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bárbara boloix desvela en un libro quiénes fueron las mujeres del reino nazarí

La historia olvidada de las sultanas que habitaron la Alhambra

jueves 03 de octubre de 2013, 17:02h
Bárbara Boloix, arabista y doctora en Historia de Al-Andalus por la Universidad de Granada, lleva años dedicada a la investigación del reino nazarí y, en concreto, a las mujeres que formaron parte de esta dinastía. Como resultado de sus estudios, ha publicado Las sultanas de la Alhambra (editorial Comares), un libro con el que busca saldar una deuda con unas mujeres cuya importancia y peso en la historia de Granada ha pasado inadvertida.
El papel que desempeñaron las mujeres del reino nazarí de Granada entre los siglos XIII y XV había pasado inadvertido hasta ahora para la historiografía. Bárbara Boloix, arabista y doctora en Historia de Al-Andalus por la Universidad de Granada, ha publicado Las sultanas de la Alhambra, un libro con el que pretende paliar este vacío documental y en el que desvela la aportación del colectivo femenino de la dinastía nazarí al curso de su historia.

Pero, ¿a qué responde esta falta de atención? Boloix lo explica: “La historiografía árabe–islámica elude siempre hablar del elemento humano femenino. Hay que tener en cuenta que en la Edad Media la historia se escribía por y para hombres y, más en concreto, en el Islam medieval, la mujer pertenecía al espacio privado, es decir, era considerada 'prohibida' o 'sagrada'. Era una prescripción coránica el que la mujer estuviese recluida, no expuesta a los ojos de los demás, ya que en su recato recaía el honor de la familia”.



La existencia de las sultanas de la Alhambra, al igual que la de otras mujeres de la historia musulmana, “ha sido silenciada por los autores en sus textos, ya que obviaban mencionarla por una cuestión de respeto hacia aquellas féminas que les resultaba ajenas, que no les eran propias", afirma Boloix, quien considera que esta circunstancia “hace más difícil reconstruir el hilo argumental de la historia de las sultanas nazaríes, objeto y objetivo del libro”.

Hasta ahora, se conocía poco de la mujer real nazarí. Según esta investigadora, “tan sólo se habían realizado esporádicas catas, consistentes en artículos de alto valor científico, sobre algunas figuras en concreto, sobre todo de los siglos XIV y XV”, sin embargo, “no existía un estudio completamente dedicado a todo el conjunto dinástico de las mujeres de esta dinastía”. Así pues, el propósito que se planteó al escribir el libro fue “llenar un vacío del que han adolecido los estudios nazaríes constituyendo el primer estudio dedicado in extenso a las mujeres de la Alhambra”.

Su estudio, que parte del siglo XIII con las primeras princesas del reino, no se detiene en 1492, año en el que Granada cayó ante los Reyes Católicos y concluyó la historia de Al-Andalus: “Se prolonga hasta principios del siglo XVII, pues pretende seguir la pista de aquellas mujeres que sobrevivieron a la conquista cristiana, ya que el fin del reino no supuso el fin de sus vidas”.



Boloix no se ha limitado a escribir sobre las sultanas, sino también sobre las esclavas, que igualmente habitaban la Alhambra: “Existía una gran diferenciación entre las esposas legales (azway) que tomaron los emires nazaríes, las cuales eran mujeres árabes y musulmanas nacidas en el propio seno de la familia nazarí, y las concubinas (ummahat al-walad) quienes, por el contrario, eran mujeres extranjeras importadas a la corte y obligadas a convertirse al Islam. Los derechos de unas y otras eran bastante distintos en función de esta diferencia social y, en particular, en función de la posesión o no de libertad. Mientras que las primeras eran libres, 'nobles' (hurra), por este origen aristocrático, las segundas tenían que ingeniárselas para escalar en la pirámide social del 'harén' nazarí”.

