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Los españoles y la lectura

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h

Los españoles se dividen en dos grandes grupos: aquellos a los que no les gusta leer y aquellos que nunca tienen tiempo para leer. Por supuesto, hay una minoría que lee, pero no es seguro si son españoles, buenos españoles.

La misma irreflexión que lleva a festejar el aumento de masa forestal del país cuando arden robles centenarios y son sustituidos por eucaliptos de rápido crecimiento alimenta todas esas estadísticas autocomplacientes que desde hace años demuestran que en España leemos más que nunca. Verdad que el número de analfabetos ha disminuido, pero estar capacitado para leer no convierte a nadie en lector en el sentido que se dice que es lectora la persona que frecuenta ensayos o novelas. De esta clase hay pocas en España y la prueba acaba de ofrecerla el reciente estudio de la OCDE que nos coloca a la cola de los países civilizados en comprensión lectora.

Salvo que la actividad intelectual se reduzca a interacciones eléctricas en el interior del cerebro y la cabeza de los españoles esté hecha con un material distinto del que constituye la sustancia gris de los europeos, algo duro, celtibérico, impenetrable, nuestra incompetencia lectora debe atribuirse simplemente a un hecho: la falta de práctica. Américo Castro sugirió hace tiempo una explicación histórica para esta bochornosa costumbre: los españoles no leen porque piensan que la cultura es cosa de afeminados y judíos. El cristiano viejo, gremio al que pertenecen también los nuevos ateos, prefiere informarse por el cura, la versión laica del cual es el tertuliano, y satisfacer sus apetitos espirituales escuchando el larguero. Naturalmente, no voy a discutir aquí una teoría cuyas raíces se hunden en esa larga guerra civil que conocemos con el nombre de Reconquista, cuna de pueblos. Me limitaré a referirles lo que dijo de nuestra patria un zoólogo trotamundos que se quejaba de la presencia de ruidosos españoles en todas partes: “un pueblo “ubiquista” (en zoología se llama así a las criaturas que viven en cualquier medio), si no fuera porque es prácticamente imposible encontrarlos en una librería”.

Como el español no tiene costumbre de leer, cuando se ve obligado a hacerlo apenas entiende lo que lee. Su grado de conciencia delante de un libro es similar al de la persona que se va adormeciendo en un cuarto lleno de monóxido de carbono: una especie de letargo del que sólo cabe escapar abriendo de par en par las ventanas. Esta experiencia es probablemente la causa de que muchos compatriotas vean la sabiduría como una cosa soporífera y hermética, algo que hay que relacionar también con la proclividad de nuestra mediocre clase intelectual a la pedantería y el oscurantismo. La ampulosidad, el henchimiento, la grandilocuencia no han sido aquí nunca indicio de vanidad y falta de trato con la esencia de las cosas, sino más bien lo contrario. A base de malabarismos y acrobacias retóricas se pretende llegar a la verdad, o al menos dar la impresión de haber hecho el esfuerzo que aproxima a ella. ¿No se han sentido ustedes nunca leyendo artículos de opinión de cualquier periódico nacional, incluyamos con elegancia el nuestro, como un incrédulo obligado a arrodillarse ante la piedra negra de Émesa? A mí, lo confieso, me entran a veces ganas de llamar por teléfono a los autores y gritarles lo que Falstaff al portaestandarte del rey Enrique: “Di lo que tengas que decir, pero dilo como un hombre de este mundo”.

En definitiva, que no se lee, y no se lee porque no se necesita leer, porque sabemos sin necesidad de conquistar la verdad, por ciencia infusa, como decía San Agustín que le sucede al hombre de fe, aunque nosotros hemos perdido la fe y, pese a presumir de sistema educativo, nadie nos ha enseñado a cultivar el placer de la lectura, un placer que está tan lejos del análisis gramatical y el complemento directo, los dos pilares de nuestra enseñanza literaria, como el fárrago verbal del auténtico conocimiento.
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