Con la batalla por la titularidad de la selección española que competirá en Brasil como telón de fondo, Iker trata de encontrar el acomodo a su nuevo estatus en el Santiago Bernabéu al tiempo que comprueba como Victor Valdés le gana terreno.

En algo más de una década de gestión al mando del club más rico del planeta
nunca había sentido la necesidad de arriesgar su hierática postura silente ante las informaciones que vomitan las callejuelas de la rumorología periodística. No creía necesario exponerse a las afiladas cuestiones de los medios que exprimen, con lupa, la actualidad diaria de la institución que preside bajo ningún concepto, ya que considera, con debatido criterio, que
solo debe explicaciones a los socios que alimentan al Real Madrid, al igual que solo justifica y expone sus decisiones a los accionistas y socios del gigante de la construcción que ha levantado. Sin embargo, aquella tarde del pasado 24 de enero era especial.
Florentino Pérez rompió de manera abrupta su filosofía de actuación personal y desmintió con rotundidad la información publicada ese mismo día. El vestuario le habría exigido el despido de Mourinho, en una suerte de ultimátum antagónico a la ética profesional de afrontar un trabajo, a través de sus dos capitanes.
Se encendía el volcán.“
Se ha publicado una información que es mentira y tiene el objetivo de desestabilizar al club y al equipo, y eso es lo que yo quiero denunciar, porque en esa reunión solo estuvimos los dos capitanes, el director general y yo, y nadie nos ha llamado para recabar nuestra versión”, declaró con una rotundidad revestida de impotencia acumulada. El mandatario merengue aclaró que en el encuentro con Sergio Ramos e Iker Casillas “solo se habló de las primas”, cerrando el
discurso oficialista con una exposición coherente y creíble de lo acontecido. Pero, en su narración de las interacciones posteriores a la publicación del bombazo para averiguar por dónde se filtró la constatación de la palpable -sobre el césped- ruptura entre una sección del equipo y el técnico portugués, Florentino explicó de este modo el su
modus operandi: “A mí nadie me ha llamado para contrastar, ni al director general, aquí presente, ni a ninguno de los capitanes, porque he hablado con Sergio Ramos y él lo ha hecho con Iker Casillas”. Es decir,
el presidente no llamó al primer capitán. ¿Simple coincidencia? La perspectiva temporal demostró, con la suplencia perpetua de Iker -lesión mediante-, la
gravedad de aquella reunión en el desarrollo de la temporada madridista y la trascendencia que el ideólogo de la era galáctica otorgó a la situación y al presunto “chivato”.Llegó el
periodo estival con el oasis que representan las convocatorias de la selección española, para más inri con la excusa de ganar, de una vez, la Copa Confederaciones y redondear el ciclo legendario del fútbol nacional. Tras el sonrojo brasileño,
con titularidad del inédito Casillas en detrimento del mejor Valdés incluida -situación que se ha hecho extensiva al arranque de la presente temporada-, desembarcó en el Santiago Bernabéu la
operación lavado de cara. El fichaje de
Carlo Ancelotti, al que, comprobado el nivel de agresividad latente alcanzado por el vestuario y entorno madridistas, se le colocó el apodo de “
pacificador”, debía suponer una inyección de aire fresco para evacuar los gases nocivos que emanaba el viciado ambiente que dejó la volcánica relación entre los pesos pesados y el
Special One. La españolización, confirmación de cuatro canteranos en la primera plantilla y compra de Gareth Bale ejercieron de aliño idóneo para
reconquistar la paz social olvidada tras la consecución de la Liga de los récords.

