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RESEÑA

Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte

domingo 20 de octubre de 2013, 12:34h
Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte. Seix Barral. Barcelona, 2013. 240 páginas. 18 €. Libro electrónico: 10,99 €
La periodista Rosa Montero es garantía de ventas para cualquier editorial. Su tribuna en El País le confiere una visibilidad y poder que muchas mujeres, y también hombres, desearían. Umbral dignificó su figura en una columna no carente de algún dardo, como aquel referido a sus textos como “novelas de tesis”. El obligado cumplimiento con la rentrée de la madrileña nos trae nuevo título para estos meses de otoño que angostan cualquier amor de verano y donde se oculta un texto misceláneo que da curioso sentido al rótulo La ridícula idea de no volver a verte. Lo que debiera ser un prólogo al Diario íntimo, redactado tras la muerte de su esposo, de Marie Curie, se convierte en excusa para dar rienda suelta a la escritura de Montero. No hay dolo alguno pues, según explica en el mismo libro, lo redactó bajo acicate de su editora, que debe frotarse ahora mismo las manos. Sin embargo ni el tono, ni la extensión, ni la mixtura del contenido (con fotos, referencias a hastags, memorias, pensamientos, algunos de baratillo…) alcanzan pase literario. Resulta más una sucesión de sus conocidas columnas dominicales o si apuramos una columna constante a la que añade, leves reflexiones, mensajes privados de Facebook, incluso fotografías con insulso pie: “Ésta es Rosalind Franklin: guapa, ¿eh?”... De este modo configurado, el libro queda como una amalgama de retales prescindibles en su mayoría y, por más que celebren los ciegos acólitos, estas páginas devalúan el posible crédito de la autora.

Hay flagrantes contradicciones que sonrojarían a cualquier diletante literario (pág. 15). Comenta Montero cómo al preparar una novela “escribí los tres capítulos primeros. Y me gustan. Además sé todo lo que va a pasar después”. Mala señal ya, aunque no queda ahí la cosa: “es decir, creo que puede ser emocionante para mí escribirlo”. Pocas líneas más abajo afirma sin titubeo que abandonó el proyecto de “aguantar las tediosas y larguísimas sentadas” de escritura. ¿No quedábamos en que escribir emocionaba? La sinceridad de la autora al confesar los “meses de soberano e insufrible aburrimiento al teclado” que implica para ella la escritura nos deja atónitos. También hay declaraciones pueriles (págs. 16-17): “Con esas palabras que colocan, que completan, que consuelan, que calman, que te hacen consciente de estar viva. Vaya, todos los términos me han salido con C. Extraordinario”. ¿El qué será extraordinario? se preguntará el lector competente. Aclaremos también que la radiactividad es propiedad de ciertos cuerpos y no de la Naturaleza, así en su globalidad, como se afirma en estos apuntes que mejor cabida hubieran tenido en las entradas de un blog.

A Montero le escandalizan las justificaciones alegadas por Marie Curie para no abandonar la ciencia por cuidar a su hija. Quizá no sopesé que uno siempre es fruto de su tiempo y, por tanto, los comportamientos y actitudes responden a un contexto epocal, que aunque no determine, si condiciona. Juzgar moralmente desde nuestro horizonte cultural otros tiempos peca cuando menos de prepotencia y resulta una simpleza intelectual. Montero confronta su biografía con la de Marie Curie y describe una concatenación de sucesos que solo bajo el capricho podrían denominarse coincidencias, como hace la autora (págs. 140-143). Al calor de semejante antojo brotan recuerdos personales de la periodista y plantea similitudes entre ambas biografías, incluso entre ¡detalles anatómicos! Lo cual hace exclamar a la periodista: “¡Qué alegría compartir algo con ella!”. No sus aspiraciones, no su valentía, no su esfuerzo, sino tener el anular más largo de lo normal, vaya. Además, la madrileña afirma haber “descubierto” a cierta edad que el concepto “normal” está más ligado con lo normativo, con la regulación, que con lo habitual (pág. 82). No será más propio decir “aprendido” que “descubierto”. Así escrito pareciera usurpar el mérito del importante hallazgo intelectual al filósofo francés Michel Foucault, descrito en su apasionante estudio Historia de la locura en la época clásica.

Lo sustancial, el diario de Marie Curie, queda en este libro relegado a un ¿apéndice? que justifica las páginas de Montero de orden secundario, y se altera así el valor de los elementos. De los apuntes biográficos de la famosa investigadora sacamos varias conclusiones, aparte de la sociedad machista que le tocó lidiar, y en la que se insiste con vehemencia en este libro, el sacrificio del trabajo, la tenacidad del esfuerzo, el ansia de superación, valores hoy poco comunes en nuestra sociedad de la inmediatez y del intrusismo profesional en la que un breve curso legitima a cualquier hijo de vecino como cantante, escritor, bailarín o fotógrafo ¿y por qué no también de cirujano o juez? El contraejemplo de Marie Curie revela la falacia. Solo personas de cierto talante y voluntad recorren sin desmayo el duro camino de la investigación. Marie Curie sacrificó buena parte de su vida en busca de unos rayos luminiscentes que a la postre le arrebataron la vida, pero que dieron sentido y arrebatadora luz a su vida.

Por Francisco Estévez

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