ibérico hecho por algunos jóvenes traviesos, sin nada de gracia e inconscientes, del PP ha soliviantado la ira purificadora y justiciera de esa misma izquierda pudorosa, podíamos recordar esta semana, ya insertos en el recuerdo histórico que nos brindan, la efemérides de la toma casi relámpago de Santander por las tropas nacionales, que se consumó por completo en estas fechas finales de agosto, y aprovechando, además, que el Gobierno cántabro no haya hecho todavía una Ley de Memoria Histórica, en donde se establezca qué cosas se pueden decir y qué otras no, así cómo se estipule cuál es la verdad canónica y administrativa.

Si consideramos las cosas desde el punto de vista moral y psicológico, recordaremos que los milicianos republicanos, a cuya combatividad se había encomendado la defensa de Santander, se encontraban gravemente afectados por la victoria nacional en Bilbao y por los acontecimientos de Brunete. La batalla de Brunete, en la que destacaron en el campo republicano Líster y “El Campesino”, había sido producto de una ofensiva republicana con la que, por una parte, cortar el ataque de Franco a Santander, al obligar a éste a detraer recursos del Ejército del Norte a fin de parar el ataque republicano sobrevenido desde Madrid, y por otra, envolver a un importante contingente del dispositivo que cercaba Madrid. Pero los generales Varela, Sáinz de Buruaga, Barrón y Asensio desbarataron por completo en diez días el plan republicano.

Por mucha cautela que el Gobierno del Frente Popular pusiera para evitar que llegara a los defensores de Santander una información auténtica de la situación, no era posible ocultarlo todo. En Santander tuvieron una sensación de profunda derrota cuando vieron aparecer en su provincia millares y millares de milicianos vascos fugitivos de Vizcaya, dirigidos por el vencido general Gamir, y tenían que empezar a suponer que algo muy importante y muy angustioso debía haber sucedido por el lado de Brunete cuando a los cantos triunfales y a los aspavientos de los primeros días de dicha ofensiva sucedía en las radios del Gobierno Republicano un silencio sepulcral, signo cierto de malaventura.

A pesar de todo, se organizaron cumplidamente en la zona de la alta montaña y, sobre todo, en los montes de Reinosa, por donde nace el Ebro, y en el Puerto del Escudo, aprovechando para la fortificación cada una de las eminencias y estribaciones que ofrece por aquellos parajes la Cordillera Cantábrica. El frente nacional se dispuso en forma que delante de las montañas de Reinosa quedaran situadas cuatro de las Brigadas o Divisiones de Navarra. A su derecha, varias unidades burgalesas que combatían en el frente de Santander desde el comienzo de la campaña, a las órdenes del teniente coronel Moliner. Inmediatamente después, frente al Puerto del Escudo, se alineaban las Divisiones italianas del Cuerpo de Tropas Voluntarias mandadas por el general Bastico. Venía en seguida el coronel Sagardía con fuerzas de Castilla y, finalmente, el resto de las Brigadas de Navarra hasta la costa. El 12 de agosto comenzó la ofensiva nacional.

La ofensiva se inició mediante un movimiento general de las cuatro grandes unidades navarras que estaban ante Reinosa. Salieron unas fuerzas del entonces pueblo minero Barruelo de Santullán y otras del románico Aguilar de Campoo. Tenían la orden de coronar rápidamente los grandes montes que ocultan Reinosa y caer después sobre esta ciudad. Mientras tanto, el Cuerpo de Tropas Voluntarias, partiendo de la comarca de Santelices y Soucillo, cruzaría la amplia llanada de Corconte y afrontaría las grandes pendientes del Puerto del Escudo, tras el cual, hacia Santander, se tienden los valles fáciles. Los italianos tenían que desquitarse de su torpe hacer en la Batalla de Guadalajara, en la que no tuvieron el sentido común de ocupar las zonas altas antes del avance, y de la que escaparon gracias a la ayuda prestada por el general Moscardó.

