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LA GUERRA DE GILA

miércoles 04 de septiembre de 2013, 12:52h
Los militares serios se mesan los cabellos porque no entienden nada. Si, al margen de los que estamos en contra de la guerra, el presidente Obama quiere castigar a Siria lo que no parece de recibo es desgranar ante el mundo el rosario de las vacilaciones, las consultas o las incertidumbres.
Ignacio Camacho ha dicho en ABC que “en una guerra no se puede entrar a medias ni un poquito. Y menos tener la cortesía de avisar cuándo y dónde”. Tiene razón. Es cierto que las democracias exigen determinadas consultas. Pero en casos como éste el gobernante debe decidir sin consultas previas y someterse luego a los votos de las Cámaras o al juicio del pueblo soberano. Hay ocasiones en que el político en el poder está en la obligación de correr riesgos. Y éste es uno de esos momentos. A veces se puede hacer una consulta urgente que no demore la acción. En todo caso, la guerra tiene sus propias exigencias y una de ellas es la sorpresa y la inmediatez.
Zarandeado por su propia biografía, el presidente Obama está dando tumbos de un lado para otro perdiendo un tiempo precioso. El dictador sirio le ha tomado la medida y está organizando incluso escudos humanos para complicar aún más la acción de los misiles de Obama.
Como ha dicho el Papa Francisco, hay que evitar la guerra. Lo que procede es negociar hasta la extenuación. Pero si Obama ha decidido bombardear Siria, lo que resulta grotesco es la vacilación y la demora. La suya parece la guerra de Gila.
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