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Los héroes cotidianos del siglo XXI

Alejandro San Francisco
lunes 07 de octubre de 2013, 20:02h
Los tiempos que nos corresponde vivir a comienzos del siglo XXI son realmente apasionantes y quizá inimaginables hace décadas o incluso años atrás. Un desarrollo tecnológico sin igual, la ampliación de las libertades personales y la consolidación de regímenes democráticos en gran parte del mundo, y un amplio acceso a bienes culturales o de consumo, entre otros. Todo esto coexiste, lamentablemente, con guerras y violencia en algunas partes del globo, organizaciones criminales de carácter internacional, así como áreas de pobreza que parecen haberse quedado a la deriva de la historia. Un mundo con dicotomías y desafíos, que requiere de personas activas y comprometidas en la construcción del presente y la definición del futuro.

Vuelven a adquirir vigencia algunas de las proposiciones que planteaba hace casi exactamente un siglo Gilbert K. Chesterton en Ortodoxia (edición reciente de Acantilado, 2013): hace falta a nuestra vida un poco de fe; conviene abrigar un cierto disgusto sobre el estado actual de las cosas, aún para vivir satisfecho; para alcanzar esta proporción necesaria de contentamiento y de disgusto no basta la solución intermedia de los estoicos. Podríamos pensar que estamos en el mismo nivel que hace cien años, y que las inmensas oportunidades que ofrece el mundo de hoy coexisten con una autocrítica política y económica sobre nuestra civilización, así como muestran una cultura con signos de decadencia y debilidad. Parece demasiado parcial y pesimista este análisis.

Aunque se puedan buscar mil explicaciones para atacar o defender nuestro modelo de desarrollo actual, o aunque pasemos de la exaltación de sus virtudes a la depresión por sus vicios y debilidades, tal vez sea más saludable repensar en la actualidad la aparentemente anacrónica figura del héroe. No hablo de aquellos héroes que llenan los libros de historia con sus hazañas militares, las plazas con sus grandes monumentos o los panteones con sus tumbas admirables. Nos referimos más bien a aquellas personas que en su vida cotidiana viven heroicamente con un trabajo bien hecho, con convicciones fuertes (pocas, intransables), con ese heroísmo de los inconformistas (pero que viven con los pies en la tierra), de los que aman la libertad con pasión y que saben que una vida mejor es posible. En síntesis, de esos hombres y mujeres que rechazan la neutralidad ética, que creen en ciertas verdades, que están dispuestos a dar la vida o a sufrir las adversidades sin rendirse a la primera tentación o amenaza.

Es necesario volver a la figura del héroe en un momento en que la discusión teórica ha perdido dramatismo y el intercambio de ideas carece de valor, y todo parece reducirse a intercambios contables o necesidades materiales. Es decir, una cultura plana, sin relieves, con escasas convicciones. En definitiva sin heroísmo. No se trata de vivir amargado, odiar al mundo o ser un profesional de la crítica. No se trata de eso. Precisamente porque hay que amar al mundo es que debe permanecer la ilusión por hacerlo mejor. No es que se odie al hombre: se le desea virtuoso, fuerte, profundo, con valores firmes ¡un héroe!
Volvamos a los clásicos un momento: Sócrates afirmaba que la vida moral, la libertad, consiste en hacer de sí mismo el mejor hombre posible. Aristóteles tiempo después, definía la magnanimidad como la capacidad del hombre para acometer grandes empresas, extremando su virtud y dispuesto al riesgo y al sacrificio. Se refiere al hombre cabal, podríamos decir al héroe de cada día.

Esta idea está presente, sin duda, en la última novela de Mario Vargas Llosa, El héroe discreto (Madrid, Alfaguara, 2013). En una de sus referencias al tema, al presentar el libro a la prensa, el escritor peruano ha señalado que “estos héroes anónimos son los que hacen que verdaderamente progrese la sociedad y son los que constituyen la verdadera reserva moral para un país”. La obra ilustra de manera literaria, por ende ficticia, algo que se puede ver en la realidad cotidiana todos los países, aunque los personajes no ocupen las páginas de los periódicos o minutos en los noticias de televisión: a pesar de la corrupción existe la decencia; frente a la visible degeneración presente en muchos ambientes, hay personas que luchan de manera anónima por el progreso social y moral del mundo contemporáneo.

Así está el profesor que enseña con pasión en circunstancias muchas veces adversa; la madre que se desvive en su trabajo profesional y en el cuidado de sus hijos; tantos médicos que dan testimonio de su compromiso con la vida humana; periodistas que informan veraz y oportunamente; obreros, policías, empresarios, escritores y tantas personas que en sus actividades cotidianas dan muestran de un heroísmo cotidiano que mantiene al mundo en marcha y que nos permite seguir creyendo en el futuro.

Necesitamos un esfuerzo de creatividad para buscar a los héroes del presente y del pasado. Mirar las plazas y las páginas de los libros de historia nos dan una idea del desarrollo de las sociedades, pero eso es necesariamente incompleto. Debemos bajar a la vida cotidiana de los hombres y mujeres que a lo ancho del mundo han comprendido en sus propias vidas las posibilidades del heroísmo cotidiano y lo asumen –con sus personales limitaciones– con decisión y valentía.

Son las personas capaces de comprender que la virtud, el justo medio, no es indecisa mediocridad, sino la adecuada ponderación de los factores para obrar correctamente. No se ubican en esa falsa dicotomía entre relativismo y fanatismo, sino sobre ellos, porque saben que esa determinación personal con la que sostienen determinados valores es producto de una sabiduría profunda. No se trata de defender cualquier cosa ni comprometerse en cualquier causa, pero con la misma fuerza hay que rechazar la apatía y la indolencia. Héroes para el siglo XXI –llámense discretos, cotidianos o normales– son los que definirán el curso que tome la historia en las próximas décadas.

El trabajo cotidiano, un genuino sentido de servicio a la sociedad y el aseguramiento de las grandes convicciones morales constituyen las nuevas tareas del héroe en un mundo que, si realmente lo amamos, debe contar con nuestro compromiso personal, decidido y permanente.
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