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La crisis en Siria: ¿Un desenlace provisional?

Víctor Morales Lezcano
lunes 16 de septiembre de 2013, 18:45h
La crisis de relaciones entre las potencias que integran un sistema internacional ha sido un asunto muy estudiado: por ejemplo, en la historiografía francesa, con los maestros Renouvin y Duroselle a la cabeza.

Es frecuente que dos o más potencias se enzarcen en una discrepancia por desacuerdo de intereses, o a causa de sensibilidades opuestas en torno a un enfoque de ciertos vuelos. La escalada del diferendo suele subir en el termómetro veloz, o paulatinamente; luego se rebaja la tensión y un proceso de disuasión abre horizontes menos inquietantes a las potencias implicadas en la supuesta crisis, alcanzándose incluso un pacto de conveniencia, en cuya contabilidad se presupone que hay perdedores y beneficiarios.

Entre el 21 de agosto y el 14 de septiembre del azaroso verano de 2013, la segunda cuestión de Oriente ha atravesado una de las crisis recientes que más ha mantenido en vilo a los participantes directos -y también a los diferidos-. Nos referimos a la crisis que desató el mes pasado la utilización de gases tóxicos en los alrededores de Damasco: la crisis en Siria, por designarla brevemente.

A partir de la denuncia inmediata del exterminio humano por parte del gobierno de Estados Unidos, pasando por la matización sobre la culpabilidad del régimen sirio que introdujo la negativa del parlamento británico (29 de agosto) a suscribir la propuesta de ataque selectivo a Bashar al-Assad por parte de Barack Obama y David Cameron, hasta llegar a la reunión del G-20 en San Petersburgo y a las “salidas” no bélicas de la crisis en Siria (5-7 de septiembre) que circularon de boca a oreja en los pasillos del Kremlin, el termómetro de las relaciones internacionales alcanzó cotas preocupantes durante cerca de tres semanas.

Al casi ultimátum de Obama, siguieron mediaciones tibias a favor, o en desacuerdo, con la mano dura propuesta por la presidencia americana; se sucedieron los titubeos de Obama -hijos de sus contradicciones-: “fui elegido para terminar las guerras, no para empezarlas”. Ello le condujo a pretender consultar al Congreso de Estados Unidos, cuando el “síndrome de Bagdad” parece instalado de modo preventivo en la opinión pública americana (y europea), como recoge también la frase presidencial de “esta nación está harta de guerras” desde varias cadenas americanas.

Hay diferentes versiones que han circulado sobre la propuesta disuasoria de llevar a cabo el ¿ataque? al régimen de Assad, o sobre la astuta propuesta del tándem Putin-Lavrok, sugiriendo el desarme químico de Siria en condiciones y plazos pendientes de fijar por los interlocutores apropiados. Cualesquiera que hayan sido los inescrutables vericuetos recorridos por la iniciativa desactivadora del conflicto, el sistema internacional, la población de Siria, los medios y las redes planetarios han experimentado un “bajón” de expectativas bélicas, providencial por el momento. Las conversaciones de Ginebra entre Lavrok, Kerry y el moderador argelino Brahimi han sellado provisionalmente este nuevo capítulo de la segunda cuestión de Oriente. La guerra sectaria continúa -continuará- mientras tanto, y hasta puede recrudecerse. La oposición armada al régimen de Assad ha hecho público de inmediato su descontento con la solución momentánea del conflicto. Las reacciones a los acuerdos de Ginebra no han tardado en salpicar la escena con comentarios de diversa suerte. Un portavoz israelí, por ejemplo, se ha expresado así: “nuestra mejor perspectiva es que sigan (los árabes) dedicándose a luchar entre ellos y no se acuerden de nosotros”. Por supuesto, el nuevo presidente de Irán, Hassan Rouhani, luego de haberse pospuesto el ataque a Siria ha modulado bastante su compromiso de apoyo a Bashar al-Assad: “si algo le ocurriera al pueblo sirio, la República Islámica de Irán cumplirá con sus obligaciones religiosas y humanitarias”. Ban Ki-moon, el Vaticano y Pekín mismo han impartido las convencionales fórmulas pacifistas que corresponden a la autoridad internacional, moral y demográfica que encarnan respectivamente sus portavoces mediáticos.

Salta, empero, a la vista que Putin ha puesto la guinda al pastel, no solo al haber canalizado la propuesta de desarme químico del régimen sirio en condiciones muy estrictas para Damasco, sino también al haber puntualizado, con el dardo apuntando a la Casa Blanca, que “es extremadamente peligroso estimular a un pueblo a verse como excepcional, sea cual sea el motivo”. El lector captará al vuelo la alusión expresa de esta indirecta a un pasaje del discurso que Obama pronunció el 10 de septiembre dirigiéndose a la nación americana para hacerle saber que, momentáneamente, quedaba aplazado el ataque disuasorio contra el régimen de Assad por el presunto uso de un arma táctica internacionalmente reprobada, sin solución de continuidad, desde la primera guerra mundial.

El cúmulo de información, opiniones, y hasta banalidades por docenas que ha empachado esta crisis nos lleva a recordar -como hemos venido repitiendo (quizá hasta la saciedad)- que las guerras americanas con el mundo árabe-islámico han repleto la capacidad política de aguante y de déficit económico de Estados Unidos desde 2001; en Afganistán, Iraq, Libia, y casi, casi, en Siria. Aparte de que se ha hecho evidente la capacidad táctica que ha demostrado Putin en la crisis de Siria, no menos evidente es para el común instruido en estas lides internacionales que el repliegue de Barack Obama ante el clima euro-americano adverso a una nueva confrontación armada -por limitada que esta se anunciara desde la Casa Blanca- ha sido demostrativo de que cosas así son las que ocurren cuando una democracia constitucional consolidada se comporta de acuerdo con la titulación que la define. Es decir, esta democracia ha sabido rectificar su propensión a resolver los conflictos exteriores blandiendo su arsenal armamentista. Obama puede haber defraudado al contingente chauvinista de su país, pero en muchos otros ámbitos su repliegue momentáneo resulta congruente con los principios de que hizo gala en sus campañas electorales de 2008.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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