Pero el ilusionante -y supuesto-
tratado de paz firmado por Casillas en pos de aunar esfuerzos y aportar al colectivo en los primeros peldaños del nuevo ciclo merengue se ha destapado como un simple armisticio. La confianza de Vicente del Bosque relanzó la autoestima del mejor portero de la historia del balompié español y, con Mourinho de vuelta en Londres, todo hacía indicar que la portería del Real Madrid regresaría a su dueño más ilustre. Porque el ostracismo sufrido en los últimos 6 meses de diáspora psicológica era producto de una sanción disciplinaria que se convertiría en desavenencia personal, o viceversa.
No había ninguna razón estrictamente deportiva que justificase un mínimo de duda sobre quién debía ser el meta titular, toda vez que la lesión y su proceso de recuperación quedaron en el olvido.
O eso pensaba Iker.“
Iker Casillas se entrena mal, siempre se ha entrenado mal y quizá por eso no juega”, diagnosticó
Arrigo Sacchi en plena fricción capitán-entrenador en el pasado abril. Su laureado compatriota compartió análisis de manera involuntaria al tomar las riendas del renovado Madrid. Diego López mantenía su preponderancia en los planes. También en los de
Carletto, el nuevo entrenador, “el pacificador”. ¿Cómo era posible? ¿Cómo se podía faltar el respeto de “un mito, un jugador al que hay que proteger y tratar de modo diferente por todo lo que nos ha dado” -en palabras de Vicente del Bosque- de ese modo?
El histórico portero madrileño ha roto su silencio este jueves. "
El jugador pasa por momentos en los que quizás no estás siendo protagonista o disfrutando de este deporte y se te pasa por la cabeza el tomar alguna decisión. Soy humano, futbolista, llevo sin jugar nueve meses, y también se me pasa, pero quiero seguir aquí, estar aquí, seguir ganando más títulos con el Real Madrid y
he decidido que quiero formar parte de esta plantilla y de este club muchísimo tiempo”, ha declarado. Este es el mensaje estabilizador que ha necesitado el doliente madridismo de su emblema. Pero su discurso no concluyó en este punto: "
Si dentro de tres meses la situación no cambia y me hacen la misma pregunta, a lo mejor contesto que me estoy planteando irme". Es debatible si este brochazo amenazante resta legitimidad a la condición de capitán de Iker Casillas. Lo que no resulta discutible es que el eterno “
1” de España no ha abandonado sus armas, ya sin el enemigo portugués, quizá dirigiendo su actitud defensiva hacia el palco, ahora sí de manera explícita.
El acto promocional en la población que le vio crecer, Boadilla del Monte, dejó, además, una aseveración que merece análisis: "
Para bien o para mal el año pasado tomé la postura de estar callado y eso la gente tiene que respetarlo. Por encima de mí siempre estaba el club. He tenido un trato muy directo con el presidente estos ocho meses y en todo momento me he sentido muy arropado por el club".

En efecto, Iker no ha tratado este delicado tema hasta este jueves como portavoz de su sentir, afrontando la rumorología desatada tras la exposición pública del cisma con su ex entrenador en la oscuridad del silencio. Sin embargo, dicha afirmación no resulta del todo cierta. Su amenaza velada de abandonar el club de sus amores si no le otorgan la titularidad no ha estallado como merece el peso de dichas palabras y la relevancia del protagonista. Para encontrar el motivo de la escasa polvareda levantada por estas declaraciones se antoja necesario remontarse al pasado agosto.
Sin dar tiempo, siquiera, a cerrar el primer mes de competición, los portavoces mediáticos de Casillas lanzaban la siguiente información: “El entorno de Iker Casillas comenta que si la situación no cambia de aquí -27 de agosto- a diciembre, el portero de la selección española se plantea abandonar el Real Madrid y buscar equipo”. Aquella proclama ejecutada bajo el recurrente eufemismo del “entorno del futbolista” granjeó al guardameta el honor de alzarse como
trending topic del día con el
hastag #ikerveteya y, aspectos cibernéticos aparte, conllevó la incomprensión de un sector de la parroquia madridista, sin asideros para filtrar la amenaza de su símbolo ahora que el terreno había quedado despejado y bañado de ilusión.
El mayor daño colateral que ha ocasionado el enfrentamiento con Mourinho al excelso arquero es el cambio de estatus. Casillas dejó de gozar de los beneficios que su brillante hoja de servicio le había concedido en el instante en que el luso derribó el pedestal del mito para asimilar su elevada condición a la categoría de
uno más en la lucha por el puesto, con las obligaciones -quizá olvidadas por obra de los parabienes de la gloria alcanzada-
inherentes a la meritocracia. Unos deberes a los que Iker, quizá, no se sienta obligado a completar, ganado lo ganado. "Depende de la oposición que tienes, porque si eres un jugador que tienes competencia directa, fuerte, diaria y exigente, que te presiona a estar en el máximo de tu forma, yo diría que es imposible entrenar mal porque jugaría el otro, pero
si eres un jugador sin gran oposición que se siente tranquilo, protegido e intocable, puede pasar que te acomodes", resumió Mourinho.
No hay analista que pueda discutir el
derecho de Iker Casillas a buscar un destino que le asegure la titularidad de la selección española en el Mundial de Brasil 2014 -a esta fecha de calendario resulta obvio que este es el
leitmotiv de lo expuesto con anterioridad-, ni siquiera el
derecho a patalear cuando descubre que la realidad es bien diferente a lo imaginado con Ancelotti al mando. Sin embargo, como consecuencia a esta amalgama de acciones y reacciones, se abren dos reflexiones de manera ineludible:
¿la mancha que Iker está derramando sobre su brazalete de capitán del Real Madrid y simbolismo queda justificada por el interés por cerrar la etapa con España con un entorchado mundialista con papel protagonista?¿Se adelantan los plazos de la inevitablemente necesaria renovación de la portería madridista con el doloroso “affaire Casillas?