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Bienestar y liquidez

martes 27 de agosto de 2013, 20:30h
Después de pasar cuatro días agosteños en Madrid y tras unas cuantas peripecias, me había resignado a pensar que verdaderamente el país no tiene liquidez moral ni financiera. Que a mi padre le robaran la cartera con alevosía y nocturnidad mientras permanecía ingresado en un sanatorio privado del barrio de Salamanca era en realidad menos grave que su diagnóstico gastrointestinal. Que yo me quedara sin cenar porque no me pudieran cobrar ni cambiar un billete de doscientos euros en un establecimiento de una conocida cadena de restauración tampoco resultó para tanto. Será que en mi banco suizo no los tenían más pequeños, excusez-moi; por allí pasan muchos peces gordos y cortados con la guillotina grande abultan menos. La calderilla para los tontos. Lo cierto es que el billetito amarillo causó revuelo. Circuló durante más de veinte minutos entre la cajera, el dependiente, el encargado y la responsable de sala mientras mis tripas regurgitaban y la cola se impacientaba a mis espaldas. Sólo faltaría que se lo hubieran mostrado al célebre tesorero-bandido (¡no, a ése no, que se lo queda!). Lo pasaron por una y por dos maquinas fluorescentes, lo miraron fascinados del derecho y del revés hasta que me lo devolvieron. Tanta agitación en vano: ‘lo sentimos, no tenemos cambio suficiente, anulamos su compra’. En cada visita a la capital descubro algo nuevo e insospechado que me acerca a ella o que me repele. Últimamente más de lo segundo: tiendas cerradas, edificios abandonados, obras sin terminar... en fin, los males colaterales de la crisis. La falta de liquidez, pensaba yo. En el trayecto de regreso al aeropuerto con el taxista extremeño que me llevó boicoteando alegremente la vía de peaje, pude constatar que me equivocaba. Este taxista-periodista (lo digo por su ilimitada curiosidad, también por su fina impertinencia) enseguida rompió aguas en toda confianza, y tras dirigirme alguna casta mirada por el retrovisor. ‘Ah, que usted no vive aquí. Parece que se están marchando de España todas las chicas guapas’ (me conmovió más lo de ‘chica’ que lo de ‘guapa’; al fin y al cabo la belleza es subjetiva pero la cuarentena pasada ya no me la quita nadie). Le contesté que de aquí se está marchando ahora simplemente cualquiera que puede, guapos o feos, redondos o cuadrados. Yo misma querría ser taxista si un día regresara, y sobre todo si aparcara mejor de lo que planto subjuntivos y diminutivos. En otra vida podría ser también agente de Interpol; se aprende mucho de la condición humana y seguramente ganaría más. ‘¿Adónde va usted y para qué? ¿Por qué tiene ese aire cansado? ¿Qué le han servido en el restaurante? ¿Cómo le permite a su acompañante que le hable en ese tono? ¿Cuánto se ha gastado hoy en el casino? ¿Viven ustedes juntos o son sólo amigos? ¿A qué pariente enfermo visita usted en Sanchinarro? ¿Estaban de oferta las lubinas, si no es demasiada intromisión? ¿Le ha gustado la película? ¿Qué contiene exactamente ese voluminoso paquete?...’ No, en realidad nunca ejerceré como taxista porque hace casi veinte años ya que soy extranjera de mi propia ciudad y no reconozco ni sus calles. En cada visita descubro algo nuevo e insospechado que me acerca a ella o que me repele. Últimamente más de lo segundo: tiendas cerradas, edificios abandonados, obras sin terminar, en fin, los males colaterales de la crisis. Cuando ya había perdido toda esperanza de ver fluir una cierta prosperidad en el lugar donde nací, este taxista providencial empezó su entrevista. Me preguntó acerca de Suiza y de sus costumbres; comentó dos o tres cosas que él ya sabía (‘Allí son muy estrictos con todo y se respetan las normas, hasta te pueden denunciar si no cumples. Pues me parece muy bien. Yo viviría allí perfectamente, tranquilo, sin molestar a nadie. Es que esto es la jungla...’). Mi empatía iba en aumento. Pero la gota que colmó el vaso cual fresco manantial, haciéndome recuperar la fe en la naturaleza social del hombre y hasta mi propia sonrisa, llegó por vía urinaria. ‘Mire usted, es que en un piso es totalmente lógico y de sentido común que no se pueda tirar de la cadena a las tantas de la noche. Yo me levanto muy temprano para esto del taxi, y claro, lo primero que hago es vaciar la vejiga. Cuando mi mujer está en casa simplemente no le doy a la cisterna porque ella se levanta más tarde, y ya lo hará. Ahora que estoy ‘de Rodríguez’ utilizo una botellita que tengo llena de agua y...’. Aparcados ya en la T4, en el íntimo habitáculo de su taxi, terminó de contarme el higiénico e insonoro truco de la botella, que yo escuché con la máxima atención. ‘Calidad de vida y respeto ¿no es así?’, dijo a modo de despedida. Y yo le deseé un feliz y próspero otoño, lleno de bienestar material y espiritual, y, en la medida de lo posible, con caudalosos ríos de liquidez.

Pepa Echanove

Periodista

PEPA ECHANOVE es periodista y miembro de la Asociación-Red de Mujeres Españolas en Suiza.

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