Cincuenta sombras y ninguna luz
sábado 05 de octubre de 2013, 20:02h
Cincuenta sombras de Grey, el gran éxito editorial del último año, es uno de esos libros que hacen las delicias de aquellos a los que gustan los libros como Cincuenta sombras de Grey. A qué clase de personas me estoy refiriendo, no lo sé. El único dato conocido es el que han ofrecido los hoteleros al informar de que, en lo que va de año, siete mil y pico abandonaron un ejemplar de la novela en sus instalaciones. Es una cantidad formidable, una barbaridad si se tiene en cuenta que la costumbre de los clientes de los hoteles es rapiñar todo lo que pillan, la toalla y hasta el papel higienizado, no abandonar sus pertenencias. Se trata, en definitiva, de un dato curioso. A mí, como autor de fracaso, me ha dejado atónito. ¡Lo que yo daría porque siete mil lectores menospreciaran mis obras!
Lamento, sin embargo, no haber podido leer el libro. He hecho una cata, como cuando te dan a probar un vino, y lo he rechazado. Sabía a rayos, puro garrafón literario. El crítico que lo calificó de unbelievably obnoxious, increíblemente detestable, no se equivocó. Admito, con todo, que la autora, a pesar de sus dificultades para construir oraciones coherentes, ha sido lo bastante lista como para comprender que, siendo muy pocos los escritores que viven bien de escribir y menos aún los que viven de escribir bien, debía elaborar una obra lo suficientemente mediocre como para complacer al mayor número posible de gente. Similis simile gaudet, dice la versión latina de la Odisea, o sea, al tonto le placen las tonterías.
El negocio editorial existe gracias a los malos libros. Si sólo se vendieran libros buenos habría desaparecido. Puesto que el público apenas logra mantener a un puñado de autores, el sueño de los editores es siempre el best seller, variante literaria del pelotazo. Con ese objetivo trabajan una nube de agentes y cazatalentos, todos pendientes de descubrir a alguien capaz de extraer la espada de la roca del éxito. Aunque hay excepciones, suele ocurrir que cuanto más lejos está un texto de la perfección estética, más posibilidades tiene de conseguir el éxito como mercancía. Las consecuencias son letales para la industria literaria y se asemejan a eso que los ajedrecistas de mundo llaman “zungzwang”: una situación en la que el jugador ya no puede mover ninguna pieza sin empeorar su posición.
Las ventas millonarias de Cincuenta sombras de Grey ha aliviado a la editorial que lo ha publicado y ha incitado a otras a trabajar en esta línea de novela lubrificante y mal iluminada, el “porno para mamas”. Aunque alguien, con delictiva incorrección, ha insinuado que hay que estar habituado a las migrañas post-menstruales para soportarla, yo he repasado los foros de internet y puedo asegurarles que la mayor parte de sus lectores son mujeres satisfechas de sus aficiones literarias. Muchas de ellas hablan incluso de un antes y un después de Grey, como si se hubieran acostado siendo unas mosquitas muertas y se hubieran levantado convertidas en cortesanas venecianas. Igual que en Grecia la filosofía favoreció el tránsito del mito al logos, el porno para mamás está implementando (permítanme señalar que nunca antes se había usado esta horrible palabra con tanta precisión), el paso de las relaciones vainilla a una sexualidad alto voltaje.
“Relaciones vainilla” es una expresión de las redes sociales. Alude al sexo conyugal, por definición ñoño y aburrido, la dieta blanda de la voluptuosidad. Con ella los cuerpos tiran, pero no se satisfacen. Grey, el príncipe azul del folletín, propone a la protagonista cincuenta platos diferentes, todo grasa y colesterol erótico, un menú degustación capaz de tentar a una santa de escayola. Las siete mil personas que han abandonado el libro en el hotel tal vez se hayan sentido molestas con la invitación o todo lo contrario. Yo sospecho que el libro ha sido leído como un manual de autoayuda, un libro de usar y tirar. Al fin y al cabo se trata de una versión actualizada de una historia conocida: la Cenicienta. Damas a las que hasta ahora encendían sólo amores provenzales parece que han descubierto gracias a esta nueva versión las bellas posibilidades que encierran la máscara y los grilletes. Se ve que están hartas de comer perdices y que sueñan con ampliar la carta.