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1º de septiembre de 1939. El inicio de la Segunda Guerra Mundial

Alejandro San Francisco
lunes 02 de septiembre de 2013, 20:05h
Las fechas evocan muchas cosas, no por simple acumulación de información, sino por una cuestión más profunda. A los historiadores determinados momentos sirven de guía, de recordatorio, de efeméride, o simplemente de oportunidad para volver a los grandes asuntos de la humanidad.

El 1º de septiembre es una fecha significativa, pero triste. Mostró el fracaso de una generación que, habiendo soportado la terrible Primera Guerra Mundial, en muy pocos años se vio envuelto en otro conflicto de dimensiones horrorosas. Es la fecha en que Adolf Hitler, que se había preparado para ello durante años, invadió Polonia y dio inicio a la Segunda Guerra Mundial. El dictador nacionalsocialista había decidido comenzar su tarea de conquistar los territorios del Este para Alemania, obsesión que lo acompañaría hasta la muerte.

Es verdad que la historia de la nueva conflagración comenzó a gestarse mucho antes, según ha recordado recientemente Antony Beevor, La Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Pasado y Presente, 2012). Incluso se piensa que la clausura de la guerra en 1918 fue el anticipo del próximo conflicto, por una paz mal negociada o por las sanciones excesivas contra Alemania, que no tardarían en provocar resentimientos y deseos de revertir la situación. El resto sería una acumulación de temores (a la crisis económica, al bolchevismo, al fascismo) y de odios enquistados (a los judíos, a las democracias, al comunismo, al fascismo), que iban preparando “el camino hacia la guerra”, como lo llama Richard J. Overy (Madrid, Espasa Calpe, 2009).

La década decisiva fue la de 1930, cuando se combinaron distintos factores que conducirían a la crisis y al estallido de la guerra. En eso tiene mucho que ver el ascenso al poder de Hitler y el nacionalsocialismo en Alemania en 1933, pero también la pusilanimidad de las potencias y sus líderes que contemplaban pasivamente la futura destrucción de Europa, que contrastaba con la decisión implacable del Führer por llevar adelante su temible programa.
El año decisivo sería 1939. Ya en enero Hitler amenazaba –en otra de sus paranoias– que si los judíos precipitaban “a las naciones una vez más a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por ende, la victoria de la judería, ¡sino la aniquilación de la raza judía en Europa!” (en Ian Kershaw, Hitler. Una biografía, Barcelona, Península, 2010). Tenía la guerra en la cabeza y no se alejaría de eso en los meses siguientes.

No todo estaba dado, sin embargo. Faltaba aquella jugada que permitiera aplacar a algún adversario, o que las potencias contemplaran sus nuevos avances con la misma calma que habían observado la intervención nazi en Austria o la anexión de Checoeslovaquia. Para ello se iniciaron contactos –paradojas de la historia – con la Unión Soviética. El mismo régimen que había perseguido a los comunistas desde el primer minuto procuraba llegar a algún acuerdo con ellos; las fuerzas soviéticas, lideradas por Stalin, se abrieron a encontrar un acuerdo. Ambos, además, se mostraban disponibles a tapar de amnesia sus anteriores ataques recíprocos, siempre virulentos, cargados de moralina y con la certeza de tener ahogada cualquier posible disidencia interna, prohibida en medio del totalitarismo reinante en ambos países.

Así se realizaron los contactos entre el recién asumido Vyacheslav Molotov, Ministro de Asuntos Exteriores ruso (uno de sus primeros encargos fue “sacar a todos los judíos del Comisariado”), y Joachim von Ribbentrop, su homólogo alemán. La reunión se realizó el 23 de agosto en el Kremlin, con la presencia del propio Stalin, en un ambiente entre distendido y lleno de suspicacias, un acercamiento utilitario con sospechas de lado y lado. Ahí se produjo uno de los momentos más curiosos de la historia del siglo XX, como recordaría Andor Henche, diplomático alemán que hizo las veces de segundo intérprete: “La atmósfera, que ya había sido agradable, se volvió por demás cordial. Costaba imaginar a anfitriones más afables que Stalin y Molotov. El gobernante de Rusia llenó personalmente los vasos de sus invitados, les ofreció cigarrillos y aún se encargó de encenderlos. El modo como atendía a cada uno de nosotros, acogedor aunque majestuoso, nos causó una notable impresión… A mí me tocó traducir lo que debió ser el primer brindis que había dedicado Stalin a Adolf Hitler: ‘¡Como sé lo mucho que ama el pueblo alemán a su Führer, quiero brindar a su salud!’” (en Laurence Rees, A puerta cerrada. Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial, Barcelona, Crítica, 2009).

El pacto Ribbentrop-Molotov era relativamente simple, entre cláusulas conocidas y secretas. Un pacto de no agresión de diez años, nazis y comunistas se dividieron Polonia, algunas otras cosas quedaron pendientes. Después cada uno tendría que ver como explicaba a sus aliados y seguidores un acuerdo que aparecía como inentendible entre dos enemigos irreconciliables, pero que probaron ser unos “enemigos fraternales”, como señala Michael Burleigh, Combate moral (Madrid, Taurus, 2010).

Soviéticos y alemanes estaban convencidos de que podrían repartirse Polonia con impunidad internacional, así como pensaban que Francia e Inglaterra no se involucrarían en el asunto; Stalin, por su parte, había llegado a confiar en Hitler y lo seguiría haciendo en los años siguientes, lo que probaría ser una peligrosa ingenuidad más que la conquista de un amigo duradero.

Lo único que estaba claro era el objetivo de la destrucción de Polonia, iniciada la mañana del 1º de septiembre de 1939, en una tarea para la cual el Führer exigió actuar “brutalmente”, convencido de que “la razón está del lado del más fuerte” (sic). En eso había claridad y dos socios comprometidos hasta las últimas consecuencias. En los demás temas el asunto era más complejo, como se iría probando con los días, meses y años. Inglaterra y Francia sí intervendrían en la guerra; Alemania decidiría invadir a la Unión Soviética en 1941, sorprendiendo a su aliado; los Estados Unidos ingresarían al conflicto y utilizarían por primera vez la bomba atómica; Hitler experimentaría el amargo sabor de la derrota, pero exigiendo lo que estimaba un reconocimiento de justicia por haber combatido a los judíos; además de otras tantas consecuencias desastrosas una vez finalizada la guerra.

Muchas de esas cosas no podían saberse, ni siquiera imaginarse, el 1º de septiembre de 1939. Es otro de los dramas de las guerras, que muchas veces comienzan y se desarrollan de la manera más inopinada, y van dejando anchas estelas de sangre, muerte y destrucción.
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