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Decepción olímpica

lunes 09 de septiembre de 2013, 19:59h
Desde Felipe II, por lo menos, parece que los españoles tenemos una cierta tendencia a echar la culpa de nuestros fracasos a los temporales que, existir, existen, y a veces son tan inevitables como decisivos. Pero nunca pueden servir de pretexto para dejarse llevar por esa pereza mental que nos impide profundizar en las causas de nuestras derrotas. Pensar que nosotros todo lo hacemos bien y que son los otros, en su maldad, los que nos impiden alcanzar nuestras justas metas no suele ser nunca un método válido. Más bien, casi siempre, es la vía que conduce a repetir los mismos errores y a incidir en los mismos fallos.

Todos hemos visto, ciertamente, cómo ha trabajado la candidatura de Madrid 20 20, cómo se ha entregado a la tarea el Príncipe de Asturias y cómo han puesto de su parte cuanto ha sido necesario, las tres administraciones, Estado, Comunidad y Municipio. La estrategia, seguramente, ha sido perfecta o casi, pero cuando se produce un resultado como el del pasado sábado es inevitable pensar que se han empleado tácticas poco eficaces o equivocadas. Algo se ha hecho mal o no se ha hecho tan bien como sería exigible ante un reto de esta importancia. Se ha percibido también una cierta ingenuidad en los planteamientos, dando por supuesto, por ejemplo, que como era el tercer intento de Madrid por ser sede olímpica, “a la tercera, va la vencida”. Al final nos hemos encontrado con un desagradable, “no hay dos sin tres”.

Sin tener, quien esto escribe, un conocimiento directo del mundo olímpico, parece ser que se trata de un complejo microcosmos en cuyas procelosas aguas –hablábamos antes de temporales- se mueven a sus anchas los voraces tiburones de los intereses, de los contactos de alto nivel empresarial y de los compromisos, más o menos confesables. Tiempo hubo en que se habló mucho de corrupción que, esperamos, haya sido erradicada. Adentrarse en semejante universo exige, prioritariamente, conocer sus reglas y adaptarse a ellas, en la medida de lo posible y de lo decente. Los profesionales españoles del olimpismo estaban obligados a conocer ese mundo y han dado la peor impresión: La de no haber aprendido nada de las anteriores derrotas.
En ese sentido, sorprende enterarse, poco antes de la votación, que los votos del mundo anglosajón eran los más difíciles, como ya ocurrió en las dos ocasiones anteriores –se subrayaba- según leí en un medio. Y todavía sorprende más que, según las mismas informaciones, se intentara, a última hora, cargar al Príncipe con la misión imposible de arrancar algunos votos de esa procedencia. ¿No hubo tiempo en los tres o cuatro años anteriores? En una contienda como esta los votos no caen de los árboles como manzanas maduras. Hay que trabajárselos y, evidentemente, ha faltado eficacia en ese trabajo. Y es de broma atribuir ese despego anglosajón –como ha hecho alguien- a que la cuestión de Gibraltar se ha calentado el mes pasado. Los olímpicos pasan olímpicamente de Gibraltar.

Como en cualquier ámbito internacional, los candidatos –además, de las actuaciones públicas- hacen soterradas campañas para negociar acuerdos y amarrar votos. Fiarse de vagas promesas o de amables palabras es otra manifestación de ingenuidad que obliga a acordarse de la famosa anécdota del conde de Romanones –ya lo ha hecho algún columnista- cuando, seguro de contar con los votos necesarios para ser académico, se encontró con que no le voto nadie o casi nadie. “Joder, qué tropa”, fue el conocido comentario del conde. Algo parecido estaba en el ambiente bonaerense el pasado sábado. Tampoco vale confiarse en que “nuestros videos eran estupendos”, porque los del COI no están allí para premiar a documentales. Aparte de que, según testimonio de los expertos no eran para tanto, sobre todo comparado con el japonés. La parte que yo vi, como modesto espectador, no me gustó; me pareció vulgar y poco imaginativo.

Según el acreditado diario de Buenos Aires, La Nación, el escandaloso titular del El Mundo el pasado día 4, seguido de una completa aparente información, afirmando que Madrid tenía ya, seguros, cincuenta votos, tuvo un efecto demoledor en los cuarteles olímpicos y suscitó reacciones indignadas. Sería absurdo atribuir al periódico madrileño el pésimo resultado, pero seguro que no ayudó. Mientras toda España intentaba ayudar, a otros solo les interesaba vender periódicos. El caso es que los confiados pronósticos españoles han fracasado. Alguien ha comparado lo del COI con el cónclave papal y, desgraciadamente, se ha cumplido aquello de que “quien entra en el cónclave como papa, sale como cardenal”. La única diferencia es que los españoles nos hemos puesto rojos de vergüenza y de rabia.

