www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Libros, libreros, librerías

Alejandro San Francisco
lunes 30 de septiembre de 2013, 20:20h
Siempre creí que las librerías eran lugares donde se vendían libros, hasta que visité por primera vez a España en 1992, con mi amigo José Alfonso Jasmen. Fue un viaje memorable. Por recomendación de un profesor, el historiador Juan Eduardo Vargas, me dirigí la librería Marcial Pons, donde debía preguntar por Luis Domínguez. Lo hice, compré varios libros –demasiados, en realidad, para mi presupuesto de estudiante–, y en medio de la conversación le pregunté a Luis desde cuándo vendía libros. La respuesta me cambió la perspectiva: “Yo no vendo libros. Soy librero”. En la explicación, cuyos detalles exactos no recuerdo, me comentó que no se trataba simplemente de vender, ni de cambiarse de área para comerciar otro producto. Ser librero es un oficio, una consagración vocacional, una opción personal por la cultura. De paso entendí entonces que una librería es mucho más que un espacio de compraventa de libros, para transformarse en un centro cultural, en un foco privilegiado de amistad, en tránsito obligado de las personas que se dedican al mundo de las letras, pero también para los padres con sus hijos o los jóvenes que quieren hacer un regalo menos convencional a sus amigos o enamorados.

Vuelvo al tema por sucesos de una curiosa coincidencia cronológica. En Madrid, entre el 2 y 4 de octubre se realiza Liber, el gran encuentro internacional del Libro que este año tiene a Chile como invitado especial, con presencia de su ministro de Cultura Roberto Ampuero, a su vez escritor. Nueva gran instancia para pensar en la edición y publicación de obras, en la lectura y sus posibilidades, en las nuevas tecnologías que parecen invadirlo todo. Pero también una gran oportunidad para renovar la fe en los libros, en los libreros y en las librerías, y en su invaluable contribución histórica al progreso humano y al desarrollo de la cultura en el mundo.

Esto ocurre unos días después de que he terminado de leer un libro apasionante, mezcla de ensayo y guía de viajes, comentario bibliográfico y autobiografía, de Jorge Carrión, Librerías (Barcelona, Anagrama, 2013). El autor procura, con pasión juvenil nunca perdida, recordar y dar a conocer las librerías conocidas a lo ancho del mundo, pero no simplemente por una acumulación de información, sino que por su relevancia vital, por las oportunidades que le abrió, tanto para acercarse a obras y autores fundamentales, así como para conocer mejor la realidad social y política del país visitado.

Vivimos, para quienes se mueven en torno al mundo de la cultura y específicamente de los libros, un momento que algunos han llamado crepuscular, marcada por la nostalgia. Desaparecen librerías que llenaron época, algunas editoriales son fagocitadas, las bibliotecas tienen que reinventarse. Sin embargo, no parece estar ahí el problema más grave. Lo crucial es la curiosa paradoja que se produce en un mundo donde, como nunca antes, se ha producido una democratización del libro y la cultura (entre otras cosas por el impacto de internet) y, por otro lado, los lectores no parecen aumentar ni cualitativa ni cuantitativamente.

Tiene razón el editor Carlos Pascual cuando afirma que su preocupación principal por los libros no es por la nostalgia de librero, sino “que haya lectores”, como plantea en el interesante texto escrito junto a Paco Puche y Antonio Ribero, Memoria de la librería (Madrid, Trama Editorial, 2012). Lo cual nos lleva al tema crucial que hemos mencionado en otra oportunidad en “El futuro de la lectura” (El Imparcial, 6 de mayo de 2013). Lo que vaya a ocurrir con los libros, los libreros y las librerías no se agota en el modo específico de presentación de una obra literaria, pues su valor fundamental es la lectura, la pasión con que nos acercamos a los grandes clásicos o a los escritos novedosos, la convicción de que aprender a leer no es un logro obtenido por una vez, sino un compañero de ruta que nos acompañará hasta la muerte. Padres y profesores tienen una tarea primordial en asumir este desafío, al igual que los medios de comunicación y todos los que circulan en torno al mundo de los libros.

Como una coincidencia que se agradece, se inauguró a fines de septiembre la exposición La lengua y la palabra. Trescientos años de la Real Academia Española, comisariada por Carmen Iglesias y José Manuel Sánchez Ron, que presentó además un precioso libro homónimo (Madrid, 2013). Se expone en la Biblioteca Nacional de España, que a su vez cumplió 300 años durante el 2012. En lo que se refiere a los autores y obras, la exposición muestra retratos, joyas bibliográficas, documentos manuscritos, así como algunas muestras de la democratización de la educación y la cultura.

Si miramos todo esto en una perspectiva más amplia, nos damos cuenta de que no se trata simplemente reuniones de sabios o colecciones de libros, sino algo mucho más profundo: son representantes de la cultura en lengua española, lugar de encuentro de las letras, espacio privilegiado para seguir pensando la comunidad hispanohablante con un sentido unitario y de futuro, en lo cual la Real Academia Española de la Lengua ha desempeñado un papel fundamental.

Volver al tema de libros y libreros, librerías y bibliotecas, no corresponde ni a un epitafio anticipado ni a las loas exageradas de un discurso fúnebre. Tampoco se refiere al resurgimiento de la nostalgia por un mundo que va muriendo. Eso podría ser solo una apariencia fugaz por una época de transformaciones, aunque también responde a datos objetivos de cambios en las costumbres lectoras y en los medios de difusión del conocimiento. Cambios que –si somos sensatos– deberíamos aplaudir con entusiasmo y estimular con decisión, como ocurre en el caso del desarrollo tecnológico.

Es verdad que en el camino se verán afectados, al menos parcialmente, los hábitos inveterados que nos llevan a visitar una ciudad y sus librerías; a acumular libros leídos y por leer, junto a aquellos que quizá nunca abriremos y que solo forman parte del paisaje doméstico; asimismo en el mundo del libro será parte de las conversaciones nostálgicas o incluso irritadas que se preguntan cómo salvar una era que parece que está acabando. Quizá la respuesta sea aquella que dio Jorge Edwards (Premio Cervantes 1999) de manera simple y clara en su reciente visita a Segovia: “Mientras haya escritura y lectura, habrá vida”.

Solo depende de nosotros entonces, que los próximos años asistamos al funeral de aquello que hemos conocido y amado, o bien observemos la renovada y alegre constatación de que todavía hay vida, mucha vida, hermosa y digna de ser vivida.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios