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La democracia acomplejada

David Ortega Gutiérrez
martes 01 de octubre de 2013, 20:18h
Realmente es curioso comprobar el complejo que nuestra joven democracia tiene frente al nacionalismo. Siempre he defendido la tolerancia frente a la discrepancia y a la diferencia, pero no en cuanto a los principios fundamentales del sistema democrático. La superación del Antiguo Régimen de las revoluciones liberales del siglo XVII en Inglaterra y del siglo XVIII en Estados Unidos y Francia, se basaba en un aserto muy utilizado en la Revolución: “nos damos leyes para no darnos tiranos”, esto es, los ciudadanos libres e iguales deciden su futuro plasmado en una norma fundamental de consenso que refleja la opinión de la mayoría: la Constitución. Es el resultado principalmente del pensamiento de Rousseau y su libro El Contrato Social, donde se defiende la doctrina pactista de la voluntad general. Las democracias modernas y representativas nacen de la mano del Estado constitucional y del concepto de soberanía popular frente a la soberanía del monarca absoluto.

España ha tardado dos siglos en subirse al tren de la democracia consolidada, pacífica y próspera. Sólo la Constitución de 1978 logró aplicarse y funcionar en estos dos siglos de historia del Estado constitucional, respecto al resto de nuestras Constituciones históricas, todas ellas fracasaron en su aplicación y representación de todos los españoles. La Constitución de 1978 se basa en el principio de soberanía, esto es, son los españoles libres e iguales los que nos hemos dotado de nuestra Norma de consenso y de convivencia, después de una terrible Guerra Civil y de 40 años de dictadura. La unidad de la Nación española fue un punto de encuentro de nuestra Constitución (artículo 2 CE), admitido mayoritariamente por todos los españoles, esto es la democracia. Y ese pacto de convivencia, esa Norma fundamental que nos hemos dado en libertad e igualdad, se quiere romper por parte de unos pocos nacionalistas que no respetan las normas democráticas, las sagradas reglas del juego que nos hemos dado y que algunos no quieren respetar. En democracia las normas se respetan, como las sentencias de los tribunales. Esto no es discutible. Lo esencial en democracia no se discute.

Es bueno no volver dos siglos atrás, antes de las revoluciones liberales. La democracia se basa en la razón, no en los sentimientos, en el presente y futuro, no en un pasado reinventado y, sobre todo, en la opinión de los ciudadanos libres e iguales, que son los soberanos. La Constitución de 1978 se puede modificar, pero siempre hay que respetarla, pues es el sagrado resultado de la opinión del único soberano: el pueblo español (artículo 1.2 CE: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”). El respeto a la Constitución ya aparecía en la Constitución de Cádiz de 1812 en su artículo 7: “Todo español está obligado a ser fiel a la Constitución, obedecer las leyes y respetar las autoridades establecidas”. Insisto, lo esencial no se discute, no podemos volver dos siglos atrás, aunque el nacionalismo siempre se ha encontrado a disgusto en las democracias, especialmente en el respeto a las normas y a los tribunales, pues la causa está por encima de las normas y tribunales que impiden su consecución. Cuidado con el poder de la causa que todo lo justifica, esto en los nacionalismos tiene un efecto terrible para las democracias, pues la causa está por encima de la democracia. La causa lógicamente es conseguir la nueva Nación y si para ello hay que pasar por encima de la democracia (respeto a las normas y a los tribunales), se pasa. Dicho queda, por eso no me gustan nada los nacionalismos, la causa todo lo justifica y la historia ya nos ha enseñado los efectos perversos de las doctrinas nacionalistas, basadas siempre en discursos emocionales, no racionales-normativos (fundamento de la democracia).

En las verdaderas democracias lo esencial no de discute. ¿Qué es lo esencial? Pues los tres pilares básicos que aporta el Estado democrático liberal: 1. El principio de legalidad, 2. La separación de poderes y, 3. Los derechos básicos de los ciudadanos libres -no súbditos- e iguales -no hay ya privilegios-. Todo ello se puede resumir en el Estado de Derecho, sin estos tres puntos no tendríamos un Estado de Derecho y, muchas veces lo he dicho ya: fuera del Estado de Derecho hace mucho frio. Los dos principios citados se encuentran principalmente en el segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil de John Locke, aunque el segundo -la separación de poderes- encuentra en El Espíritu de las Leyes de Montesquieu, su concepto más acabado. ¿Tendremos que volver a leer estos libros y andar otra vez este camino? ¿No hemos aprendido nada en estos dos siglos de historia constitucional? ¿Cuesta tanto aceptar la única Constitución que nos ha proporcionado tanta paz, progreso y convivencia?

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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