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El Papa Francisco, en la boca del lobo

domingo 22 de septiembre de 2013, 14:13h
El Papa Francisco va como una moto. Quiere dar la vuelta como un calcetín a la Iglesia Católica. Y eso es más que complejo. Las tradiciones no hay por qué respetarlas cuando son perjudiciales, dañinas e injustas. Y el Papa tiene mucho coraje y bemoles para enfrentarse a todos esos ancestrales problemas y misterios inconfesables del Vaticano.

Pero quizás debiera hacerlo con más diplomacia, con más astucia, con más pausa. Pero está claro que es un torbellino y un precipitado, como él mismo ha reconocido. Tiene razón en buena parte en los postulados que proclama. Pero no se puede arramplar con todo en seis meses.

La Iglesia Católica lleva más de dos mil años en pie, al frente de la religión más extendida y seguida en el mundo, de la cultura que ha llevado a Occidente a la democracia, a la prosperidad y a la libertad.
Las últimas declaraciones a la revista de los jesuitas, que no son los más ortodoxos con los planteamientos de la Iglesia, que han hecho mucho daño con su progresía barata, no resultan muy afortunadas.

El Papa no puede decir que nunca ha sido de derechas. Pues se supone que los Papas no tienen ideología. Deberían ser los más independientes del mundo y abrazar todas las ideologías y todas las posturas políticas. Pero los jesuitas, en fin, se escoran a la izquierda. Y eso, al menos, el Sumo Pontífice debería disimularlo. Seguramente, además, la mayoría de los católicos son de derechas, con lo que, de algún modo, les está agrediendo.

El Papa no debe ser ni de derechas ni de izquierdas ni de eso que llaman centro. La política no puede existir en el seno del Vaticano. Allí todos son bien acogidos, mientras respeten y amen los preceptos de la Iglesia. Por eso, hay que aplaudir la denuncia a la homofobia, la defensa de un mayor protagonismo de la mujer en la Iglesia (no sabemos a lo que se refiere, pero podría suponer otra revolución), el apoyo a los pobres…

Pero este Papa es una locomotora que, a veces, parece descontrolada. Va demasiado deprisa y, quizás, con el rumbo equivocado. Pero es jesuita. Y eso le lleva a inclinarse por la progresía, que, al final, le traicionará. Porque la progresía, la izquierda, es mayoritariamente anticlerical.

El gran problema consiste en que el Papa Francisco en poco más de medio año se está ganando una multitud de enemigos, algunos peligrosos, entre las bellas y procelosas paredes del Vaticano. Baste recordar la misteriosa muerte de Juan Pablo I. Quizás por ello se ha alejado de las estancias papales para vivir aparte y en paz.

Lo innecesario, en fin, es declararse políticamente, aunque lo haya hecho para alejarse de las críticas a su relación con la dictadura de Pinochet. Pero ya ha dejado claro que no es de derechas. ¿De qué es? ¿De izquierdas? Podría haber dicho que ni es de derechas, ni de izquierdas, ni de nada. Pero, no. Sólo ha criticado a la derecha. Craso error.

Quizás el Sumo Pontífice sea un ingenuo. O un héroe. Parece ser bondadoso, humano, hasta campechano y quiere estar cerca de los desfavorecidos. Y eso le honra. Pero se está metiendo en la boca del lobo.

Que Dios le guarde muchos años.
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