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Madrid y Barcelona

José María Herrera
sábado 14 de septiembre de 2013, 19:59h
En las ciudades inglesas, cuando se concede la ciudadanía de honor a alguien, se le otorga la “libertad de la ciudad” (freedom of the city). Es una expresión que evoca los tiempos en que la libertad se encontraba al entrar en las ciudades y se perdía al salir de ellas. “El aire de la ciudad te hace libre”, se decía aquí antes de que la contaminación lo volviera irrespirable.

La época a que me refiero es la Edad Media. Entonces la ciudad se oponía al campo y a la aldea, lugares primitivos y turbulentos, donde no había llegado el orden y la civilización. Con el tiempo, la distinción fue abarcando también a las ciudades que no eran capitales e incluso a las capitales de pequeño tamaño, demasiado atrasadas si se las comparaba con aquellas otras en las que reinaba el progreso, símbolo de la racionalidad y el orden. Una ciudad en la que la gente se conoce no es, para las medidas modernas, una ciudad. Aunque con semejante criterio la Atenas de Fidias, la Venecia de Tintoretto o la Amsterdan de Rembrandt perderían su condición urbana, hoy se tiende a ver las cosas así.

La gente que vive en estas ciudades convertidas en megalópolis presume de las enormes posibilidades que ofrecen. Es lógico porque el resto son inconvenientes. Llama la atención sin embargo el entusiasmo porque la realización de esas posibilidades está al alcance de muy pocos. Prueba de ello es que el habitante de la gran urbe la abandona en cuanto surge la ocasión y que los lugares públicos asociados a esas posibilidades (no me refiero a atascos, centros de avituallamiento, estadios de futbol y botellones), suelen ser ocupados por turistas y gente de provincias.

Las megalópolis actuales, inmensas, circundadas por kilómetros de carreteras y llenas de barrios inhóspitos, son fruto del sistema productivo y de una cierta manera de entender el trabajo. De aquellos gremios medievales que daban nombre a las calles de las ciudades no queda nada. El mercado contemporáneo exige por un lado nudos de actividad y consumo y, por otro, individuos sin ataduras, que no pertenezcan a ninguna parte. Hasta en Barcelona, donde el año que viene por estas fechas se celebrará el tercer centenario de su rendición incondicional a los Borbones, el desarraigo es una virtud y la soledad (atenuada virtualmente el día de la Diada gracias a la gran sardana organizada por el presidente Mas) un hecho inherente e inerradicable de la vida contemporánea

Por supuesto, estas megalópolis siguen cumpliendo su función tradicional como lugares de asentamiento, aunque hace mucho que dejaron de ser un refugio con relación a un fuera inquietante y, desde luego, ya no proporcionan la libertad de antaño. El gran espacio que abarcan permite el anonimato, más aún, lo impone, pero ha vuelto nómada al ciudadano, quien no sólo tiene que recorrer enormes distancias para realizar las tareas cotidianas, sino que vive en una especie de intemperie de cemento, con todo lo que ello significa de lucha por la vida, de inseguridad, de indefensión frente a los elementos, de relaciones eventuales, de búsqueda y aventura.

En España tenemos dos megalópolis: Madrid y Barcelona. Ambas contienen en su gigantesco cuerpo actual la vieja ciudad. El viejo Madrid y la vieja Barcelona están muy bien. Desde luego, no se pueden comparar a Sevilla, Granada o Toledo, pero valen la pena. El crecimiento de las últimas décadas las ha convertido en ciudades poderosas, aunque a costa de mermar su belleza y el nivel medio de sus habitantes. El vecindario de las megalópolis resulta en general más tosco que el de las ciudades y los pueblos con solera. Basta con darse una vuelta por el centro de Madrid, una ciudad que aspira a ser sede olímpica, o por el de Barcelona, la única ciudad que a juicio de su alcalde merece aquí serlo, para advertir cómo costumbres erradicadas en los pueblos han resurgido con fuerza en ellas. Me refiero a la suciedad (desde las pintadas a los zurullos caninos) y a la falta de decoro, pero también a la catetería, ese estilo de antiguo aldeano que lleva al alcalde de Barcelona a celebrar la derrota de Madrid en la lucha por organizar los juegos olímpicos o a los madrileños que se congregaron en la Puerta de Alcalá a llamar “hijos de puta” a los miembros del comité olímpico. Claro que: ¿imaginan que hubiera pasado si ganan? Los mismos gritones habrían corrido al pilón de la Cibeles a saltar y golpearse el pecho y los hijos de puta hubieran sido los barceloneses que dijeron que para ser unos juegos low-cost los madrileños se habían pasado mandando a Argentina más del doble de personas que los otros candidatos. En fin, Villaarriba y Villaabajo.
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