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El galés "echa" al genio alemán

El Madrid sacrifica el arte de Özil para redoblar el riesgo del fichaje de Gareth Bale

miércoles 04 de septiembre de 2013, 02:43h
El genial futbolista alemán ha decidido abandonar el Real Madrid tras comprobar que, con el histórico fichaje de Bale, iba a ceder el merecido rol de foco creativo del equipo para ver pasar los minutos en el banquillo. Con esta venta -la más cara que ha conocido el club madrileño-, Ancelotti pierde a un jugador distinto, único en su plantilla. Por Diego García

Este lunes, mientras Florentino Pérez trataba de abrir la fastuosa presentación organizada para recibir al fichaje más caro de la historia del fútbol con su tradicional discurso de bienvenida, la afición congregada en el coliseo capitalino -más de 25.000 personas- exigía, voz en grito, que el club madrileño no confirmara los fastuosos rumores. En lugar de loas al nuevo galáctico, en el Santiago Bernabéu retumbaba un cántico de áspero sabor para el presidente del Real Madrid, que intentaba acallar la voz de la afición, haciendo entender a la parroquia que no era el momento. “¡Özil no se va! ¡Özil se queda!”. El grito que emanaba de las gradas constó en acta pero la demanda de un público temeroso de quedar huérfano de la genialidad del tímido ídolo alemán resultó tan clara como fútil.

Algo más de una hora antes de cerrarse el mercado de fichajes el Arsenal hizo público el bombazo: Mesut Özil se convertía en gunner a cambio de 50 millones de euros, adquiriendo, al instante, el estatus de mejor fichaje de la Premier League de este verano. Arsene Wenger, viejo zorro acostumbrado a pulir perlas para disfrutar de su brillo -como hiciera con Cesc, Thierry Henry, Patrick Vieira o Dennis Bergkamp-, conocía que su buen conjunto, dotado de un notable nivel técnico como es tradición, necesitaba un salto de calidad para regresar a la pelea por la gloria. El técnico francés ve en el turco-germano al líder sobre el que construir su particular reconquista y, bajo su destacada batuta, un posible jugador de culto al que ayudar a crecer con la paciencia que le ha negado el Madrid.

No tengo miedo, sé cuál es mi potencial”, subrayó el genio precoz que había conducido a la portentosa Alemania del Mundial de Sudáfrica en su llegada a Madrid. Con 21 años, tras enamorar a Jose Mourinho y al resto del planeta, este prudente ciudadano que se transforma en un gigante exuberante cuando salta al césped asumía con naturalidad el mayor reto de su existencia. Hizo las maletas desde Bremen para desembarcar en el club más seguido de este deporte. Como ejecutan los jugadores de estirpe diferente, Özil convirtió la presión en motivación, redujo al mínimo la figura de su competidor directo, Kaka, y convenció a la exigente afición del Bernabéu con los primeros pases entre líneas, taconazos, controles fantasiosos, regates sin tocar la pelota y goles.



La hinchada concibió a su joven faro como el nuevo amor platónico, que conquista a sus fieles con la pureza de su talento, sin necesidad de correr o ejecutar esfuerzos físicos denodados. Al estilo de Guti, Zinedine Zidane o Michael Laudrup -cada cual con su estilo y altura- el “10” más puro del panorama actual -con las atribuciones que demanda ese dorsal- recuperó para la afición madrileña el juego reservado para los paladares exquisitos, el gusto estético de los intangibles. El madridismo designó entonces al próximo objetivo de sus olés desaforados y abucheos vehementes cuando no ofrece dos o tres jugadas que levanten del asiento a quien observa desde la tribuna. La máxima exigencia, como siempre, quedó reservada para el mago, el único futbolista capaz de poner la piel de gallina en una plantilla millonaria.

Con el descaro con el que asumió la pesada responsabilidad de dirigir al monstruo alemán en Sudáfrica colocó su nombre en el once ideal del Madrid y de la LFP desde su desembarco. Ronaldo ejecutaba, Xabi Alonso dirigía y Özil se encargaba de engrasar el vertiginoso juego de contrataque, ampliando la paleta de colores merengue con caricias a la pelota de maestro y zigzagueos que más parecían un baile con el rival que un regate. Sin embargo, a pesar de repartir 17 asistencias en dos Ligas seguidas, jugar un papel muy destacado en la ruptura de la nefasta racha de su equipo los sus enfrentamientos directos con el Barça de Guardiola y firmar actuaciones para el recuerdo ante rivales de postín como el actual Atlético, la irregularidad inherente a los artistas de su perfil -con categoría técnica superior a Messi, Ronaldo o Bale- ha mermado el brillo de su figura con la llegada de Ancelotti, el fulgurante inicio de Isco y el fichaje del galés galáctico y Mesut tira la toalla porque “en los últimos días me di cuenta de que no podía contar con la confianza del entrenador”.