Si el mundo anglosajón –que es mucho más amplio de lo que puede parecer a primera vista- no estaba seguro, tampoco lo estaba la francofonía. Francia quiere que París sea sede olímpica en 2024 y no le interesa que en el 2020 lo sea una ciudad europea, como Madrid, porque disminuyen radicalmente sus posibilidades. La influencia que tiene Francia en todas o casi todas sus antiguas colonias es una baza que seguro se ha manejado, no en Buenos Aires, sino mucho antes. Árabes y musulmanes, por su parte, es muy posible que se hayan inclinado por Estambul, primera ciudad islámica que aspiraba a organizar unos juegos olímpicos, de modo que tampoco ha funcionado la “tradicional amistad hispano-árabe”. En cualquier caso, no salen las cuentas de que Madrid tuviera el medio centenar de votos requeridos. ¿Qué nos quedaba? ¿La veintena de votos de los países iberoamericanos? ¿También los de Cuba o Venezuela? No se puede andar por este ancho mundo pensando que somos estupendos y que todo el mundo es bueno.

Además, se ha caído en un error estratégico que, según parece, ha tenido una gran influencia en el triunfo de Tokio. La candidatura española ha insistido en que Madrid iba a plantear “un nuevo modelo de juegos olímpicos”. El Príncipe Alberto de Mónaco –cuyo amor por España es bien conocido- planteó precisamente esa pregunta, sin duda al servicio de sus amos franceses. La respuesta ya la conocíamos. Se trataba de gastar lo mínimo posible porque estamos en época de crisis económica. Una vez más ese socorrido “hacer más con menos” que, casi siempre, es imposible. En todo caso, craso error que daba por anticipado la victoria a Tokio que proclamaba que tenía 4.500 millones de dólares dispuestos a gastarlos desde ya. ¿Cómo se puede ser tan ingenuo? Algún medio internacional ya ha ironizado con los juegos olímpicos madrileños low cost. A los señores del COI les interesa que el país anfitrión se gaste cuanto más dinero, mejor. Allá él de dónde lo saca. El argumento de la austeridad puede valer para consumo interno, pero ir de pobres por la vida no resuelve nada si se quiere ganar la apuesta. En ese caso, lo mejor es quedarse en casa. ¿Aprenderemos alguna vez?

Quizás el fallo más grave de los profesionales españoles del olimpismo ha sido el de “vender” a la opinión pública española que el triunfo estaba tan al alcance de la mano que, prácticamente, se podía dar por conseguido. Se suscitaron unas enormes expectativas y los españoles se lo creyeron. El despliegue que se ha hecho en la Puerta de Alcalá, la abultadísima delegación española que se ha desplazado a Buenos Aires, el triunfalismo excesivo de los medios…todo ello ha creado un falso ambiente que se ha saldado con una profunda decepción. Pero, curiosamente, algo pasó en los últimos días –quizás el titular y la información a que aludimos más arriba- porque el tono y hasta las caras de los representantes de la candidatura madrileña cambió ostensiblemente, a poco que se prestara atención a sus intervenciones en televisión. Como simple espectador, empecé a pensar que algo no iba bien.

Quienes salen a ámbitos internacionales representando a España tienen que ser muy cuidadosos porque su fracaso no es solo personal. Y si no están seguros de que van a dejar a la altura exigible el nombre de España es mejor, en tiempo y forma, no emprender determinadas aventuras. Y, además, hay que procurar, que no produzca frustración en la población española, suscitando expectativas que no están al alcance. Era nuestra mejor baza y se la ha dejado totalmente frustrada. A principios de la II Guerra Mundial, cuando parecía imposible la victoria aliada, Churchill escribió: “No hay peor equivocación en el liderazgo público que suscitar falsas esperanzas que pronto serán barridas y desmentidas”. Los profesionales españoles del olimpismo deberían tenerlo muy presente para el futuro.

Pero el porvenir del deporte español, que es una importante baza de nuestro país, no depende de que haya o no juegos olímpicos en Madrid. Eran deseables, pero no son indispensables. Tenemos un plantel de deportistas en diversas disciplinas que pertenecen a la elite mundial. Hay que seguir apoyándolos y hay que ponerles en condiciones de que, si en el 2020, tendrán que desplazarse hasta Tokio, se traigan de allí más medallas de las que habrían conseguido en Madrid. Y antes todavía tienen el reto de Río de Janeiro.
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