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El retorno del nacionalismo

Sadio Garavini di Turno
domingo 29 de septiembre de 2013, 18:59h
Según Isaiah Berlin, el nacionalismo moderno nace en Alemania como reacción al universalismo iluminista, abanderado por la revolución francesa y tiene como padre intelectual a Johan Gotfried Herder. Es una reacción frente a una integración forzada, a una uniformización bajo un conjunto de valores, ideas y leyes que se consideran superiores y universales. Contra esta visión del mundo, esta “weltanshauung”, niveladora y racionalista, Herder levanta la bandera del terruño y los muertos, la sangre y el idioma, “blut und boden”. Se defiende lo particular frente a lo universal, el derecho de cada pueblo de cultivar sus costumbres y sus tradiciones, el respeto a su identidad e idiosincrasia. El nacionalismo de Herder no es ni racista ni excluyente, como lo será en cambio, en Fichte.

En Herder, como en Mazzini, el fundador de la “Joven Italia”, pero también de la “Joven Europa”, el nacionalismo es de signo positivo, debe interpretarse como la comprensible reacción de las sociedades pequeñas y débiles frente a la agresividad imperialista de las grandes potencias. Para Berlin, el nacionalismo asume su carácter violento, racista y xenófobo cuando se injerta con el irracionalismo romántico. De la afirmación de lo nuestro se pasará al desprecio de lo ajeno, de la defensa de la propia particularidad a la idea de la superioridad de lo propio. En la actualidad, la Globalización, como la Ilustración, es un fenómeno poderosamente uniformizante, integrador, nivelador y racionalista, que está fomentando una fuerte reacción nacionalista, particularmente en la sociedades débiles del planeta. Al mismo tiempo, se habla nuevamente de la “muerte de la razón”. Después de décadas de predominio de una cultura “racionalística”, se advierten los signos de una reacción irracionalista que, en su aspecto negativo, se concreta en el resurgimiento de la xenofobia, del fundamentalismo, del racismo, del antisemitismo, del terrorismo y del sectarismo milenarista y apocalíptico, un verdadero “retorno de los brujos”. Si este irracionalismo se mezcla de nuevo con el nacionalismo, corremos el riesgo cierto de asistir al“retorno de lo trágico”, a la reexhumación del totalitarismo político, con su inevitable cauda de violencia y barbarie.

El “genio maligno” del nacionalismo puede y debe ser controlado a través de una cultura democrática que implica el respeto de la dignidad del “otro”, del diferente, del extraño y, obviamente, del adversario político. La democracia es la única forma de convivencia política civilizada y debe asentarse en una cultura del diálogo y de la tolerancia. Las palabras negociación y compromiso no deben ser malas palabras. Se puede negociar sobre temas prácticos, sin hacer concesiones en los principios. Se debe respetar la persona del adversario, aun cuando se está totalmente en desacuerdo con sus opiniones. En democracia, hay adversarios que superar y no enemigos que destruir. Con la democracia, el nacionalismo puede evitar de transformarse en lo que Vargas Llosa ha definido como nacionalismo: “…es la cultura del inculto, la religión del espíritu de campanario y una cortina de humo detrás de la cual se anidan el prejuicio, la violencia y a menudo el racismo”. A través de la democracia, el nacionalismo deja de ser, parafraseando a George Orwell, una ideología, una de las muchas variedades de la voluntad de poder y se transforma en patriotismo, un sentimiento que tiene que ver con la identidad y, por tanto, en una de las muchas variedades del amor. El nacionalismo sin democracia conduce al totalitarismo.
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