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¡No a la guerra! Bueno, según

miércoles 04 de septiembre de 2013, 20:41h
Habrá sido por el sopor agosteño que tanto embota la atención, pero ahora que caigo no me parece haber oído chistar a nadie de la Cofradía de la Superioridad Moral y el Correcto Pensamiento Único respecto a la decisión norteamericana, británica y francesa de lanzar ataques militares contra Siria, que ya se verá cuándo y cómo pasa al terreno de los hechos. Seguro que las fuerzas vivas de cómicos de la lengua que tan encima están siempre de lo que hemos de corear (y si tercia que pensar), habrán hecho pública su inmensa indignación y su irritado rechazo a toda acción militar de Occidente, invitándonos a parar los pies desde las calles a los homicidas sin escrúpulos que han maquinado esos ataques. Y uno, pancista ingrato, engolfado en los ocios veraniegos. Cuánta verdad es que no nos merecemos la solicitud y el desvelo de quienes tratan de llevarnos, velis nolis,` por el camino recto de la izquierda. No han podido dejar de hacerlo porque en su vesania los responsables de los tres países han decidido proceder al margen de la “legalidad internacional”, algo que en estos casos no está muy claro qué es, pero que suelen confundir con la anuencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ese selecto foro en el que abundan dictaduras que dan lecciones de honorabilidad democrática y estados gamberros cuya norma en estas situaciones es poner aun más alta la bandera de su rectitud. Sin contar dechados de altruismo y amor al bien general como China y Rusia. No sólo eso; la pandilla belicista no ha esperado a tener encima de la mesa pruebas incontrovertibles de que el gobierno sirio posee armas químicas y las usa contra la población civil, y sólo él lo hace en el conflicto, a que los inspectores del ONU lo hubiesen verificado sobre el terreno con la parsimonia que es obligada en estos asuntos, ni a que la propia ONU dispusiese los informes apropiados. Todo eso es imprescindible porque ya se sabe que la inteligencia propia suele marrar o engañar a conciencia. No hay más que preguntar a Bush, jr. que de eso sabe y fue quién primero anduvo el camino que ahora siguen otros.

Si veinte años son nada, diez son la mitad de nada y, sin embargo, ¡lo que va de ayer a hoy! En 2003, cuando Bush jr. y su administración con muy sólidos respaldos internacionales y argumentos entonces convincentes aunque muchos resultasen a la postre faltos de base, conminaron al Irak de Sadam Husein a probar que no disponía de armas de destrucción masiva so pena de intervenir militarmente, la movilización fue inmensa y universal. Universal, claro, en aquellas zonas del mundo en las que la gente tiene capacidad para expresar sin restricciones ni miedos la oposición a sus gobiernos y dispone de los recursos y medios de vida que dejan tiempo y energía para esas cosas. Pero en los Estados Unidos y en Europa las manifestaciones reunieron a muchos miles de personas, y también en España. Legiones de expertos y analistas escribieron y opinaron hasta la extenuación sobre lo malo que era derrocar a un dictador criminal por muchas armas no convencionales que tuviese, o precisamente por eso. Es verdad que junto a los eslóganes y consignas pacifistas había otras, y seguramente mayoritarias, que se referían exclusivamente a cuestiones de política interna convencional, pero el eje vertebrador fue el rechazo a la guerra, posiblemente uno de los sentimientos más universales del último siglo, estimulado con la apelación a sus victimas potenciales más desvalidas, con los niños en primer término. Tras ello quedaban desdibujados los muchos y complejos términos del asunto, por ejemplo los que explicarían la oposición de la Francia de Chirac, ahora tan pendenciera con Hollande. El efecto fue una profunda deslegitimación de gobiernos que se significaron en su apoyo al norteamericano, y de éste mismo. Como reflejo, la legitimación de quienes se sumaron y, en la medida en que pudieron, encauzaron las protestas.

Un decenio más tarde, con una situación que tiene todas las semejanzas posibles en este orden de cosas, nadie parece urgido por el compromiso de proclamar “No a la guerra”; ni aun las personalidades religiosas. Bueno, el Vaticano lo ha hecho pero no es el caso, parece, de Desmond Tutu, por poner un ejemplo. Y donde el silencio resulta clamoroso es entre grupos y personalidades de la izquierda que tanto protagonismo tuvieron por entonces. Nada hay sustancialmente diferente entre este régimen sirio y aquel iraquí que haga al primero más condenable. Sus raíces ideológicas son las mismas, esa versión árabe del nazismo que fue el partido Baas, y el carácter personal y dictatorial de sus sistemas de poder resultan calcados, como iguales son sus métodos de control o extinción de la disidencia y similares, si no las mismas, sus reservas de gas sarín. Por supuesto, igual de opacos resultan los motivos por los que, tras el discurso de los grandes principios que encubren las razones estratégicas, se opta por el uso de la fuerza militar. Así las cosas, sólo cabe concluir que el pacifismo indignado y la movilización tienen que ver más con el pecador que con el pecado. Que la mezcla de altruismo irenista y fervor antiimperialista no es un principio, sino un recurso, un pretexto para embestir a gobiernos y gobernantes detestados. Es decir, algo más bien cínico que no por sabido y repetido deja de ser miserable.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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