Por parte de la República, para fortalecer las líneas avanzadas se llevaron al frente santanderino varias unidades del Cuerpo Vasco y de Asturias. Algunas de ellas combatieron con gran valor y energía, y trataron de sostenerse a toda costa en las posiciones que el Mando les había encomendado. Pero todo fue inútil. Cuando el 16 de agosto, después de perder los montes en la región donde nace el Ebro, los milicianos tuvieron que abandonar Reinosa, ciudad de gran valor estratégico, y entregar la factoría artillera de la Construcción Naval, pudo pensarse seriamente que la suerte de Santander estaba ya echada. El Cuerpo italiano, en una magnífica y rapidísima operación, coronada por un asalto impetuoso, había escalado el Puerto del Escudo y contemplaba desde aquellas alturas las numerosas hondonadas por donde discurre el río pastoril Pas, y por donde las aguas de la montaña corren a mezclarse con las del mar. Por los valles de Besoya, Cabuérniga – en donde los pastores adquieren sus varas-cetros para gobernar sus ganados como buenos Melibeos – y Pas avanzó, solemne y tranquilo, dueño absoluto de la situación, el Ejército nacional. Delante de él se retiraba, como azotado, un inmenso tropel de milicianos demasiado jóvenes e inexpertos (Existía incluso un Batallón “Biberón”, compuesto por milicianos de 16 y 17 años).

Fue entonces cuando comenzaron a producirse los grandes copos y las rendiciones en masa que fueron típicas de la campaña de Santander. Era el juego de las “bolsas tácticas”. Avanzaban dos grandes masas de tropas abarcando un extenso territorio. Cuando las dos convergían en un punto dado, dejaban detrás de sí, cerrado, preso, incomunicado, ese territorio, y en él, millares y millares de prisioneros. Si la conquista de la provincia de Santander y de su capital –“balcón de Castilla asomado al mar”- no fue aún más rápida y fulminante (aunque todo sucedió en trece días), se le debe atribuir a la incansable actividad que demostraron los soldados republicanos en la destrucción de puentes y voladura de carreteras. También se distrajo unas horas al Alto Mando Nacional con el ataque a Belchite, pequeño territorio que conquistó la República, pero que no supuso diversión de tropas, una vez que el avance republicano en Aragón fue parado con solidez. Con el ataque a Belchite el gobierno de Madrid quiso dar tiempo a que las fuerzas de Santander en retirada pudieran refugiarse en Asturias.

Desde Castro Urdiales, las tropas victoriosas saltaban fácilmente a Laredo, a Colindres, la última patria de la hermosa madre de Juan de Austria, y a Santoña. Los italianos se lanzaban hacia la capital por Puente Viesgo, por Ontaneda…Las Brigadas de Navarra dieron el 24 de agosto el golpe de gracia. Como una flecha lanzada en dirección Sur-Norte, salvaron la distancia que separa a Reinosa de Torrelavega, y no se habían repuesto los Batallones milicianos de los golpes sufridos cuando se encontraron, no sólo con que había soldados navarros en Torrelavega, sino que estaban también en el cruce de comunicaciones de Barreda, y que, por consiguiente, quedaba cortada toda posibilidad de tránsito entre Santander y Asturias. La provincia entera quedaba copada. El ejército vasco y santanderino – salvo los mandos superiores, que escaparon por vía marítima – eran prisioneros de los nacionales.

El día 26 de agosto, por la carretera que llega desde Bilbao, por la que viene de Burgos y por la que comunica con Asturias, las columnas del Ejército “Rebelde” entraban en Santander. Y el general Dávila daba por teléfono esta noticia desde el despacho de la Alcaldía de Santander a Franco, que se encontraba en su residencia burgalesa. La toma de Santander, la provincia con más aristócratas por kilómetro cuadrado del mundo, se había completado. Los soldados vencidos se dirigían al Estadio “El Sardinero” en donde se entregaban ellos mismos, después de entregar sus armas. Millán Astray se interesaba por los más jóvenes, con el fin de facilitarles pronto la libertad.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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