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El 12 de octubre en Barcelona

sábado 12 de octubre de 2013, 19:34h

Hoy es el Día de la Hispanidad y a uno se le ocurren muchas cosas que escribir sobre la conmemoración. Podríamos, por ejemplo, recordar a esos miles de españoles que están fuera de nuestras fronteras ganándose la vida haciendo buena la tradición de que España es tierra de emigrantes. También podría uno llevar la contraria en este día y escribir, por ejemplo, la denuncia de aquellos fascistas y nazis que hoy se envuelven en la idea de la Hispanidad mientras desprecian el resto del año a los miles de hispanoamericanos que viven en España, trabajan en España y han hecho de esta tierra la suya durante décadas: esos mismos hispanoamericanos a los que llaman “panchitos” o “guanaminos” todos los días del año menos éste. Tal vez uno podría dedicar unas líneas a recordar a esa parte de la Hispanidad que casi nadie recuerda: las Filipinas, Sefarad o los moriscos expulsados, que siguen recordando aún una memoria distinta pero no menos española. Sí, podríamos recordar a esos olvidados que murieron con el nombre de España en las Guerras de África o Cuba, luchando en la Resistencia francesa contra los nazis, en la helada Rusia y hasta en la Conchinchina. Podrían escribirse muchas columnas recordando a todos aquellos que dieron su vida por España y cuyo sacrificio conmemora el obelisco del Paseo del Prado en Madrid.

Pero hoy quiero escribir sobre el 12 de octubre en Cataluña y sobre cómo el silencio se ha ido rompiendo y miles de catalanes han rescatado hoy, una vez más, el nombre de España y dos de sus banderas: la nacional y la catalana.

Durante décadas, los nacionalistas fueron secuestrando una parte del patrimonio común de todos: la lengua de Cataluña, su Historia, sus tradiciones y su memoria. Este secuestro se hizo con la colaboración activa de muchos y el silencio cómplice de muchísimos que vieron en la defensa de España algo caduco y antiguo, casi de mal gusto. La memoria nacionalista se fue, pues, construyendo sobre un pasado hurtado, silenciado, escondido. Podría escribir hoy cómo la propaganda nacionalista fue construyendo una memoria, un pasado mítico, una narración falsa con objetivos políticos, pero no lo haré hoy porque ese espejismo nacionalista está desapareciendo en Cataluña.

Más de ciento cincuenta mil personas se han manifestado hoy en la Plaza de Cataluña –por la que tantas veces pasó Horacio Vázquez Rial, uno de los intelectuales más lúcidos de la Hispanidad contemporánea- y han llevado consigo la alegría y la esperanza de los millones de españoles –catalanes o no- que creemos que otra Cataluña es posible. Ese mar de banderas rojas y amarillas -algunas con tres listas y otras cuatro palos de gules rojos- tenía un fondo de muchos años de silencio roto.

Rabí Akivá dijo que el momento más oscuro de la noche es el comienzo del amanecer. Cuando más profundo parece el delirio nacionalista en Cataluña, aparece Jordi Cañas –licenciado en Historia, cuarenta y tantos, casi siempre de oscuro- y se mantiene hablando en castellano frente al desprecio y la mala educación de la Presidenta del Parlament de Catalunya. Y entonces, en ese momento, Cañas nos reivindicó a todos los que creemos que cada uno debe hablar en lo que le dé la gana y que la riqueza lingüística es parte de la fortaleza de Cataluña y no uno de sus problemas. Cuando peor parecía estar todo, llega Albert Rivera, se empieza desnudando en los carteles electorales y termina diciendo en el Parlament y en la calle lo que millones piensan cada día: que se sienten catalanes, españoles y europeos y quieren seguir siéndolo. Y junto a él hay otros muchos como lo estuvo mi amigo Horacio -argentino, español, catalán de los mejores- que han ido rompiendo esa espiral del silencio nacionalista que mata civilmente a quien discrepa. Ahí estuvo Horacio y ahí están Girauta, García Domínguez, Arcadi Espada, Horcajo, Alejo Vidal Quadras, Boadella y tantísimos otros que –desde sus diferencias- tienen claro que ya está bien de que los nacionalistas le digan a uno todo lo que debe hacer y decir y en qué lengua debe decirlo. ¡Ah! Y que ya está bien de que –encima- saqueen el patrimonio de todos. No se engañen: en el mundillo nacionalista el que no corre vuela y hay alguno que es hasta piloto. Los nacionalistas han emprendido una huida hacia adelante porque tienen detrás a la policía, los jueces y millones de ciudadanos que se están cansando de este engaño que ya dura demasiado.
Y ese mar de banderas en la plaza de Cataluña lleva consigo un rumor que nadie puede detener ya. Prou! Basta ya de silencio, basta ya de propaganda nacionalista. Ha llegado la hora de que el aire corra en Cataluña llevándose ese olor a naftalina y a podrido que todo nacionalismo exhala.

Cuando aprendí mis primeras palabras en catalán, gracias a un amigo de Barcelona, no podía imaginar las horas de felicidad que me depararía su literatura, sus canciones y esa sonoridad tan especial del catalán cotidiano, infinitamente distinto del que hablaba Montilla.
Algo está cambiando en Cataluña en esta vorágine desatada hace muchos años por personajes imposibles de describir y aun de creer. Ese mar de banderas en Barcelona, en este Día de la Hispanidad, demuestra que otra Cataluña y otra España son posibles. La fuerza del nacionalismo es la mentira y su combustible es el resentimiento y frente a ellos se han alzado miles de ciudadanos que piden la libertad y la palabra como hacía Blas de Otero.

Esta columna celebra, hoy, un Día de la Hispanidad que canta en español, en catalán y en todas las lenguas nuestras.
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