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RESEÑA

Ramiro Pinilla: El cementerio vacío

domingo 25 de agosto de 2013, 15:51h
Ramiro Pinilla: El cementerio vacío. Tusquets. Barcelona, 2013. 280 páginas. 19 €. Libro electrónico: 12,99 €
Las últimas añadas literarias mantienen un nivel de calidad considerable gracias, en especial, a las sorpresas de algunos intrépidos jóvenes y las novedades de un selecto grupo de nuestros mejores escritores. De entre los consagrados destaca la voz de Ramiro Pinilla, de quien reseñamos hace poco en estas mismas páginas Aquella edad inolvidable, que ejercita sus dotes en ese extraño pero fértil género que resulta aún la novela. Quienes se empecinan en proclamar moribundas tales narraciones pecan de abulia o estulticia; otro gallo les cantaría si dispusieran de la curiosidad del auténtico explorador de vivencias y desparramaran la mirada limpia de Zorba el griego sobre la mesa de novedades.

Pinilla ancla su mundo narrativo en Getxo desde su opera prima, Las ciegas hormigas, hasta su felicísima y celebrada trilogía, Verdes valles, colinas rojas, de la que se anuncia próxima entrega. Y, en estricta coherencia literaria, también tiene fiel continuación en estas novelas detectivescas que parecieran aledañas a su gran obra. Pero, ¿tiene, en puridad, un autor mayor obra menor? El debate está servido y sea cuál fuere la respuesta a las claras queda el grado rotundo de calidad frente a tanta banalidad narrativa o simple desprecio a la lengua que habitamos. El corte policiaco de la serie del investigador Samuel Esparta, ya en Sólo un muerto más, pero con mayor presencia si cabe en esta segunda novela, El cementerio vacío, se caracteriza por el humor con flecos carnavalescos, la imbricación histórica de posguerra en tierras vascuences y las fuertes y sugestivas digresiones metaliterarias.

El librero Sancho, apodado Samuel Esparta en claro guiño al famoso detective de Dashiell Hammett en El halcón Maltes, es fumador por épocas y en horas clandestinas investigador privado. Resulta personaje insólito en un Getxo de posguerra, iletrado, envuelto en leyendas y, por lo tanto, fiel a una realidad que dista de las tradicionales ambientaciones detectivescas. Samuel había renunciado a escribir una segunda novela pero los acontecimientos le invitan a contar otra historia: la bella Anari aparece muerta en manos de un maketo en la romería del pueblo y dos chavalillos le contratan para solucionar el caso.

Todos los personajes se posicionan frente al librero narrador. Su compañera Koldobike, desde una concepción realista de la literatura, considera que le saldrá una novela policial al revés, otros lo tienen por un simple amanuense y para Santi Belarritabena, hermano de la difunta, en la literatura solo hay mentiras. Género político el suyo, le increpará un eclesiástico delatando así su posición ideológica. Pero Samuel Esparta, frustrado escritor de noveluchas devueltas, es consciente de las reglas del género. Aunque titubee si “alterar” la realidad o “sumergirse” en ella para narrar, piensa que al narrar de algún modo siquiera precario cuenta cómo son las cosas en su realidad, ya ficticia. Escribe según se cuenta y vive según se narra aunque “no es fácil vivir en dos realidades a un tiempo” se queja unamunianamente el protagonista. De ahí su ahínco en la exhaustiva investigación y en sus puntillosos escritos.

Hay un ritmo narrativo respetuoso con las claves del género en su dosificación de información, el cierre de capítulos y los vaivenes de tensión. Al mismo tiempo se cuela de rondón, como la bruma del atardecer, una vaga atmósfera donde lo real se convierte en irreal y viceversa. Donde "nuestras noches son de claro en claro y nuestros días de turbio en turbio" que ata el escenario a un reconocible paisaje de dictadura (desde el apunte de la radio Pirenaica que locutaba libertad en tiempos grises). Tras el fondo detectivesco aparecen consecuentemente los odios cainitas de la Guerra Civil, el subsiguiente resentimiento, la hostilidad a lo ajeno, la opresión, la miseria. En definitiva, un ámbito nebuloso y obsesivo puesto que todo gira entre tumbas según observa el investigador. La causa es una leyenda “heredera directa del delirio” y cercana a la fe anclada en amores imposibles y la mar, esa gran madre de los vascos.

Hay escenas de auténtico aplauso, diálogos que supuran dolor, misterio, pasión y párrafos de excelencia. Entre otras perlas, la descripción en ralentí con aire vanguardista de la paliza a Samuel, una sutil línea metafórica sostenida durante páginas, como la referencia al baile, o el uso de deportes vascos en símiles y ambientaciones para multiplicar el significado (el rebotar como una pelota, la corta de troncos con hacha). El tiempo y su imagen concreta escenificada en el reloj son constante vertebral de la novela con exacto y lírico broche en la conciencia de que entre los malogrados amantes "nunca coincidieron. Las horas con sus minutos". Sin embargo, el monigote al que han constreñido a ser al maketo reivindica a través de un dolorido y truncado amor su condición humana para salvar también la memoria de la bella Anari, quien hechizaba al mundo y sus coterráneos.

Ramiro Pinilla apuesta por el valor absoluto de la imaginación frente a un realismo empobrecido a través de los labios del librero e investigador. Con ello ofrece una nueva realidad, literaria en este caso, más concentrada si cabe que la real por las tierras fantásticas de su Getxo literario.

Por Francisco Estévez
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