La llave para alcanzar la libertad, explica Boloix, “era la maternidad”, es decir, “la posibilidad de darle al sultán un hijo varón y, sobre todo, un heredero”. Una vez conseguido esto, “pasaban a la categoría de libres, de nobles, adquiriendo en consecuencia otros derechos y tratamientos reales”.



También había diferencias físicas entre unas y otras: “Mientras que la apariencia de las mujeres árabes debía de cumplir los cánones propios de esta civilización, la de las concubinas hispanas resultaba opuesta y, por lo tanto, exótica. Otro aspecto, desconocido hasta ahora y que revela este estudio, es la existencia de mujeres negras en la Alhambra, que trabajaban como esclavas domésticas y eran muy valoradas por sus dotes culinarias”.

El peso que tuvieron las sultanas de la Alhambra radica “en que no fueron meras sombras del poder masculino de la estirpe, como se ha podido venir pensando hasta ahora, y este es el punto que con más fuerza pretende rebatir este libro”, dice Boloix, quien sostiene que “hubo bastantes mujeres en la dinastía nazarí que, en distintas calidades (de esposas, de madres o de abuelas de sultanes) ejercieron una gran influencia en la política del reino”.

Así lo demuestran casos como el de la sultana Fatima (la madre de Ismail I), “quien se vio obligada a tomar las riendas del poder nazarí al ejercer la regencia compartida de sus dos nietos, Muhammad IV y Yusuf I, ante la minoría de edad de ambos”.

Además, a su juicio hay que tener presente que al tratarse de una época tan bélica, “tanto desde el punto de vista externo –abundancia de contiendas militares entre el emirato nazarí y la España cristiana– como interno –numerosas luchas dinásticas por el poder–, estas mujeres llegaron a tener a veces un protagonismo político y económico bastante acusado, pues se convirtieron en cabezas de familia cuando sus esposos o sus hijos, los emires, morían en enfrentamientos militares o en asesinatos políticos”.

Sin embargo, sigue habiendo preguntas sin resolver como conocer en qué rincones de la Alhambra residieron aquellas mujeres. Basándose en hipótesis, Boloix expone que, partiendo de que no todas las mujeres nazaríes conocieron la misma Alhambra, “las princesas del siglo XIII debieron residir en la alcazaba mientras que a partir del siglo XIV debieron vivir en las estancias privadas, superiores, de los Palacios de Comares y de los Leones alhambreños, ya construidos, así como en otras casas y mansiones adyacentes que no se han conservado”. Igualmente, añade, estas princesas “debieron de frecuentar el Palacio estival del Generalife”.



¿Qué tipo de reconocimiento recibieron una vez muertas? “Es de suponer que estas mujeres debieron de ser muy honradas en el momento de su defunción, por el alto rango que tenían, y parece cierto que fueron enterradas en los mismos cementerios reales que los propios emires nazaríes (el de la Sabika y el de la Rauda)”, explica Boloix, quien matiza que “así lo refleja el óbito de la sultana Fatima, la madre de Ismail I, en cuyo funeral, celebrado en la Rauda alhambreña, a espaldas del Palacio de los Leones, el célebre visir y secretario de la corte nazarí, Ibn al-Jatib, le recitó una hermosa y larga elegía que él mismo había compuesto con motivo de su muerte; un honor que bien podía ser digno de un sultán”.

Además de llenar un vacío en la historiografía de la dinastía nazarí, Boloix cree que a raíz de esta publicación, “se ha visto reforzado el protagonismo de las sultanas nazaríes en la Alhambra, ya que este trabajo ha permitido poner nombres propios a mujeres que hasta ahora habían sido prácticamente anónimas, así como ilustrar con anécdotas sus desconocidas vidas”.

Así, cree que este libro “ha vigorizado una actividad divulgativa que estaba ya en marcha”, ya que, como recuerda, desde hace diez años el Patronato de la Alhambra y el Generalife introdujo la temática de género en su programa de Visitas guiadas por especialistas, a lo que se ha sumado un itinerario semanal llamado La mujer en la Granada Andalusí y Renacentista. Espacios privados y de relación.
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