Su venta a la Premier League supone la transacción de la que más dinero ha sacado el Real Madrid en sus más de 100 años de trayectoria, pero conlleva unas consecuencias que elevan el riesgo deportivo asumido por la directiva merengue con la contratación del mejor jugador de la pasada Premier League.


El primer precipicio al que se acerca el conjunto blanco al prescindir de su primer espada en lo que a último pase se refiere es la obligación -y presión consiguiente- recién adquirida que recae sobre Isco para asumir el rol de creatividad en los últimos metros que encarnaba Özil y, además, no aflojar en su rendimiento -a pesar de los inexorables baches que alberga la juventud del malagueño-. Una lesión del sorprendente mejor futbolista en lo que va de temporada del Madrid dejaría al equipo sin el trecuartista, sin el nexo que convierte en fluidez natural la circulación de balón y el cambio de ritmo en el área rival ya que, con la venta del alemán, en la temible plantilla merengue no hay rastro de este tipo de delicada pieza. Ronaldo -que debe 28 goles a la clase asistente del alemán-, Bale, Di María y Benzema ejecutan, Xabi Alonso, Modric e Illarramendi construyen y Khedira y Casemiro cortan. ¿Quién alimenta a los delanteros y potencia la pegada del equipo? Isco. Sin recambio ni margen de error.

La segunda consecuencia con la que ha de lidiar Carletto acecha a su filosofía de juego. Ahora se ve obligado a recomponer su idea de “fútbol espectacular” de toque, pausa y posesión. La anhelada marcha de Kaka, el traspaso de Özil y la llegada de Bale, en menos de 24 horas, genera un déficit en lo que ha capacidad combinativa colectiva se refiere. No en vano, el galés está llamado, sobre el papel, a aprovechar los espacios de las transiciones que generen los lanzadores del centro del campo casi al nivel con el que se desempeña Ronaldo. Mantener el control del partido a través de la pelota no figura en su equipaje. Sin la movilidad horizontal y entre líneas, para bajar, tocar y descongestionar, de Özil y Kaka, el juego pausado y dominante ideado y verbalizado por Ancelotti para su proyecto en Madrid queda en entredicho por déficit de piezas. La idea de repetir el esquema de Mourinho con el contraataque como arma predilecta parece imponerse de manera natural ante este diseño de plantilla, lo que impone un trabajo táctico colectivo similar al de los primeros años del técnico luso, una misión imposible a estas alturas, si no quiere padecer cada vez que el equipo tenga que recuperar la pelota. El mercado veraniego apuntaba hacia un descenso de las revoluciones ofensivas para asimilar la idea de juego protagonista a la que renunció el técnico luso, pero los últimos acontecimientos tensan la coherencia entre lo expresado y lo ejecutado.

Por último, el delicado proceso de adaptación de Bale a sus nuevas responsabilidades sufre otra vuelta de tuerca, ya que, si no resultara suficiente losa el hecho de competir con la presión que impone haber costado 100 millones de euros y revolver -de manera involuntaria- las tensas aguas del vestuario del Madrid por la competencia con el gallo del corral, Cristiano Ronaldo, que podría incluso verse obligado a modificar su posición amén de ceder protagonismo sobre el césped, el británico ha de lidiar, además, con el estigma que haber “forzado” la salida del “mejor número 10 del mundo, un jugador único que no tiene copia, ni siquiera una mala”, según Mourinho, que mira con recelo el fichaje de Özil por el Arsenal, club que se convierte en rival directo en la batalla por la conquista de la liga inglesa. “Si yo decidiera, Mesut sería el último en irse del equipo”, sentenciaba Sergio Ramos ejecutando un resumen de la sorpresa del vestuario madridista. Amén de complicar la labor de Ancelotti -obligado a buscar un sistema por el que cohabiten Ronaldo, Isco y Bale en el once inicial-, Gareth se ha encontrado con el papel de “verdugo” del artista cuya marcha llora la hinchada merengue. Florentino ha doblado el riesgo de la apuesta.
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