Rajoy, honrado, honesto
sábado 05 de octubre de 2013, 20:03h
Y responsable. Tales son los adjetivos con que durante dos meses, agosto y septiembre, califican al presidente español muchos ciudadanos. No se trata de una encuesta formal. Sí de una curiosidad motivada por el debate surgido tras la declaración de Rajoy ante el Parlamento sobre el asunto de la corrupción económica de su partido. Pregunté en Madrid, Pontevedra y Santiago a gente diversa qué juicio le merece Rajoy. Profesionales que trabajaron con él directa o indirectamente, en ejercicio profesional o parlamentario, de uno y otro partido, o simples ciudadanos con función pública. Mintió, dicen unos. Dijo la verdad, responden propios. Mentira y verdad frente a frente. Viejo dilema. Casi todos los testimonios lo alaban al margen de la política. Algunos escudan la cuestión de si el presidente es sincero o no. Y escoran la respuesta citando al hombre Rajoy, no al cargo público, o la derivan al partido, nefando para muchos oponentes de contienda política. Criterio, este, que adjuntan al presidente si evitan el apellido.
En Rajoy confluyen corrientes históricas que pueden ahogarlo. Íntegro y recto, propiedades de honra, parece ser a juicio de quienes lo conocen o conocieron de cerca. También razonable y recatado, atributos, con la decencia, de quien es honesto. Y sobre todo, recatado. En las dos acepciones, cauto, modesto. Encubre lo que no quiere que se vea o sepa y cata el asunto, la res publica, por segunda vez. No se adelanta, ni precipita. No suelta el globo antes de la fiesta. Es lo que él entiende por sentido común, base y fundamento del realismo político, la Realpolitik. La comunidad de sentido depende, no obstante, de factores que no coinciden siempre con la mayoría de votos. Su concepto compromete la dialéctica que lo funda. Una cosa es el origen legal del cargo que sustenta, presidir el Gobierno representando al Estado, y otra, en parte, el ejercicio de la legalidad otorgada por la soberanía del pueblo.
Quienes afirman que Rajoy miente -gran parte de la oposición parlamentaria-, lo tienen claro. Procede incumpliendo el programa que le otorgó la mayoría del voto y defiende además, silenciándola, la corrupción en que se apoyó cuando lo eligieron y sostiene aún hoy su práctica. Contrarrestan la veracidad del presidente. De los otros, aquellos que entienden, a la sordina, la cautela, unos callan y, los próximos, aprietan filas. Lo creen, a su modo, veraz.
El propósito de la oposición consiste, pues, en impedir que el Gobierno cumpla su programa electoral. Los gobernante de entonces pusieron las condiciones adecuadas endeudando las arcas y reservas del patrimonio e impidiendo que las raíces del trabajo afloren por tiempo indefinido. Por eso la comunidad prescindió de ellos. Difícil aceptar este argumento, aunque se sepa fundado. No solo desbarató su ejercicio de representación pública. Al comprobar que Rajoy tampoco endereza el trabajo prendido en las restricciones y la sangría del desempleo, y a pesar de los dos años de presidente, la oposición apela entonces a la pérdida de legalidad adquirida por el mal uso de su ejercicio y la corrupción de fondo destapada con el caso del tesorero Bárcenas. Otra vertiente, aguda, de la política real antes citada.
El Gobierno puja, mientras tanto, contra este trasfondo evidente confiando en el aura que Europa y Estados Unidos le dispensan. La revista Time sitúa a Rajoy, a finales de septiembre, en el cuarto lugar de aceptación (27%) del esfuerzo realizado por los líderes europeos contra la crisis económica del continente. Detrás de, por este orden y tanto por ciento, Merkel (74), Cameron (37), Hollande (33), y antes que Tusk (26) -Polonia-, Monti (25), Samaras (22) y Necas (20) -Chequia-. Es decir, el programa europeo de Convergencia decide. Sin embargo, las dos miradas, hacia el entorno de estados y la situación concreta de España, divergen. La brecha se acentúa y el partido de la oposición tampoco se beneficia del mal ejercicio que atribuye al Gobierno. Y este repite incesante el argumento citado. Dialéctica con sordina de sordos.
¿Quién miente? Yo, no, piensa el político en su fuero interno. ¿Y cómo esto? Todos creen decir la verdad. Algo lógicamente imposible. Y el pueblo lo sabe. Sanciona al político como ente mentiroso. Así, en grueso, aunque luego vota a uno u otro, se entiende que como menos mentira de sí mismo. La verdad depende de su criterio de veracidad. Del acto que la conforma y dicta. Y este es complejo. En el político inciden factores de estrategia, conveniencia, oportunidad, posibilismo, logro, orgullo, prestancia. Las condiciones de verosimilitud difieren según los medios y situaciones que las comprometen. Una red de redes, y nunca mejor dicho, pues en ello estamos, enredados. Es el nuevo código de la realidad social, antes que política. Enredarse. Liarse. Ser célula, nano, elemento de una circunvolución programada. La verdad política se programa. Y quien está avezado a ella, apenas distingue. Por eso los políticos que se dicen democráticos, es decir, tolerantes, enredan ley y juicio, pues diputados y jueces ofician bajo el mismo concepto, la ley. Prescinden, no obstante, del fundamento homologado en uno y otro nombre, política y justicia, poder legislativo y judicial. Meten en único giro de sinapsis cerebral ambas denominaciones. Y todo resulta simulación digitalizada. La vigencia social, su momento -el factor sociológico-, prima sobre la razón constituyente, su raíz auténtica.
La confrontación de la persona y el cargo nos lleva al problema crucial del rostro dramático. Ya no hablamos del concepto persona que, con el cristianismo, convirtió a la mirada próxima del griego (pros-ops, junto a y ojo, vista) en propiedad moral del sujeto, desde entonces, jurídico. La mirada y el decir se unieron en función pública, alterativa, de responsabilidad del individuo en todas sus acciones. Los expertos de la res publica olvidan, no todos, evidentemente, este hecho histórico. El fondo de la historia está siendo en nuestros días otra cara del olvido heideggeriano del ser que habitamos. Pura ecología del pensamiento. Preferimos la máscara, el rostro pantalla -no el griego, siempre dramático, que revolvía el trasfondo del ser humano-, a la persona jurídica. La trascendencia que este concepto comporta es la fuente de representación pública por consenso de voluntades. Su olvido solo trae derrumbe y costra.
Cautela rima con prudencia. Y el hombre prudente acierta siempre, pero con el tiempo. Su horizonte es largo. No se aviene a la urgencia de quienes lo han perdido; de quienes convierten el Estado en hormigueo. Precaución la tiene también el astuto y la astucia se codea fácilmente con el engaño o la verdad a medias. Hay situaciones que comprometen la reserva de procedimiento. Reclaman fondo y trasfondo de la persona en razón de las consecuencias. Requieren texto y contexto. El decir, habla, y estado de lo dicho. En esto consiste ser responsable. Y hoy necesitamos el peso de la respuesta. Su rostro es múltiple, pero se perfila con líneas fundamentales: pensamiento, invención, industria, trabajo, cultura creadora y sus implicaciones, visibles y audibles en el lenguaje. La unidad de entendimiento. Y esto es lo que pierde ahora mismo España. Nos urge la verdad del ser. Alguien que la piense y obre diciéndola.
Vale más ser político de veras que presidente de circunstancias. El tiempo premia la verdad y avienta la pelusa del murmullo que lo amaga y miente.
|
Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
|
|