Neruda, el poeta
lunes 23 de septiembre de 2013, 20:00h
No debo haber tenido más de doce o trece años cuando mi tío Sergio, hermano de mi madre, me dio a leer Confieso que he vivido. Memorias, de Pablo Neruda (1904-1973). Era un libro demasiado largo para quien sólo leía las páginas deportivas de los periódicos chilenos, pero como estaba de vacaciones comencé con la tarea. Lo devoré dos veces. Seguramente leí más de lo que entendí, pero me fascinó el personaje que, en adelante, sería un compañero inseparable de lecturas hasta hoy.
Ahí aparecen el sur de Chile, los viajes, la poesía, España, paisajes orientales, el comunismo, un tal Stalin, Matilde y otras tantas, aquellos sueños de juventud. También los dolores acumulados, las victorias políticas y las derrotas, amigos entrañables, en definitiva, información abundante para quienes desean conocer uno de los escritores de habla hispana más notables de todos los tiempos, además de un hombre que ayuda a comprender el dramático siglo XX. Poco me ha importado en lecturas posteriores que se tratara de un libro unilateral y a veces agresivo, o incluso injusto, pues en sus páginas no debe buscarse ni la “objetividad histórica” ni la justa ponderación de los problemas, sino simplemente sus confesiones y recuerdos, que siempre son selectivos y personales.
Después vinieron otras lecturas completas o parciales de la obra nerudiana, como los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (que tantos jóvenes han ocupado en sus propias aventuras amorosas), Tercera residencia, Cien sonetos de amor, el Canto General, Canción de Gesta, incluso el decepcionante Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena, todo un símbolo del Chile de 1973. También una excelente antología preparada por Hernán Loyola y publicada por Alianza Editorial, y una que otra biografía completa o parcial acerca del poeta. Sobre todos ellos leí, admiré y releí tantas veces Los versos del Capitán, amor nerudiano furtivo, escrito con pasión juvenil y con talento de consagrado, que termina con esa maravillosa “Carta en el camino”, símbolo que me ayudó a comprender que el poeta llegaba a sus cincuenta años con sus dos pasiones al hombro, el amor y la revolución.
Cuando se preguntaba por Neruda muchos contestaban que les gustaba la poesía amorosa del vate, pero no así su obra más política. Los versos del capitán, por su parte, nos muestran a un escritor que combina ambos factores, los entrelaza sin forzarlos, hasta confundir al lector desprevenido, como ilustra “La carta en el camino”, donde se desenvuelven los versos mixtos con toda naturalidad: “adorada, me voy a mis combates”, “en mi corazón viven tus besos como banderas rojas”, “vendrás conmigo a luchar cuerpo a cuerpo”, “Adiós, amor, te espero”.
Ahí aparecía muy claro que el autor del “Poema 20” era el mismo que el de las “Alturas de Machu Pichu”; “Farewell” o los dolores de Crepusculario formaban parte de la biografía del mismo hombre que dio vida a “Escrito en el año 2000” o “Explico algunas cosas”. Fue este poema precisamente el que registra la confesión autobiográfica de Neruda y la transformación de su interés original en “la metafísica cubierta de amapolas” hacia un compromiso social y político consolidado durante la Guerra Civil Española y compañero de viaje hasta el fin de sus días.
Cuando el poeta chileno obtuvo finalmente el Premio Nobel de Literatura en 1971, realizó un discurso memorable y claramente comprometido. Comenzó contando algunos sucesos de su propia vida en los que sufrió políticamente, recordó que era escritor y que muchos en el mundo no podían leerlo por su analfabetismo, y terminó mencionando a Rimbaud para recordar que “solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres”.
En medio de la división que vivía Chile entonces, el galardón de Neruda fue una extraordinaria manifestación de unidad nacional, con celebraciones que cruzaron todo el arco político nacional y representaron un legítimo orgullo patrio, que hemos explicado en Neruda. El Premio Nobel chileno en tiempos de la Unidad Popular (Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2004). Todo esto a pesar de la evidencia de tratarse de un poeta comunista, y que era imposible separar el galardón de sus adhesiones políticas y de las consecuencias propagandísticas que tendría el reconocimiento universal.
Así queda claro, por lo demás, en el contexto de la lucha que se libraba en esos años entre el mundo occidental y el mundo de los socialismos reales. En el interesante libro de Frances Stonor Saunders, La CIA y la Guerra Fría cultural (Barcelona, Debate, 2013), se explica que en 1964 hubo un trabajo decidido para que Neruda no obtuviera el Premio Nobel, por ser un estalinista “militante y disciplinado”, cuyo galardón tendría inevitables connotaciones ideológicas en un premio donde, enfatiza la autora, “la política tenía todo que ver”. Algunos años más tarde el poeta chileno recibiría finalmente el merecido reconocimiento de las letras universales, mientras se encontraba cumpliendo funciones diplomáticas en París, como embajador, en una época que ha sido narrada magistralmente por Jorge Edwards en Adiós Poeta (Barcelona, Tusquets).
Este 23 de septiembre de 2013 se cumplen cuarenta años de la muerte de Pablo Neruda, poeta universal. Un hombre cuya vida nómade nos ayuda a conocer mejor el siglo XX, a pesar que esta centuria por muchas razones se niega a ser adecuadamente comprendida. Un escritor que elevó la poesía en español a sus máximas alturas, acompañando a todos esos gigantes que en España y América Latina representan con legítimo orgullo a la lengua de Cervantes. Un poeta que tenía la capacidad de jugar con las palabras como si fuera un prestidigitador, siempre abierto a nuevas combinaciones para expresar los límites de la pasión o del dolor, de la vitalidad del amor o el drama de la muerte, del sabor amable de unos besos o la dolorosa constatación de la miseria material.
Fue un hombre exitoso en las letras que abrazó en su juventud, como ilustran su poesía, sus múltiples libros, algunos versos que hasta hoy se repiten en diferentes lugares del mundo para conquistar a la mujer amada. En política fue distinto, el mundo marchó por un camino diferente y Neruda no alcanzó a ver la caída del comunismo ni el triunfo de su proyecto en su propio país (aunque sí cantó al éxito de la Revolución cubana en el continente). En cualquier caso, si miramos con atención, quizá encontremos la respuesta en unos “premonitorios” versos de juventud, escritos en otro tiempo y por otras razones, pero que vienen a la cabeza cuando las añoranzas de Neruda por los éxitos del “socialismo en marcha” se ven truncados sin vuelta atrás.
“Amor perdido y hallado
y otra vez la vida trunca
Lo que siempre se ha buscado
No debiera hallarse nunca”.