www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Ni indiferentes ni infelices permanentes

Alejandro San Francisco
lunes 21 de octubre de 2013, 20:02h
En el último mes hemos tenido algunas noticias tristes que nos deben llevar a pensar de manera especial. Por una parte, cientos de personas murieron cerca de las costas de Lampedusa, en un intento desesperado de un grupo de africanos por llegar a Europa y cambiar su vida. Tuvieron un dramático final. En un contexto diferente, un grupo terrorista somalí perpetró un atentado en un centro comercial de Kenia, donde resultaron muertos cerca de setenta personas. Si seguimos escarbando, nos encontraremos con otras tantas malas noticias que muchas veces opacan las cosas buenas que suceden día a día en el mundo. ¿Qué hacer en estas situaciones?

Me parece que hay dos formas igualmente nocivas de enfrentar este tipo de problemas, el sufrimiento que experimentan distintas personas y grupos en el mundo, la acumulación de odio y violencia, el drama y la vergüenza de los vejámenes a la persona humana en pleno siglo XXI. La primera actitud, tan habitual como triste, es la fría indiferencia, permanecer absolutamente ajenos a los problemas de la humanidad, precisamente porque consideramos que son problemas lejanos. Esto nos llevaría a suponer las persecuciones y matanzas que sufrieron en la Alemania nazi serían una cuestión exclusiva de los judíos; como se podría mirar desde lejos el drama del Gulag en la Unión Soviética. La miseria y el hambre en África poco importan ante los problemas económicos cotidianos que cada uno enfrenta; la ausencia de libertad religiosa en tantos lugares del mundo me tiene sin cuidado si yo puedo practicar mi fe tranquilamente. En definitiva, la indiferencia cuenta con un gran aliado en el egoísmo, donde la preocupación por los otros no tiene cabida alguna frente al exceso de preocupación por uno mismo.

La segunda actitud absurda es sufrir por cada drama humano, experimentar un profundo dolor personal ante los innumerables excesos y sufrimientos que vive la humanidad de manera permanente. Esta actitud la sintetiza muy bien Javier Marías en su interesante artículo “En busca de la infelicidad permanente”, reproducido ahora en su libro Tiempos ridículos (Madrid, Alfaguara, 2013). Ahí sostiene: “Claro que cualquier injusticia es lamentable, y que a todos se nos encoge el ánimo cuando nos informan de ellas los telediarios. Pero nuestra capacidad normal de compasión tiene un límite y no podemos pasarnos el día atormentándonos por lo que nos muestran las pantallas”. Si hacemos de cada problema o situación injusta una causa propia o un motivo de infelicidad, nuestra vida se transformará en un perpetuo calvario. Esto no sólo sería lamentable, sino que también peligroso.

¿Qué hacer en estas circunstancias donde tanto la indiferencia como el sufrimiento por cada problema humano son excesos que debemos evitar?

La segunda posibilidad, en términos generales, podemos descartarla. Es verdad que hay personas que casi patológicamente van sufriendo por los seres humanos (e incluso los animales) en los diferentes lugares del mundo, al punto de hacer su vida más difícil y poco vivible. El mayor peligro, sin duda, lo constituye la indiferencia general frente a los problemas de otros, al sufrimiento lejano, a los abusos y violaciones que atentan directamente con nuestras propias vidas. La primera forma de enfrentar el tema es tomando conciencia, comprendiendo que los asuntos humanos, por lejanos que parezcan, son también asuntos nuestros.

No es necesario ser de raza negra para rechazar la esclavitud y los abusos que ellos sufrieron durante siglos, ni ser pobre para luchar por superar las condiciones de miseria en que viven todavía millones de personas en el mundo. Los clásicos elaboraron una fórmula notable para comprender esto, resumida por Publio Terencio Africano en el siglo II AC: “Humano soy, nada humano me es ajeno”. El cristianismo, por su parte, complementó el asunto con aquel trascendental y cotidianamente olvidado relato sobre la vida de cada uno, cara a Dios: “Tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me diste de beber. Era forastero y no me acogiste; estuve desnudo y no me cubriste, estuve en la cárcel y no me visitaste” (Mateo, 25). Ahí preguntaremos, bien con una duda verdadera o con mera hipocresía: ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? La pregunta del interpelado, un confundido y autosuficiente hombre de fe, recibe una respuesta clara: cuando olvidaste a cada uno de mis hermanos, en realidad a mí me olvidaste.

Cada uno puede evaluar el tema según su propia situación en la sociedad, pensar sobre los asuntos mencionados y otros tantos que ocurren cada día. Eso ya sería un gran avance. Desde luego, los padres pueden y deben comentar algunos de estos problemas con sus hijos; los profesores harían bien en destinar unos minutos a reflexionar con sus alumnos; los medios de prensa contribuyen si se refieren a estas malas noticias no por morbo, sino por genuino interés de informar y, de paso, crear conciencia. Y así cada persona en su propia condición.

Lynn Hunt, en su excelente estudio La invención de los Derechos Humanos (Madrid, Tusquets, 2009), explica la importancia que tuvo la “empatía” en el siglo XVIII, generada incluso a través de las lecturas de novelas, que “abrió la puerta a los derechos humanos”, a medida que muchas personas iban comprendiendo el sufrimiento de otros cuyos derechos no eran reconocidos o bien se violaban abiertamente.

El progreso de la conciencia moral de la humanidad es un logro en el cual no cabe vuelta atrás, aunque sabemos que en el siglo XX hubo numerosos y desastrosos retrocesos. No convirtamos al siglo XXI en un nuevo momento histórico en el cual debamos avergonzarnos de nuestra indiferencia, cobardía o pusilanimidad.

Es verdad: no podemos convertirnos en infelices permanentes a costa de sufrir con cada asunto difícil que enfrenta la humanidad, como el accidente de Lampedusa o un lejano asalto en un país africano, que ha provocado numerosas muertes. Pero la indiferencia tampoco es aceptable, porque nos va haciendo cada día menos personas y nos retrotrae a épocas que hace rato deberíamos haber superado.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios